Señales Populares Editorial – Norberto Galasso


Agosto 2010 Editorial

Por Norberto Galasso

Algunos políticos y ensayistas difunden últimamente interpretaciones pesimistas, tanto respecto a la Argentina como a América Latina. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: en lo nacional y en lo latinoamericano estamos viviendo horas excepcionales, muy promisorias para el futuro de nuestros pueblos. Por supuesto, son inevitables algunos retrocesos, pero tanto el triunfo del multimillonario Piñera en Chile, así como las bases yanquis en Colombia, Perú y Paraguay, como el insólito ingreso armamentista en Costa Rica no son suficientes para suponer que pueda interrumpirse el proceso revolucionario dirigido a una Patria Grande libre, unida y transformada.

Ocurre que estos intelectuales se han acostumbrado a mirar sólo la parte vacía del vaso, y no la importante cantidad de agua que contiene. Proceden como si alguien fuera a ver un partido de fútbol anhelando que su equipo gane cinco a cero y como está ganando sólo uno o dos a cero, se vuelve sombrío y desalentado, sin advertir que el equipo contrario también tenía intenciones de ganar cinco a cero y ahora está perdiendo. O dicho en lenguaje menos barrial: en todos estos procesos hay luchas, enfrentamientos, proyectos que se oponen, triunfos y derrotas parciales. Las clases privilegiadas -tanto las burguesías imperialistas como sus socias de los países dominados- no se suicidan, se ha dicho muchas veces. No ceden sus riquezas y su poder a través del “consenso”, tan común ahora en políticos de vuelo corto, estilo Carrió. Se defienden con uñas y dientes, mientras los pueblos, a su vez, avanzan tumultuosamente, muchas veces inorgánicamente, generalmente con graves contradicciones internas, en busca de su liberación. Por eso es necesario renovar la esperanza y avanzar con alegría blandiendo aquel lema de un cantautor: “Alta traición la tristeza” y “Alta traición la desesperanza”.

En el vaso se observa -sin pecar de ingenuos ni de voluntaristas- que existe hoy mucha agua, quizás como nunca. Y ello estimula la militancia, enciende nuevos bríos para no perder, de ninguna manera, la oportunidad excepcional que permite divisar cómo se levanta la aurora en el horizonte.

Tantas veces hemos hablado de la soberanía de nuestros pueblos, de la unidad latinoamericana, de la crisis del imperialismo y lo hemos hecho con entusiasmo y convicción, pero en lo íntimo de nosotros mismos lo sentíamos como algo distante, estratégico, un camino insoslayable pero de recorrido muy largo y azaroso. No nos imaginábamos a un hombre de los pueblos originarios presidiendo Bolivia y defendiendo sus recursos naturales, como representante del Movimiento al Socialismo. Tampoco a un comandante que recuperase las banderas de Bolívar, enfrentase al imperialismo y expropiase grandes empresas, como en la Venezuela de hoy, donde Chávez habla del Socialismo del Siglo Veintiuno. Ni a un sacerdote paraguayo retomando las banderas del Mariscal López y definiéndose por la reforma agraria, pleno de cariño por sus campesinos… y también por sus campesinas. Menos aún a un economista formado en universidades extranjeras capaz de expulsar al imperialismo de su base en Ecuador. Tampoco pasaba por nuestros pronósticos inmediatos la posibilidad de que compañeros combatientes, después de largas prisiones, estuvieran al frente de Uruguay, El Salvador y quizás muy pronto también de Brasil, donde, además, un presidente que viene del sindicalismo se ha convertido en figura mundial. Años y años defendimos el proyecto de avanzada en América Latina liderado por Fidel Castro en Cuba, pero pocos pudieron suponer que era posible, especialmente después del derrumbe de la URSS, soportar un bloqueo durante décadas y continuar mostrando, en la pequeña isla, un sistema de salud y de educación de los mejores del mundo.

Todo esto es realidad hoy. Y dejo para el final a nuestro país porque también aquí se han concretado avances que diez años atrás parecían sueños delirantes, salvo para aquellos que viven en delirios permanentes tanto hace diez años como ahora, preconizando la revolución social inmediata y perfecta. Y no aceptan las conquistas parciales, sumándose asombrosamente a quienes se irritan y se ponen “nerviosos” como el Dr. Grondona, él sí, con suma lucidez desde su clase, ante esos avances populares que van delineando el camino hacia la victoria.

La Argentina aquella donde el FMI dirigía la política económica -inclusive tenía oficinas propias en nuestro Ministerio de Economía-, esa Argentina donde los grandes matutinos instalaban los mitos de lo que Jauretche llamaba “la colonización pedagógica”, ese país volcado hacia el Atlántico porque pretendía ser “Europa en América” y se juzgaba exclusivamente de tez blanca y por tanto ajeno al resto de la América Morena, ese país en el que se predicaban “relaciones carnales” con Estados Unidos, donde muchos compatriotas no tenían acceso a la jubilación y no había asignación universal por hijo o donde los goles del viernes a la noche se festejaban mirando una tribuna en la pantalla y sólo podían verse el domingo a la noche porque así lo decidía un monopolio mediático; esa Argentina ha quedado atrás.

Los del vaso medio vacío protestan indignados porque todavía no se ha recuperado la riqueza minera o petrolífera o porque no se ha logrado la ocupación plena en el mundo del trabajo. Pero en las luchas políticas resulta fundamental desde dónde se formulan las críticas, porque no es lo mismo galopar al lado del gobierno marcando errores o limitaciones y postulando la profundización del proyecto que hacerlo desde la vereda de enfrente junto a quienes intentan desestabilizarlo porque le molestan no sus asignaturas pendientes, sino sus realizaciones. Las mayorías populares de nuestro país han conocido experiencias similares cuando avanzó la clase media (con el yrigoyenismo) y cuando avanzaron los trabajadores (con el peronismo) y ha experimentado -no en el laboratorio de los libros clásicos sino en su carne viva, en su miserias y en sus muertos- lo que ocurre cuando por combatir lo bueno, en nombre de lo mejor, se ayuda a restaurar lo malo.

En algunos casos, esos errores -que en política son crímenes, como dijo alguien- alcanzan extremos asombrosos, como cuando se llega al delirio de oponerse al gobierno en materia de retenciones a la exportación y se le hace coro a la Mesa de Enlace Agropecuaria confundiendo a Biolcati con Mao Tse Tung o a Llambías con Trotsky. Los hay también que toman distancia de las luchas porque las consideran despreciativamente “interburguesas”, como lo habría sido “la Causa” de Yrigoyen contra “el Régimen” de Quintana y Santamarina, o les resulta lo mismo el 17 de octubre de 1945 que el 16 de septiembre de 1955, pues en ambos casos no se peleaba por la colectivización de los medios de producción y de cambio, como habían sostenido los manuales de Codovilla o Nahuel Moreno.

Por supuesto, la clase trabajadora y los movimientos sociales, con los pies en la tierra aunque cada vez más apuntando a cambios profundos, conocen perfectamente quiénes son objetivamente los amigos y quiénes los enemigos, pues en su práctica diaria han vivido las décadas infames y los días venturosos de progreso social y no se equivocan ante los fuegos de artificio y los discursos desaforados de la izquierda abstracta. Así lo han demostrado en la última concentración multitudinaria recordando a Evita.

Estos nuevos vientos que recorren América Latina -por supuesto, con distintas velocidades y enjundias, a ritmos diversos- se van coronando en la consolidación de la UNASUR, que lleva implícito el Banco del Sur -para desentenderse completamente de la financiación condicionada del FMI- como así también el Comité de Defensa Sudamericano, para un eventual conflicto bélico donde la acción imperialista en algún país movería inmediatamente a la Patria Grande en su defensa.

Estos nuevos vientos soplan a favor en la mayor parte de América Latina y en ella las opciones, en este momento histórico, no son la revolución proletaria contra el régimen burgués, como en la Europa de su tiempo pudieron decirlo los revolucionarios a mediados del siglo XIX, sino procesos de liberación nacional y democrática contra la restauración oligárquica y pro imperialista.

Pero también es cierto -y es preciso advertirlo- que estos procesos de liberación nacional no pueden apuntar al desarrollo de un capitalismo autónomo. Esto es tan cierto que ya se escucha en algunas de estas secciones de la Patria Grande cómo se rehabilita aquella palabra tergiversada por los viejos partidos y demonizada por “El fin de las ideologías” y “El fin de la Historia”: se habla ahora de apuntar hacia el socialismo del siglo XXI, como décadas atrás, se sostuvo aquí, desde las filas del movimiento nacional -con el aval del propio Perón- que “la liberación nacional” va en “en camino del socialismo nacional”.

Vaya como fin de este editorial una interesante anécdota que da para reflexionar y discutir: al terminar una exposición sobre la realidad nacional ante 250 delegados, en el salón de la CGT, se inició el debate con esta pregunta de un delegado muy joven: -Siempre hemos dicho en el peronismo que la clase trabajadora debe ser la columna vertebral del movimiento, ¿no cree usted que ya es hora de sostener que debe ser la cabeza del movimiento de liberación?

La polémica, la respuesta, la evaluación e importancia del interrogante, se la dejamos al lector.

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Acerca de Arturo Jauretche

“Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”. Ver todas las entradas de Arturo Jauretche

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