El combate de la Vuelta de Obligado – O’Donnel, Pigna, Di Meglio, Harari


http://tiempo.elargentino.com/notas/combate-de-vuelta-de-obligado-bajo-lupa-de-cuatro-historiadores

Pacho O’Donnell
soberanía parecería ser un término abstracto. En el caso del combate de la Vuelta de Obligado tuvo muy poco de abstracto. Rosas tenía un concepto de soberanía bien claro, y estaba relacionado a lo territorial. En aquel entonces, cuando los imperios se habían lanzado al mundo para conquistar nuevos territorios, la Argentina no perdió un metro cuadrado. Y eso que Rosas tuvo que sostener dos guerras con Francia, una con Inglaterra, otra con Brasil, otra con la Confederación del mariscal Santa Cruz, tuvo conflictos con Chile y también con la Banda Oriental.

Sí perdió territorio inmediatamente después de la Batalla de Caseros, mediante un pacto con Brasil por el cual entregó las Misiones Orientales. De haber triunfado en 1845 la intervención anglofrancesa, hubiéramos sufrido el desgajamiento de lo que ya entonces tenía nombre: la República de la Mesopotamia.

Las Provincias Unidas del Río de la Plata ya nos habíamos partido, de acuerdo a la política exterior del Foreign Office, que se había propuesto fragmentar las nuevas naciones salidas de las colonias españolas. Estábamos partidos en cuatro partes.

La Vuelta de Obligado tuvo un valor pedagógico. Es una metáfora a cañonazos de un drama que recorre la historia argentina: la alianza de sectores dirigentes propios, vernáculos, con intereses extranjeros, en gran beneficio para los socios interiores.

En aquel momento, era la alianza oligárquica librecambista, porteñista, los unitarios exiliados, unidos a las grandes potencias de su tiempo con el propósito de readueñarse del poder en Buenos Aires, del que habían sido desalojados por Rosas y los sectores populares. El equivalente, hoy, son los aliados de la dirigencia argentina con los bancos depredadores, con el FMI, con los intereses que nos han endeudado hasta el estrangulamiento, sin que ese dinero se haya reinvertido. Dinero que fue a parar a bolsillos de extranjeros y de sus socios.

El combate de intereses antipatrióticos e intereses nacionales y populares sigue vigente hoy. Pero hay momentos en la historia en que estos últimos intereses, los nacionales y populares, han logrado confrontar con los poderes exteriores y sus aliados interiores, y eso sucedió cuando lograron liderazgos creíbles y eficaces, como fueron los casos de Rosas, de Yrigoyen, Perón y Evita, y seguramente el de los Kirchner en la actualidad.

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Gabriel Di Meglio

Nacional, provincial o latinoamericana? La elevación del 20 de noviembre a efeméride nacional de primer orden ha generado distintas reacciones, como alegría porque hay un feriado más o sorpresa para quienes se enteraron ahora de su existencia.

En el “progresismo” ha provocado cierto resquemor entre los que temen las consecuencias que puede tener afianzar el nacionalismo tradicional, pero ha sido bien recibida por quienes le dan a la fecha un significado antiimperialista.

Desde el punto de vista histórico, celebrar el Día de la Soberanía “Nacional” apelando a la batalla de la Vuelta de Obligado presenta dos paradojas. Por un lado, en la época la idea de pertenecer a una nación, la argentina, estaba en formación, y si algunos sectores de las clases altas compartían la noción de una identidad común, a nivel popular esto era menos claro y primaban las identidades locales. La otra cuestión es qué estaba defendiendo Rosas cuando decidió enfrentar la intromisión extranjera en el Río Paraná. Por un lado, cuidaba la dignidad de su gobierno ante la altivez de los anglofranceses, pero a la vez protegía el interés porteño en evitar la libre navegación de los ríos. Esa posición no era “nacional”: al prohibir la apertura de los ríos interiores al comercio internacional, se aseguraba que todo él pasara por el puerto de Buenos Aires, que no compartía los beneficios con el resto. De hecho, unos años más tarde Entre Ríos y Corrientes se levantarían contra Rosas –a quien iban a vencer–, y la libre navegación de los ríos sería uno de sus principales reclamos.

De todos modos, la fecha tiene una gran importancia. Y la tuvo en su momento: la valiente defensa de las tropas de Mansilla fue saludada efusivamente en distintos países americanos, incluidos los EE UU (que todavía no era una potencia imperial). El gobierno de Rosas ganó mucho prestigio como defensor de América frente a la prepotencia europea. Y se fortaleció un rasgo clave de la ideología rosista: el americanismo criollista, parte de la herencia de las revoluciones de independencia en toda América, que construyeron la idea de un continente libre y republicano frente a una Europa despótica.

Dado que hoy la integración latinoamericana es una apuesta concreta y la única viabilidad de nuestros países parece estar en ella, quizá sea más atractivo pensar fechas como el 20 de noviembre en clave latinoamericana, como se hizo en aquel tiempo. Si alguna vez queremos tener una identidad común por sobre las identidades nacionales, podemos empezar a construir un pasado común.

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Felipe Pigna
En la mañana del 20 de noviembre de 1845 pudieron divisarse claramente las siluetas de cientos de barcos. El puerto de Buenos Aires fue bloqueado nuevamente, esta vez por las dos flotas más poderosas del mundo, la francesa y la inglesa, históricas enemigas que debutaban como aliadas, como no podía ser de otra manera, en estas tierras.

La precaria defensa argentina estaba armada según el ingenio criollo. Tres enormes cadenas atravesaban el imponente Paraná de costa a costa, sostenidas en 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de todo el dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo una goleta nacional.

Aquella mañana, el general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas y padre del genial escritor Lucio Víctor, arengó a las tropas: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea.”

Mientras las fanfarrias todavía tocaban las estrofas del Himno, desde las barrancas del Paraná, nuestras baterías abrieron fuego sobre el enemigo. La lucha, claramente desigual, duró varias horas hasta que por la tarde la flota franco inglesa desembarcó y se apoderó de las baterías. La escuadra invasora pudo cortar las cadenas y continuar su viaje hacia el norte. En la acción de la Vuelta de Obligado murieron 250 argentinos y medio centenar de invasores europeos.

Pero tres años más tarde, los bloqueadores se ven obligados a firmar la Convención Arana-Southern, que se selló el 24 de noviembre de 1849. El gobierno inglés se obligaba a “evacuar la isla de Martín García”. Por el artículo 4º, el gobierno de su Majestad reconocía “ser la navegación del Río Paraná una navegación interior de la Confederación Argentina y sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del Río Uruguay en común con el Estado Oriental”. Hoy, la defensa de la soberanía pasa por profundizar el modelo industrial productivo inclusivo, libre de ataduras a las recetas, y los modelos de los llamados generosamente “organismos multilaterales de crédito”, que lo son en realidad de la usura, el atraso y la regresión en políticas sociales, fiscales y salariales.

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Fabián Harari
Soberano es aquel que tiene el poder supremo y, por lo tanto, a lo largo de la Historia uno puede encontrar distintas formas: en la Antigüedad, bajo el feudalismo y en la República moderna. La revolución burguesa trae la idea de que la soberanía reside en algo que se llama “pueblo” (que no sabemos muy bien qué es). Ahora bien, si uno lee la Constitución, allí dice que este “pueblo” es soberano, pero que “no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”. Eso significa que, en realidad, la soberanía remite a una institución específica que es el Estado. Y ese Estado responde a una clase social: la burguesía. La soberanía nacional, entonces, no es otra cosa que el poder que se arroga cada burguesía para conformar un espacio de acumulación y establecer en él una jurisdicción política. Lo importante no es cómo se presentan las cosas, sino cómo son.

Ese espacio estuvo, en el siglo XIX, en disputa: contra las clases precapitalistas y contra otras burguesías. La soberanía no sólo se forjó contra España, Inglaterra o Francia, sino también contra los indígenas, que fueron liquidados en aras del desarrollo capitalista.

Actualmente, el tema de la soberanía nacional resulta superfluo. El desarrollo capitalista va provocando un proceso de “continentalización” de las burguesías. Los Estados nacionales han dejado de tener sustento real. De hecho, tienen un mayor componente de disputa contra los trabajadores que contra otras burguesías. Eso puede observarse en la evolución de las fuerzas represivas argentinas. El Ejército ha adelgazado y se han ensanchado otras instituciones dedicadas al orden interno. La Gendarmería y la Prefectura tenían la función de cuidar las fronteras. Hoy en día se ocupan de la represión.

Por eso, la “soberanía” no es para todos. No hay ningún “pueblo”. Lo que hay son clases sociales: patrones y obreros. Y estas clases tienen intereses opuestos. El problema de la soberanía es el problema de la dominación de la burguesía sobre los trabajadores.

Por lo tanto, no se defiende un territorio. Se defiende (o ataca) las relaciones sociales que están allí. Con justa razón, la dictadura decía que defendía a la Nación. Es cierto: la revolución la hubiera transformado en otra cosa. Si el Brasil o los Estados Unidos socialistas vienen aquí a entregar el poder a los trabajadores, no hay ninguna soberanía que defender. Los obreros argentinos recibiremos la invasión del Exército Vermelho o del Red Army con los brazos abiertos y, con gusto, dejaremos de ser “argentinos” para pasar a ser algo mucho más digno

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Acerca de Arturo Jauretche

“Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”. Ver todas las entradas de Arturo Jauretche

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