…y llegaron para quedarse – Norbeto Galasso


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Al mediodía, una marea humana inunda la Plaza de Mayo y los alrededores del Hospital Militar. ‘Era el subsuelo de la patria sublevada’, hay que recordar una vez más a Scalabrini Ortiz.
 

La Argentina agroexportadora, semicolonia del Imperio Británico, había alcanzado su límite de expansión en 1915. Fue luego desajustada su condición de “granja” proveedora de carne y cereales baratos con motivo de la crisis económica mundial de 1930 e intentó ser reacomodada, durante la Década Infame: tratado Roca-Runciman, Banco Central “mixto”, Coordinación de Transportes, y otros factores, pero ya era irremediablemente el pasado y el golpe del 4 de junio de 1943 bajó el telón sobre aquel modelo pastoril. 
Sin embargo, los nuevos actores sociales que pretendían ingresar a la escena no encontraban posibilidad de expresarse en los envejecidos y claudicantes partidos políticos: desde la derecha hasta la izquierda –según señaló un agudo ensayista– estos eran hijos dilectos del sistema agotado. ¿De qué modo serían representados esos hombres que viniendo del último atraso del interior provinciano se estaban convirtiendo en obreros en el Gran Buenos Aires, esos “oscuramente pigmentados” como diría finamente el conservador Reynaldo Pastor? ¿En quién o quiénes depositarían su confianza esos oficiales que ansiaban un Ejército no represor sino industrialista? ¿Y cuál sería el destino de esos empresarios nuevos, de capital nacional, que se distinguían ahora por el humo creciente de sus fábricas y que podrían quebrar, como en la primera posguerra, si no conseguían aranceles protectores y mercado interno en expansión? Allí residía la encrucijada argentina de principios de los ’40.
Como se sabe, la Historia –o, más bien, los pueblos– se las ingenian para encontrar la organización, el partido o el hombre capaz de interpretar y concretar aquello por lo cual clama la realidad social de una época.
Así, en medio del desconcierto, cuando el gran oligarca azucarero Robustiano Patrón Costas suponía que había llegado su hora presidencial, y cuando los viejos partidos sólo atinaban a echar las bases de una “unión democrática” capaz de cerrarle el paso a un supuesto nazismo sudamericano, un coronel se hizo cargo (el 27 de octubre de 1943) del Departamento Nacional del Trabajo, al cual convertirá, poco después, en Secretaría de Trabajo y  Previsión. Ese coronel Juan Domingo Perón venía influenciado por lecturas de las mejores obras del aprismo peruano y de los cuadernos de FORJA, así como por su convicción de que estaba llegando la hora de los pueblos. (“Si la Revolución Francesa terminó con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa termina con el gobierno de las burguesías. Empieza el gobierno delas masas populares”, dirá el 7 de agosto de 1945.)
Entre 1944 y 1945, la Secretaría de Trabajo intervino activamente en los conflictos laborales, concretando viejos reclamos de los trabajadores. Allí mismo el coronel gestó el trípode político, como árbitro de sus componentes: obreros de una industria nueva, militares nacionales e industrialistas, empresarios ávidos de un gran mercado interno. Allí mismo se dieron los primeros pasos hacia la construcción de un movimiento de Liberación Nacional capaz de quebrar la dominación inglesa e impedir, además, el remplazo de esta por el imperialismo yanqui, para lograr un crecimiento autónomo con justicia social.
Pero, el viejo régimen (“las fuerzas vivas, es decir, los vivos de las fuerzas”) los privilegiados de siempre –de izquierda a derecha, al igual que contra el democratismo yrigoyeniano en el ’30– confabularon sus huestes para impedir el cambio y encontraron, en el embajador norteamericano Spruile Braden, llegado al país en mayo de 1945, al gran aliado e inclusive conductor político –y también aportante financiero– para defender los valores vetustos y que todo siguiera como hasta entonces o, como diría luego el “progresista” almirante Rial: “una sociedad donde el hijo del barrendero sea barrendero”. 
Hoy sabemos, por los propios protagonistas, la dura lucha entablada entre mayo y octubre de 1945. Sabemos que el embajador inglés (Memorias de Sir David Kelly) pasaba datos y sugerencias a La Prensa y La Nación para sus editoriales contra Perón (¡oh, la tan mentada libertad de prensa!), que Braden vanamente intentó sobornar al coronel (“prefiero ser desconocido antes que ser famoso por haber sido un hijo de puta en mis país”), que la embajada financió a La Razón para evitar su quiebra, que los dirigentes opositores se arrodillaron ante Braden quien los “salvará del fascismo” y que intelectuales exquisitos pidieron la intervención de las “Naciones Unidas” para “impedir que el Nazismo, derrotado en Europa, renazca en América”. Sabemos también de la conspiración de la oligarquía: gran acto en el Luna Park (1 de septiembre del ’45), Marcha de la Constitución y la Libertad (19 de septiembre), intento de rebelión militar (20 de ese mes), exigencia del general Ávalos al presidente Farrell (9 de octubre) para que Perón renuncie a sus tres cargos: vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. De allí proviene la renuncia de Perón (10 de octubre) y su detención en Martín García (12 de octubre) y un cable revelador: “Al conocerse la noticia de la renuncia de Perón, suben las acciones de los ferrocarriles en la Bolsa de Londres. También suben en Nueva York otros valores colocados en la Argentina” (La Razón, 10 de octubre de 1945).
La sensibilidad de los inversores indicaba que la partida estaba ganada y volvían las cosas al orden del viejo país. El estanciero Santamarina conversaba con Victorio Codovilla y mientras Rodolfo Ghioldi, también del Partido Comunista, cambiaba ideas con el almirante Vernengo Lima, preocupados por dar una salida elegante a la crisis y asegurar el orden occidental y cristiano, libre de todo peligro demagógico y autoritario. Pero la detención de Perón provocó la declaración de paro general por parte de la FOTIA (trabajadores del azúcar), el 15 de octubre de 1945, y la protesta obrera obliga a la CGT a citar para el 16 al Comité Central Confederal. Este decidió un paro general para el 18 de octubre, al tiempo que algunos los gremialistas conversan con el presidente Farrell para asegurar que las conquistas logradas últimamente no serán anuladas.
En la madrugada del día 17, con el argumento del deterioro de su salud,  Perón consigue el traslado desde Martín García al Hospital Militar, en Buenos Aires, quebrando así su aislamiento, al tiempo que algunos dirigentes gremiales, con el apoyo del coronel Mercante, agitan en los barrios. Pero las manifestaciones brotan espontáneamente desde el suburbio industrial, cubriendo las calles, salvando los puentes. Es una especie de Fuenteovejuna, todos a una, más allá de la acción importante de Mercante y el capitán Russo en su vínculo con los trabajadores y de algunos militares, como Filomeno Velazo, Mugica y Molina que toman el Departamento de Policía e inciden sobre fuerzas del ejército. Al mediodía, una marea humana inunda la Plaza de Mayo y los alrededores del Hospital Militar. “Era el subsuelo de la patria sublevada”, hay que recordar una vez más a Scalabrini. La plaza repleta reclama la libertad de Perón y lo logra, con una tremenda ovación cuando él le habla a la multitud desde el balcón de la Rosada, esa misma noche, coronando así una jornada de júbilo popular.
Se inició así una nueva época en nuestra historia. Los obreros habían ingresado decididamente al escenario de la política argentina… Y afirmará certeramente Jauretche: “…y llegaron para quedarse”.<

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Acerca de Arturo Jauretche

“Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”. Ver todas las entradas de Arturo Jauretche

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