Clarin y La Nacion piden “concordia”, “cambios” y “dialogo”


http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320189
Editorial I
La hora de la concordia
El sentido épico que, para muchos, Kirchner le dio a la política debería ser aplicado a ponerles fin a viejas y nuevas antinomias
Domingo 31 de octubre de 2010

Una multitud le dijo adiós a un líder político que, con aciertos y errores, condujo al país y consagró casi toda su vida a algo que siempre debería ser una actividad noble y al servicio del bien común, como la política.

La inmensa mayoría de la sociedad, aun pese a las discrepancias que muchos de sus integrantes hayan podido tener con la figura de Néstor Kirchner y con la gestión del actual gobierno nacional, se sumó al duelo y vive todavía con congoja el tan difícil momento al que asisten la presidenta de la Nación y su familia. Los gestos de solidaridad con la jefa del Estado también estuvieron a la orden del día de parte de la amplia mayoría de los dirigentes de la oposición.

Si bien nunca faltan expresiones irrespetuosas, ellas han sido absolutamente marginales y ni siquiera merecen ser consideradas. Del mismo modo, tampoco es conveniente juzgar desde este lugar ciertas actitudes de intolerancia hacia dirigentes políticos opositores, durante el velatorio de los restos del ex presidente, que rozaron el sectarismo. Inevitablemente, el dolor por la pérdida de un ser querido a veces genera desequilibrios emocionales capaces de provocar episodios de esa especie.

Lo verdaderamente importante pasará, en los próximos días, por las primeras palabras de una primera mandataria que ha soportado con entereza el difícil trance.

Si el profundo dolor de muchos ha unido en el recogimiento a todo un país, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría aprovechar esta oportunidad para consolidar la concordia que debería reinar en la Argentina.

No es algo descabellado, aun cuando los últimos tiempos hayan estado signados por enfrentamientos estériles no exentos de violencia y de mensajes desde el poder político que, lejos de alentar el diálogo, hayan estado dirigidos a vilipendiar al que piensa diferente, acusándolo de “destituyente”.

Decimos que un llamado presidencial a la concordia, a deponer actitudes revanchistas y a construir consensos no debería sonar utópico, porque la propia presidenta de la Nación sorprendió a muchos, tres años atrás, el 28 de octubre de 2007, cuando a poco de alzarse con el triunfo electoral que la condujo a la Casa Rosada, convocó a iniciar una etapa “sin odios y sin rencores”, con el fin de “reconstruir el tejido social e institucional”. Hasta ahora, esa etapa no ha comenzado.

En aquella oportunidad, Cristina Kirchner señaló: “Hemos ganado ampliamente, tal vez por la mayor diferencia desde la reanudación de la democracia. Pero ello no nos otorga privilegios, sino el lugar de mayor responsabilidad”.

Cuatro años y medio antes, Néstor Kirchner, durante el proceso electoral de 2003 que terminó llevándolo a la jefatura del Estado, había convocado a los argentinos a tener “un país normal”.

Se ha dicho con acierto en estos días que el desaparecido ex presidente les devolvió a la política y a la militancia un sentido épico. No es malo pensar en epopeyas. Todo dependerá del objetivo al que se apliquen. Es probable que los argentinos y su clase dirigente estemos hoy frente al desafío que implicaría una gran epopeya: la de poner fin a viejas y nuevas antinomias y de consolidar la unión nacional, que es algo tan diferente de la uniformidad y la tendencia al pensamiento único.

La sociedad argentina reclama, como lo ha hecho en las urnas en junio del año pasado, que sus dirigentes dejen atrás luchas ajenas a las más profundas y auténticas inquietudes ciudadanas, tales como la inseguridad, el narcotráfico, la pobreza y la inflación.

Al mismo tiempo, el mundo espera de la Argentina niveles de seguridad jurídica y de calidad de sus instituciones que los argentinos no hemos sabido garantizar. La llamativa alza de los activos financieros de nuestro país en los días posteriores al fallecimiento del ex presidente Kirchner nos está dando a entender que los problemas que nos inhiben de contar con un flujo de inversiones del nivel que sería deseable son de naturaleza política.

Corresponde que quienes tendrán el deber de gobernar, en este particular momento histórico, adviertan que la mejor imagen que la Argentina puede darle al resto del mundo es la de un país cohesionado en torno de políticas de Estado derivadas de amplios consensos políticos y sociales, sin los cuales estaremos cada vez más condenados a la fragmentación social.

  • http://www.clarin.com/opinion/dias-pueden-venir-Kirchner_0_363563695.html

    Los días que pueden venir sin Kirchner
    31/10/10
    Eduardo van der Kooy

    La súbita muerte de Néstor Kirchner cerró un tiempo político. El desafío de la continuidad es para Cristina. Tendrá sobre sus espaldas la gestión. También, la articulación del poder que siempre le facilitó el ex presidente. El peronismo es un enigma. Igual que el papel de Moyano.

    Una Argentina en estado de inquietud y duda constante parece suceder al controvertido orden político que Néstor Kirchner supo imponer en vida. ¿Podrá Cristina Fernández sostener ese orden? ¿Querrá, al fin, sostenerlo? ¿Será capaz de mantener la disciplina en una amplia geografía peronista que, por convicción, conveniencia o temor, respondía a su marido? No existe una respuesta inmediata: esos interrogantes podrán comenzar a develarse cuando se levante, de a poco, el espeso manto del duelo.

    El primer desafío tiene que ver con una lejana premonición que hizo alguna vez Felipe González, el ex premier de España. Enterado a comienzos del 2007 que Kirchner dejaría su sillón a Cristina, preguntó: “¿Cómo será eso? El poder puede transferirse pero la autoridad no” , reflexionó. La Presidenta volverá, tal vez mañana, a la actividad con el mismo poder que tuvo hasta que murió su marido. El problema será esa autoridad con la cual Kirchner confeccionó un sistema de poder real, privado e indivisible, que se llevó a la tumba.

    Aquel sistema ayudaría a explicar muchas de las cosas que en los últimos años ocurrieron en la Argentina. Para empezar, el poder bifronte compartido sin conflictos serios por el matrimonio. Un espacio en el que dirimían ideas o decisiones sólo ellos.

    Aquel mismo sistema fue concentrado aún más por Kirchner cuando, por propia voluntad, pasó a un supuesto segundo plano. Esa concentración tuvo vínculo con la lucha de un hombre que desde que dejó la Casa Rosada no halló ningún lugar que lo dejara conforme . Repasemos su derrotero: abrió una oficina en Puerto Madero que cerró en un par de meses; planeó conferencias por el mundo que jamás brindó; rechazó la conducción del peronismo que terminó aceptando; descalificó el timón de la Unasur que exaltó cuando puso en marcha el proyecto para retornar a la presidencia en el 2011; renegó de las tareas legislativas, pero se consagró diputado bonaerense en las elecciones del 2009; asistió al Congreso dos veces: para jurar como legislador y votar la ley del matrimonio igualitario.

    Ese deambular denunció a un dirigente insatisfecho.

    Su satisfacción de poder en vida, de verdad, nunca tuvo límites.

    Este periodista fue testigo de esa codicia. Tres días después de la asunción de Cristina, el 10 de diciembre del 2007, compartí un almuezo con Kirchner, Alberto Fernández y un empresario amigo. Hacía pocas horas, había sido envenenado en su celda del Tigre el represor de la Marina, Héctor Febres.

    Kirchner participó sólo de a ratos en esa comida. Se paraba para hablar por teléfono. Llamaba a ministros, al jefe de la Policía y a Daniel Scioli. Demandaba novedades sobre aquel envenenamiento. Actuaba como un presidente que no era. El empresario, harto de tanta informalidad, le disparó: “Pará Néstor, vení a comer. ¿Qué te pasa? ¿Tenés abstinencia de poder?” Kirchner giró su cuerpo con furia y retrucó: “Sí. ¿Por qué? ¿Algún problema? Allí concluyó el diálogo. También el almuerzo.

    Su protagonismo instaló además la sensación de un gobierno de doble comando donde las decisiones políticas de fuste correspondían al ex presidente. Hasta el miércoles de la semana pasada ese andar no significó ningún dilema ni deshonra para Cristina. Tampoco, más allá de la anormalidad institucional, la gobernabilidad sufrió alteraciones.

    Tan enorme resultó el peso de Kirchner en esa sociedad de poder, que ambos pasaron por alto un dato medular de la vida y de la política de Estado : el de la salud del ex presidente. Kirchner transitó en apenas siete meses de una obstrucción de carótida a otra de coronaria como si hubiera sufrido un dolor de muelas. Las estadísticas médicas señalan que sólo 3 de cada 10 pacientes que sufren un problema de carótida lo repiten en las coronarias. En esos casos, no se considera a la afección cardiovascular circunstancial sino crónica.

    La concentración de poder de Kirchner no sucedió cuando Cristina se convirtió en Presidenta. Vino de antes: tuvo uno de sus registros fuertes cuando Rafael Bielsa dejó la Cancillería; se agudizó con la renuncia de Roberto Lavagna. La salida de Alberto Fernández, en el 2008, le posibilitó abrazar las decisiones fundamentales del Gobierno y el manejo absoluto en el peronismo. Su último obstáculo cayó al ser reemplazado Martín Redrado por Mercedes Marcó del Pont en el Banco Central.

    ¿Cómo hará la Presidenta para sustituir semejante maquinaria? ¿Cómo hará para reemplazar el seguimiento puntilloso que hacía el ex presidente en Olivos de cada problema y cada conflicto? Son horas todavía de conjeturas precarias. Apenas un detalle: Cristina llamó a Madrid al embajador Carlos Bettini, un viejo amigo suyo.

    Hay quienes afirman que su hijo, Máximo, podría crecer en influencia . Máximo combina su pasión por el fútbol con la política de oficio. Fue durante bastante tiempo una especie de “conciencia crítica” de Kirchner. Cuestionaba muchas de sus decisiones. Sobre todo, el rumbo de su alianza con Hugo Moyano. Pero cambió cuando su madre se convirtió en Presidenta.

    Se interesó siempre por aquellos años trágicos de los 70. Fue lector incansable, pero se nutrió también de los relatos de su madre y de su padre. Así se explica que haya fundado una segunda versión de aquella juventud peronista. Sólo así se explicaría, además, que en el 2007 la haya bautizado “La Cámpora”.

    Máximo, quizás, podría ampliar el escuálido círculo de consultas que ha quedado reducido al secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini y al ministro de Planificación, Julio De Vido. Los afectos históricos de Cristina están mucho más cerca del primero que del segundo. De Vido combatió el proyecto de Kirchner de resignar la reelección para posibilitarle el ascenso a la ahora Presidenta.

    Al margen de esos funcionarios tradicionales del kirchnerismo, Cristina tiene otras dilecciones. Héctor Timerman, el canciller, Amado Boudou, el ministro de Economía, Diego Bossio, de la ANSeS, y Marcó del Pont, la titular del Banco Central. Sucede que Timerman, Boudou y Bossio son vistos por los patagónicos como sapos de otro pozo.

    Otra pista vaga de lo que podría sobrevenir la aportó Aníbal Fernández. El jefe de Gabinete retomó una frase que Kirchner pronunció horas después de la derrota del 2009: “La Presidenta está decidida a profundizar el modelo” , dijo en una pausa del multitudinario funeral que despidió al ex presidente. Si esas palabras tuvieran el mismo sentido que en su ocasión le dio Kirchner, no cabría esperar tiempos de tranquilidad y armonía en el país .

    Aquella advertencia del ex presidente derivó en una cadena de confrontaciones que se sumaron al nunca resuelto pleito con el campo. Empezó la persecución a los medios de comunicación no oficialistas, se abrió una batalla contra la Corte Suprema, se ensanchó la brecha con los empresarios y, de hecho, por peleas con la oposición, casi se paralizó la gestión del Congreso.

    Con ese panorama se encontrará Cristina.

    También habría que comenzar a escrutar detenidamente al peronismo.

    El partido de Gobierno se ha alineado, en un primer espasmo, con Cristina. Los dirigentes del PJ suelen ser sensibles a las romerías y a los destellos emocionales como los que pusieron marco al funeral de Kirchner. Pero el peronismo no está habituado a funcionar, con cierto orden, sin la existencia de un jefe nítido.

    Kirchner era reconocido todavía como tal.

    ¿Podrá lograr Cristina ese reconocimiento? La premura con que Timerman lanzó la idea de la reelección de la Presidenta para el 2011 no fue lo más aconsejable. El canciller es visto casi como un forastero en el PJ . Dos ministros y un gobernador lo criticaron, aunque el tono no subirá, por ahora, para no provocarle trastornos tempraneros a Cristina.

    Timerman no es, al fin, ningún problema serio para el partido. Lo es mucho más Moyano que, aún antes de concluir los funerales, planteó la necesidad de reestructurar al peronismo . El timón del PJ le ha caído a Scioli. El líder camionero no se detuvo allí. Habló de una concertación con los empresarios para darle consistencia a la gobernabilidad.

    Legisladores y gobernadores del PJ suponen que el protagonismo creciente de Moyano ensanchará la brecha con sectores sociales necesarios para el 2011. Presumen también que Kirchner había empezado a tomar conciencia de que el secretario de la CGT se podía escapar de control. Por esa misma razón, un día antes de su decteso, le asestó un golpe : ordenó el boicot a la reunión del PJ bonaerense que conduce el camionero.

    Otro capítulo de la época kirchnerista se abre en la Argentina. El anterior quedó clausurado con la muerte de Kirchner. Una muerte y un funeral que estuvieron rodeados de dolor pero también de espíritu poco conciliador. De parte del Gobierno y muchos de sus adherentes. De aquellos que celebraron en lugar de respetar.

    Varios medios de comunicación debieron frenar mensajes hirientes y provocativos.

    Todas, señales de una sociedad que ha sido inducida peligrosamente a la adicción al fanatismo.

  • http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320166
    La muerte y la resurrección de Néstor Kirchner
    Por Mariano Grondona
    Nestor Kirchner falleció el último miércoles en El Calafate y fue enterrado al cabo de un imponente funeral que conmovió a los argentinos durante tres días tanto en Buenos Aires como en Río Gallegos, poniendo a sus exequias en el nivel de las grandes manifestaciones populares que despidieron a Hipólito Yrigoyen, Eva Duarte de Perón, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín en el pasado. Teniendo en cuenta que Kirchner, mientras vivió, fue el promotor y el receptor de grandes cuestionamientos, ¿podría decirse entonces que su imagen resucitó, sorpresivamente, al tercer día?

    Desde el momento en que los argentinos, como latinos, somos emocionales, la muerte de los protagonistas nos conmueve más que a otros pueblos. En 1933, una multitud portó a pulso el féretro de Yrigoyen, desafiando al régimen conservador que lo había desplazado. En 1952, otra multitud aun más impresionante rodeó el cadáver de Evita, aunque esta vez su entierro rodeó al viudo, el general Perón, con el acompañamiento compulsivo del propio Estado en una Argentina amargamente escindida entre peronistas y antiperonistas.

    Cuando Perón murió en 1974, en cambio, todos los argentinos le rindieron homenaje porque él y Balbín acababan de presidir la reconciliación entre los dos bandos en pugna. En 2009, fuera del poder como Yrigoyen pero unánimemente exaltado por los ciudadanos como el último Perón, Alfonsín nos dejó. Los grandes entierros que precedieron al de este fin de semana expresaron, por lo visto cada cual a su turno, la unión o la desunión de nuestro pueblo. ¿En cuál de estas dos categorías habría que alojar la inhumación de Néstor Kirchner?

    La respuesta a esta pregunta tendría que ser mixta porque el pueblo que despidió a Kirchner pertenecía a dos clases. El fervor de una de ellas fue espontáneo, ya que no respondía a movilizaciones ni consignas planificadas. El fervor de la otra correspondió, al contrario, a la militancia kirchnerista, con sus pancartas y sus ómnibus, y también con su rencor hacia los opositores encarnados, en este caso, por el vicepresidente Cobos. Entre los manifestantes se alineó un núcleo militante compuesto por organizaciones como La Cámpora, que lidera Máximo Kirchner, y una masa de concurrentes espontáneos, en cierto modo inocentes de las directivas ideológicas.

    Pero la decisión final acerca del kirchnerismo que tendremos a partir de ahora ya no corresponderá a Néstor sino a Cristina Kirchner. ¿Hacia dónde dirigirá sus pasos la Presidenta? ¿Hacia la confrontación o hacia el apaciguamiento?

    De Néstor a Cristina

    Las primeras señales que dio la viuda de Kirchner no fueron, en este sentido, halagüeñas.

    Empezó por decidir que el funeral de su marido no se realizara en el Congreso, como es costumbre, sino en la Casa Rosada, privando así a los opositores de un escenario que podrían haber compartido con el oficialismo a pesar de que ellos estaban dispuestos a acompañarla en su dolor. El círculo de los homenajes potenciales al recién fallecido, de esta manera, se redujo drásticamente. A Cobos y a Duhalde se les aconsejó que no concurrieran a la ceremonia del adiós, mientras que ninguno de los restantes opositores que se presentaron para saludar a la Presidenta pudo ni siquiera acercarse a ella. Sólo Elisa Carrió, que estuvo ausente de la ceremonia, eludió la humillación.

    Estas primeras señales, ¿son transitorias, producto de la lógica exaltación de los primeros momentos, o, al contrario, permiten prever que la sucesora de Kirchner insistirá en la agresiva estrategia que le legó su marido?

    Esta pregunta es significativa porque, si bien el clima subjetivo, emocional, de estas horas, parece favorecer la confrontación en beneficio del Gobierno, un análisis objetivo de las relaciones de poder apunta en dirección contraria. Para ilustrar esta impresión podríamos acudir a la politicometría, esa rama de la ciencia política que, al igual que la “econometría” en el campo económico, procura introducir las matemáticas en el campo político. Podría sostenerse en este sentido que el poder real de Cristina Kirchner se ha dividido por tres. Mientras vivía Kirchner, el poder que acumulaban entre él y su esposa llegaba a tres unidades macropolíticas. Una, naturalmente, el poder de la propia Cristina. Otra, la acción infatigable de su esposo. La tercera, la coordinación de ambos en función de una división de tareas según la cual, en tanto Néstor “decidía”, Cristina “comunicaba”.

    De estos tres elementos que potenciaban el poder de la pareja Néstor-Cristina, hoy sólo queda uno en pie. Es verdad que, gracias a la emoción que hoy embarga a tantos argentinos, Cristina subirá sin duda en las encuestas. ¿Pero cuánto durará este clima favorable? ¿Algunas semanas? Probablamente. ¿Un año? Difícilmente. Lo más sensato sería entonces aconsejar a la Presidenta para que, aprovechando el calor de la simpatía popular que ahora la rodea, cimiente gradualmente su menor poder mediante un diálogo constructivo con los opositores. ¿O puede olvidarse acaso que, en las elecciones del año pasado, tres de cada cuatro argentinos le dieron la espalda al kirchnerismo?

    La encrucijada

    El destino, o la Providencia, le está tendiendo no una sino dos manos a la Argentina. La primera es el hecho de que los famosos términos del intercambio, es decir, la relación entre el precio de nuestras exportaciones y el precio de nuestras importaciones que desde 1930 nos había desfavorecido, en la última década ha pasado a favorecernos. ¿Quién no recuerda la tesis de Prebisch sobre “el deterioro de los términos del intercambio”, que perjudicaba sistemáticamente a la Argentina? Pero esta fatal ecuación económica, ahora, es inversa gracias al famoso “viento de cola”.

    A esta circunstancia económica acaba de sumarse una segunda circunstancia, esta vez política, que apunta hacia la consolidación de la república democrática. Es que el obstáculo que se interponía entre nosotros y la república democrática de la que ya gozan otros países latinoamericanos como Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, era la pretensión de lograr reelecciones indefinidas que albergaban los Kirchner a través del mecanismo dinástico de la alternancia conyugal. La muerte de Néstor Kirchner ha trabado este mecanismo porque Cristina Kirchner, aun de ser reelegida en 2011, ya no tendría por delante más que otros cuatro años, según la Constitución.

    Este horizonte, que anuncia desde ahora la instalación de un mecanismo republicano en nuestra presidencia, no podría alterarse sino en virtud de dos sucesos francamente improbables: uno, que Cristina lograra tanto consenso como para modificar la Constitución; la otra, que el ánimo dinástico la llevara a transferir a su hijo Máximo las esperanzas reeleccionistas de su esposo.

    Como van las cosas, es probable que la heredera de Néstor Kirchner quede de aquí a un año, cuando pase el clima actual, en minoría. Pero aun de no ser así, su horizonte de poder se acortaría decisivamente entre 2011 y 2015, como manda la Constitución.

    La viuda de Kirchner se halla, de este modo, en una encrucijada. Ya sin las fuerzas que tenía la pareja del poder, puede reintentar subir sola la cuesta arriba del monopolio político. Ateniéndose sobriamente a la nueva situación que ha creado la muerte de Néstor, Cristina podría recorrer, en cambio, el camino que cavaron Perón y Balbín, con la esperanza nada desdeñable de terminar su mandato a su debido tiempo, como lo hizo la chilena Michelle Bachelet para lograr, como ella, el reconocimiento universal de sus compatriotas.

  • http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320324

    Obligada a explorar otros caminos
    Joaquín Morales Solá

    El país ha perdido al jefe de la estructura política gobernante y, en los hechos, al ministro de Economía de los últimos cinco años. Ese vacío no lo podrá llenar una militancia activa y, a veces, sectaria, ni la invocación al supuesto renacimiento de un kirchnerismo confuso e inasible. La propia solidaridad social que la Presidenta recibió y recibirá, razonablemente, en las próximas semanas no es un termómetro definitivo de la política. ¿Está dispuesta Cristina Kirchner a aceptar que la política no se rige por lo excepcional, sino por reglas más prosaicas y permanentes? O está decidida, acaso, a dejarse llevar por la mística de una épica etérea y exaltada para conducir la nación política?

    El kirchnerismo resucitó con una muerte , se oyó decir cerca de la Presidenta. ¿Qué es el kirchnerismo? ¿Qué era? Era, fundamentalmente, una corriente política que respondía a la dirección de un líder duro e implacable. Sin embargo, Néstor Kirchner nunca definió el contenido de ese modelo, que lo constituía, sobre todo, un proyecto personal de poder.

    Kirchner capturó las estructuras provinciales del peronismo y a sus líderes, mediante la generosidad financiera o el castigo implacable hacia los gobernadores, con la sola excepción de la provincia de Buenos Aires. Conocía demasiado bien la historia de Menem, que dependió siempre del liderazgo bonaerense de Duhalde, y decidió cambiar el método. Cooptó intendente por intendente en el rebelde y áspero conurbano, pero ni siquiera les explicó a ellos qué es lo que quería hacer con ese poder. Tampoco se lo preguntaron. Eran los gobernadores e intendentes los que arrastraban voluntades: ¿cuánto de kirchnerismo había entre esos seguidores?

    Su política de derechos humanos, sus hábiles eslóganes y las batallas contra el campo y los medios que no le eran adeptos le sirvieron, sin embargo, para construir una militancia joven, pasional, como siempre, y convencida de que la revolución está a la vuelta de la esquina.

    A pesar de todo, Néstor Kirchner era, en el frente y en el fondo, un peronista que sólo aspiraba a cambiar algunas políticas, no todas, instauradas por Menem en los años 90. Le interesaba más la creación de una imagen que la esencia de ella. Mírenme, no me escuchen , les decía a los periodistas que intentábamos interpretarlo. El peronismo lo reconocía suyo, como lo hizo suyo a Menem en su momento.

    El kirchnerismo es, entonces, una invención de su creador, y su capacidad de supervivencia está a prueba. Hay algunas señales, malas, de ciertas innovaciones que hizo el kirchnerismo. Una de ellas (quizás la que más se notó en los días de dolor y luto) fue el paréntesis de los últimos años en la enseñanza democrática que todos los gobiernos desde 1983, con sus más y sus menos, habían hecho. Esa lección consistía en que la democracia es un sistema político de luchas, de negociaciones y de acuerdos que sólo excluye a la violencia. Kirchner nunca predicó ese evangelio; ni siquiera repudió la violencia.

    La consecuencia fue predecible. Hubo en las horas de velatorio algunas ráfagas de intolerancia verbal, que se acercó peligrosamente a la agresión física, por fortuna sólo en algunos casos puntuales. Los políticos opositores fueron hostigados y algunos periodistas críticos, sobre todo Alfredo Leuco y Fernando Bravo, estuvieron a punto de ser víctimas de la agresión. Había hostilidad hacia nosotros , dijo un alto dirigente radical que llegó a estar a dos metros de la Presidenta en la capilla ardiente. La Presidenta no aceptó saludarlo.

    Los opositores destacaron la afectuosa predisposición para recibirlos que tuvieron los peronistas José Pampuro, Miguel Pichetto y Agustín Rossi (los peronistas-peronistas , según los definieron). Pero la cordialidad de ellos se cortaba en seco cuando se acercaban al círculo del cristinismo puro y el comando de la ceremonia era tomado por los más cercanos a la Presidenta. Ese relato puede ser útil para describir a una jefa del Estado más segura que nunca de su potestad para decidir por sí sola la dirección del país y para reponerse sin ayuda de nadie de la muerte repentina de su esposo.

    Héctor Timernan tiene un problema insoluble: no sabe distinguir cuándo un momento es oportuno y cuándo no lo es. Haber anunciado la candidatura presidencial de Cristina Kirchner, con cierta sonrisa, mientras velaban aún a Néstor Kirchner, fue un acto insensatamente prematuro y de dudoso buen gusto. ¿En nombre de quién lo hizo? No de la Presidenta, que todavía estaba estragada por el dolor. Tampoco del peronismo, que el canciller nunca frecuentó. ¿Para qué, entonces, si no representaba a nadie?

    El peronismo se había fracturado entre el kirchnerismo (que tenía un líder claro e indudable) y el antikirchnerismo, carente de líder y conducido por un consorcio. En la intimidad, el peronismo venía debatiendo si esa fractura no lo condenaría a la derrota electoral frente a un radicalismo con dos líderes con buena imagen. La desaparición abrupta del líder del kirchnerismo está llevando ese debate a una conclusión. Un jefe ya no está: ¿por qué no averiguar la posibilidad de una reunificación del peronismo y buscar un candidato consensual ? Los nombres de Carlos Reutemann y de Daniel Scioli son los que más se escucharon en las últimas horas entre peronistas que se mojan en las aguas de aquí y de allá.

    ¿Y Cristina Kirchner? La Presidenta tiene dos perspectivas seguras: los barones del peronismo no la dejarán sola frente a la responsabilidad del gobierno (¿por qué lo harían?) y ningún presidente tiene negada de antemano la posibilidad de una reelección. Pero tendrá que ponerse a trabajar en ella. El problema de la Presidenta es que, al revés de su marido, es una peronista sólo emocional, pero distante de la estructura del peronismo. No la conoce, no le gusta y, encima, la aburre. El peronismo, por su parte, nunca la consideró una dirigente cercana.

    Acostumbrada a explayar sus grandes ideas sin que nadie la interrumpa, le será difícil aprender el ejercicio del toma y daca al que obliga la práctica concreta de la política. Eso lo hacía su esposo. El suyo fue el primer gobierno que le encargó la mecánica política a una persona que estaba formalmente fuera del gobierno. La Presidenta deberá explorar ahora otras formas. Ya comprobó, en vida de su marido, que el poder no se delega; el liderazgo, tampoco.

    Néstor Kirchner jamás hubiera destratado, por ejemplo, a Hugo Moyano como ella lo hizo junto al féretro de su marido. Cierta razón tenía Cristina Kirchner. En la última noche de su vida, el martes último, Néstor Kirchner debió aguantar en El Calafate una dura conversación con el líder camionero. No se sabe si la causa fue porque casi ningún kirchnerista concurrió a una reunión del peronismo bonaerense convocada por Moyano o si éste se quejó porque Kirchner no frenaba la mano del juez Claudio Bonadío, que ya lo tiene entre las cuerdas. La cercanía de los jueces preocupa a Moyano más que los desertores del peronismo.

    Kirchner murió, cuentan, con la obsesión del crimen de Mariano Ferreyra. ¿Quién apretó en verdad ese gatillo?, se preguntaba sin tregua. Caviló sin descanso sobre eso durante sus últimos días en El Calafate. Imaginó que lo podía inculpar a Duhalde, pero no era Duhalde. Las fotos de sus ministros con un barrabrava acusado del homicidio lo tumbaron. ¿A quién respondía José Pedraza cuando ordenó que fuera armada una fuerza de choque? ¿Estaba detrás de él la corporación sindical? ¿Hubo una conspiración? Era posible. Pero, ¿de dónde venía? Murió sin que lo asistiera una sola respuesta.

    Lo que no sabía es que Amado Boudou se quedaría sin ministro. Kirchner fue el ministro de Economía desde que se fue Roberto Lavagna, el último jefe real del Palacio de Hacienda. Los demás ministros, incluido sobre todo Boudou, eran meros secretarios de Estado; sólo aprendieron a gastar. Kirchner era el que sabía con qué plata se contaba y dónde estaba.

    Hay muchas señales de alerta en la economía argentina, pero la mayoría pertenece todavía al debate académico. Hay un solo trauma que está en la certeza colectiva: la inflación, cuya riesgosa presencia es aceptada por los economistas, las amas de casa y los verduleros. No hay equipo ahora para desafiar ese peligro.

    La Presidenta podría creer que la economía y la política se resuelven sólo con la promesa de un proyecto entrañable, heroico y aéreo. Sería el triunfo de la voluntad sobre la ciencia, de la inspiración sobre la inteligencia.

  • http://www.clarin.com/opinion/Alternativas-nueva-etapa-institucional_0_363563694.html

    Editorial
    Alternativas ante la nueva etapa institucional
    31/10/10
    La desaparición de Néstor Kirchner genera grandes interrogantes sobre el rumbo de la política oficial en la cual se presentan dos alternativas: profundizar la política de confrontación o avanzar hacia la búsqueda de diálogo y acuerdos para hacer frente a los desafíos actuales y futuros.

    Desde el inicio de su presidencia, Néstor Kirchner construyó un esquema político de centralización del poder. Personalmente y con poca o ninguna consulta, determinaba las líneas decisivas de la política económica convirtiendo a los ministros de Economía, generalmente decisivos en los gobiernos civiles y militares precedentes, en figuras secundarias. Del mismo modo dirigía la política haciendo y deshaciendo alianzas, enarbolando un discurso ideologizado, pero utilizando el más descarnado pragmatismo.

    La presencia dominante de Néstor Kirchner persistió en la presidencia de su esposa Cristina Fernández, convirtiéndolo en un virtual “hombre fuerte” del Gobierno. Esta posición se fortaleció al convertirse en el jefe del justicialismo, el partido que, paradójicamente se había propuesto desplazar con su proyecto de alianzas transversales.

    Los sistemas de poder personalizados pueden ser eficaces en los momentos de crisis, cuando se requieren las grandes decisiones en tiempos apremiantes, pero se contraponen con la construcción de instituciones que proporcionan canales de participación, previsibilidad y sustentabilidad de las políticas.

    Por eso, la desaparición de Néstor Kirchner crea un vacío que, aún mediando la voluntad y decisión de la Presidenta, sólo podrá ser cubierto mediante un nuevo esquema de poder basado en la construcción de instituciones, diálogo y búsqueda de consensos en el campo de la política, la economía y el gremialismo.

    Pero si el Gobierno decide mantener o profundizar la política de confrontación, puede dar lugar a un creciente malestar ciudadano y a un incremento de las tensiones que ya se verifican en el seno mismo del oficialismo.

    Un aspecto particularmente inquietante de la nueva situación es que el vacío de poder dejado por Néstor Kirchner intente ser ocupado por el sindicalismo oficialista que, en los últimos años, ha desplegado una creciente presión sobre las empresas, sobre las fracciones opositoras y, últimamente, sobre el conjunto de la sociedad.

    En esta hora, cabe recordar que Cristina Fernández de Kirchner hizo su campaña electoral prometiendo una nueva etapa en la forma de hacer política, para superar la excepcionalidad que había reclamando la crisis. En su discurso de asunción prometió, también, mejorar la institucionalidad y la calidad de la democracia.

    Gracias a las expectativas despertadas por esa plataforma, ganó porcentajes muy elevados de aprobación ciudadana. Pero poco después, cuando convirtió un conflicto impositivo en una suerte de enfrentamiento nacional, y persistió en una política de creciente confrontación, su imagen se derrumbó.

    El Gobierno tiene ahora la oportunidad de recuperar la orientación política que le proporcionó apoyo ciudadano, y contribuir a despejar las incertidumbres que genera, en cualquier escena política, la desaparición de una figura fuerte. Este es el deseo expresado en forma mayoritaria en los últimos días por la dirigencia política y social, consciente de la urgencia del momento y de la necesidad de construir consensos para hacer frente a los grandes desafíos del presente y el futuro.

    La desaparición de Néstor Kirchner deja, por su papel dominante en la escena política, un vacío que será difícil de cubrir. El Gobierno tiene la alternativa de buscar acuerdos o persistir en la política de confrontación que afectó la imagen presidencial. El deseo de recuperar el diálogo, la búsqueda de consensos y mejorar la institucionalidad fue expresado mayoritariamente en estos días.

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    Acerca de Arturo Jauretche

    “Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”. Ver todas las entradas de Arturo Jauretche

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