Sarlo vs Galasso


Victoriosa autoinvención

Por Beatriz Sarlo
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1417324-victoriosa-autoinvencion

Cuando la Presidenta salió de su casa de Río Gallegos, un grupo de vecinos quiso sacarse fotos con ella. La rodearon, la abrazaron y la despidieron con el grito de “Fuerza, Cristina”. La misma expansión en la escuela donde fue a votar y también frente al aeropuerto. El entusiasmo es comprensible, pero el aliento es innecesario. Nadie más fuerte que la Presidenta en este día.

A las seis de la tarde del domingo, hay centenares de banderas en Plaza de Mayo y frente al hotel donde se espera a la vencedora. A las ocho en punto, Scioli hace su discurso: la Presidenta ha conducido este proyecto magistralmente; Mariotto es un gran compañero y amigo. Por su parte, Mariotto se acuerda de que todo comenzó con Juan Domingo Perón: Kirchner llegó para continuar esa obra. La historia no empieza cuando uno llega, dice Mariotto, y por eso todo sigue con la “Presidenta Coraje”.

Contrastes. A esa misma hora, en el comité nacional de la UCR, lugar elegido por Alfonsín para recibir los resultados en el seno de la familia que desde mañana le ajustará cuentas, un pupitre y el escudo del partido: la soledad de una derrota inevitable, no sólo por la fuerza oficialista sino por los errores propios. Pro, municipalizado, se reúne en Vicente López. En el Instituto Hannah Arendt, Elisa Carrió dice: “De lo que pase ahora, nosotros no somos responsables, sino los millones que lo votaron”.

A las ocho y media, la Plaza de Mayo está iluminada y colmada como corresponde a una gran noche. La Presidenta llega al Hotel Intercontinental, donde hay pleno de actores, actrices, intelectuales y políticos. Cristina Kirchner, nimbada por los focos y mostrando una emoción tranquila, escucha el canto con que la reciben: “Néstor no se murió, Néstor vive en el pueblo”. La Presidenta reelecta empieza más dulce que nunca. Recita, casi entona, su agradecimiento “a todo lo que conforma la Argentina” (incluido Macri). El mayor agradecimiento es a El. La intensidad subjetiva aumenta hasta que comienza la parte propiamente política de un discurso que incluye, varias veces, el llamado a la unidad. Todo puede leerse o mejor verse nuevamente, porque la lectura sola no trasmite las seguridades con que la Presidenta se siente investida, pese a la abundante gestualidad emocional.

El discurso de la victoria coronó el resultado que se esperaba. La aritmética electoral coincide con la de la economía. Pero la Presidenta sacó más y fue votada con más entusiasmo que el que producen los números.

Se ha renovado la identidad justicialista. Imposible decir si el efecto será duradero. Pero lo que parecía difícil cuando la popularidad de Cristina Kirchner alcanzaba un penoso 20 por ciento, sobrevino en el año que va entre la muerte de Néstor Kirchner y estas elecciones. La Presidenta Viuda fue la protagonista y la directora de la obra, una creación suya y de un grupo muy chico de publicitarios e ideólogos, que la dejó hacer y perfeccionó lo perfeccionable. En lo esencial, una autoinvención.

Después del entierro de Néstor, Cristina Kirchner dispuso casi de inmediato todos los elementos de la puesta en escena y vestuario: su luto, su palidez (atenuada con el transcurso de los meses), su figura erguida, su voz potente, que podía quebrarse por la emoción que ella misma se provocaba al mencionar al marido ausente. La Presidenta hizo una actuación de alta escuela, mezcla de vigor y emoción; se colocó a sí misma al borde del llanto y se rescató por un ejercicio público de la voluntad. Es la gran actriz de carácter sobre un escenario diseñado meticulosamente por ella misma. No compartió jamás el rol protagónico. Los focos, todos, convergieron en un solo punto.

Siendo un personaje excepcional (todo presidente lo es en su medida), la estética de la Presidenta tiene un aire de familia con las imágenes audiovisuales. A veces, un flash la asimila a una buena actriz de la televisión representando a una gran mujer política: el mismo empaque de señora que ha bajado a las cosas pero que conserva sus aires; la misma ropa con brillos; un poco de sobreactuación; un poco de distancia y mucho de afectividad. Aunque la Presidenta ha enriquecido estos rasgos, se apoya en una espontaneidad que es anterior a la puesta en escena.

El liderazgo se compone de muchas vetas. Una de ellas es la capacidad de representar, en dos sentidos complementarios: representar los sentimientos de otros (los dirigidos) y representar, ante ellos, los sentimientos propios, a fin de darle un sustento crucial a la confianza. Con una mezcla de afectividad y exhibición de fuerza, la Presidenta es una figura a la vez política y humana. Este éxito de la imagen fortaleció el vínculo que la cruda economía tejía por debajo. Anudó con un lazo simbólico el intercambio entre mejoras materiales y apoyo político.

Hubo cambios en su discurso. Un llamado a todos, completamente abstracto, porque nunca se reunió con nadie, excepto en media docena de visitas a asociaciones empresarias y, por supuesto, en las inauguraciones, donde los miembros de las burguesías locales ingresaban al círculo mágico que rodea a la Presidenta en sus excursiones por el territorio. Un llamado especial a la juventud. Los entendidos traducen: “juventud” es, en términos concretos, la guardia de hierro de La Cámpora. Pero los no entendidos traducen probablemente de otro modo. Escuchan el mejor sonido de las palabras: el futuro es de los jóvenes, cosas por el estilo. Un llamado a la solidaridad entre sectores. Hugo Moyano escucha el ruido del machete con el que planean cortarle la reelección en la CGT. Pero miles escuchan que la Presidenta pide solidaridad con quienes no tienen trabajo, trabajan en negro, cobran por convenio. Escuchan que a ellos les prometen esa solidaridad. Se consolida el lazo: habla de nosotros, nos habla a nosotros.

La Presidenta hizo centenares de discursos, usó sin límites ni prudencia republicana la cadena nacional. Dicen que el rating baja cuando expone durante demasiado tiempo. Pero no se trata de escuchar un discurso entero, sino más bien de preparar fragmentos, planos, cortas secuencias que se multiplican luego en los informativos, en los diarios y en las redes sociales.

Se alcanzó la saturación ambiental de discursos: Cristina hablándoles a “todos” (¿quiénes son todos?); diseñando el futuro con planes etiquetados como “2020”, o consignas mnemotécnicas como “industrializar la ruralidad” (dejó un poco de lado, para no cansarse ella misma, la “cadena de valor”). Estos fragmentos de sonidos se diseminan, repetidos por cada uno de los candidatos. Crean sentido común: ella dice esas cosas mientras las muestra en concreto, al inaugurar fábricas abiertas o cerradas, puentes, tramos de carretera, usinas atómicas, escuelas, hospitales terminados o a medio terminar. La inauguración no es un acto para ser verificado, sino para ser comunicado. Es un acto simbólico.

Para no asustar a las capas medias, la Presidenta moderó su retórica. Hubo palos para el sindicalismo (que caen bien a esos votantes) y el sarcasmo consuetudinario para la prensa (no dijo qué piensa hacer a partir de hoy). Así como las campañas publicitarias tienen un título, la que condujo al triunfo podría llamarse “Cristina, paz y amor”. Boudou demostró ser un gran aporte a la buena onda. El también parece salido de la televisión, de un viejo casting para La Banda del Golden Rocket.

Funcionaron otras dependencias del dispositivo oficial. El Gobierno está haciendo inversiones considerables en cultura, cine y televisión, que ofrecen trabajo a guionistas, actores, directores de arte, músicos, fotógrafos. En algún momento habrá que examinar estas inversiones y la transparencia con que se deciden los contratos. Hay mucho dinero en juego, flotando por áreas grises, atravesadas por intereses proclives a mecanismos de cooptación, cosas que se dicen a media voz. Pero, a partir de los festejos del Bicentenario, la cultura se convirtió en una pieza orgánica. Se asentó el convencimiento de que con la cultura había mucho para ganar. El peronismo es poroso. Y, en la cultura, el kirchnerismo ha aceptado todas las incorporaciones, sin pedir otra cosa que cristinismo puro.

Los resultados de estas elecciones presidenciales no se alcanzan sólo con subsidios, miniturismo, bolsas de shopping o plasmas. Juzgar la adhesión al peronismo sólo por motivos económicos siempre le impidió a la oposición descubrir sus verdaderas peculiaridades. Está claro que si falla la economía, fallarán las urnas. Pero definir su predominio sólo como distribución sistemática o al voleo y obediencia produce el mismo efecto de mal foco. Cristina Kirchner tiene ahora la iniciativa. Se verá qué hace con su capital.

La novedad, por primera vez en la historia electoral argentina, es el lejano segundo lugar del Frente Amplio Progresista, dirigido por Hermes Binner y muy heterogéneo. Sobre esta construcción, circulan las nuevas preguntas. La principal es si podrá recorrer el largo camino que recorrió su inspirador uruguayo, y romper una hegemonía, aunque la tarea exija una paciencia extraña a las costumbres políticas nacionales.

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¿Qué te pasa, Beatriz?

Por Norberto Galasso
Fuente: http://www.pobrerio.com/2011/10/sociedad-por-norberto-galasso-que-te.html

He leído tu artículo en La Nación del lunes 24 de octubre. Y en verdad, Beatriz, estoy sorprendido, demasiado sorprendido. Casi una página de Beatriz Sarlo en el diario de los Mitre para sostener que si bien hay algunos “motivos económicos”, la causa del triunfo electoral de Cristina tiene su explicación profunda en que se trató de la “autoinvención” de una viuda. La lectura de ese artículo me dejó perplejo. Sólo se me ocurre preguntarte: ¿Qué te pasa, Beatriz?

Vos quizás no recuerdes que nos conocimos en 1966, en la editorial Jorge Álvarez que funcionaba en la calle Talcahuano y donde circulaban jóvenes escritores progresistas (te supuse marxista). Después, te visité en un departamento de la calle Coronel Díaz para entregarte unas páginas sobre la Década Infame para la editorial de Carlos Pérez –lamentablemente desaparecido– (te supuse posadista). Más tarde, tuviste la gentileza de registrar algunos de mis libros como “recibidos” en tu revista Punto de vista (te supuse “prochina”) y en una ocasión, bajo la dictadura, nos encontramos en una manifestación obrera de la cual nos corrieron las fuerzas represivas con gases lacrimógenos (te supuse peronista de izquierda). Ya bajo el gobierno de Alfonsín, nos cruzamos, si mal no recuerdo, en el Teatro San Martín, pero no advertiste mi presencia, quizás porque moviéndote siempre en la crítica vanguardista no habías registrado en tu memoria esos encuentros casuales con alguien de la Izquierda Nacional, encuentros que no llegaron a convertirse en amistad, pero sí en esa complicidad recóndita entre quienes aspiramos a una sociedad distinta (aunque ya te supuse socialdemócrata).

Por eso, cuando alguien me decía: Beatriz ha sido peronista, trabajó cerca del posadismo, fue prochina, pro alfonsinista y socialdemócrata yo intentaba justificar esos cambios como producto de una búsqueda, una auténtica y trabajosa búsqueda en un país complicado donde las palabras se vacían de contenido y hay que realizar grandes esfuerzos para saber lo que ocurre y dónde ubicarse. Siempre te consideré inteligente y sin ningún interés subalterno, fuese prestigio o dinero.

Sé que no te importa demasiado saber que defendía tus giros políticos, como tampoco que siempre te he leído con respeto y te he valorado como intelectual. Quizás tampoco te importe ahora que te pregunte –siguiendo el ejemplo de Kirchner con Clarín– “¿Qué te pasa, Beatriz?”. Y formulé la pregunta porque ese artículo es indigno de vos y ahora debo suponer que te hiciste “mitrista”. Claro, para mí eso ya es más grave porque nunca he escrito ni voy a escribir jamás en La Nación hasta que –suceso imposible– ese matutino denuncie que Mitre fue un genocida que arrasó con el Paraguay según lo denunció Alberdi y lo cantó Guido Spano con aquel: “Ya no existe el Paraguay / donde nací como tú.”

Por eso siento la necesidad de reprocharte este último salto mortal que diste. Porque ya eran suficientes tus colaboraciones en Clarín para venir a recalar, desde hace un tiempo, en La Nación, que es, como se sabe, todo lo contrario de la nación. Siento la necesidad de decírtelo y no vas a poder contestarme “conmigo, no” porque vos no tenés “coronita” ni tampoco me podés imputar alguna actitud o conducta dudosa, ni concesiones de ningún tipo que hayan ido en perjuicio de las mayorías populares.
Y vamos al artículo, donde reducís un gran triunfo electoral, por márgenes poco habituales del 54% de Cristina al 17% para la segunda fuerza (con la que casualmente vos simpatizás).

Lo titulaste “Victoriosa autoinvención”. Y a poco de empezar reproducís, como si la compartieses, la declaración de la pitonisa derrotada, que espero que ya no salga más en las pantallas televisivas después del l% de los votos, es decir, de ser repudiada por el 99% de la sociedad argentina: “De lo que pase ahora, nosotros no somos responsables, sino los millones que la votaron.” Es decir, implícitamente, más de 11 millones de imbéciles, tontos, engañados o boludos, según el calificativo que quieras emplear.

Pocas líneas después, te referís a un cántico: “Néstor no se murió / Néstor vive en el pueblo”. Y nada más. No, Beatriz, no, debiste decirlo completo: “Néstor no se murió / Néstor no se murió / Néstor vive en el Pueblo / la puta madre que los parió.” Así se expresa la juventud que proclama su dolor y su bronca por la muerte de un presidente militante, y también alude a sus opositores. Así, completito. ¿O es que en la Tribuna de doctrina no se puede putear? ¿Se puede mentir, difamar, distorsionar la historia, pero se trata de un órgano tan delicado y de tan elevada cultura que no se puede putear?

Pero esto es anecdótico. Lo fundamental de tu artículo constituye una interpretación pobrísima de un acontecimiento riquísimo. Este último es el cambio operado en la Argentina en los últimos ocho años, que vos lo reducís a una cosmética fúnebre, a un montaje cinematográfico, a una “puesta en escena”, según lo subtitulás. Y esto no se puede permitir en una intelectual que hace años que piensa, elabora tesis, critica, argumenta con tan alto nivel que ha dado clases en la Facultad de Filosofía y Letras (¡ah! y también en Cambridge, supuesto templo de la sabiduría universal).

Entonces decís –cuando tu pueblo se moviliza y le otorga a Cristina 40 puntos de diferencia respecto al segundo-, vos decís, -y no quisiera recordártelo– decís: “La Presidenta Viuda fue la protagonista de la obra y la directora de la obra, una creación suya y de un grupo muy chico de publicitarios e ideólogos que la dejó hacer y perfeccionó lo perfeccionable. En lo esencial, una autoinvención” (La Nación, 24/10/2011). Luego, seguís de este modo: “Después del entierro de Néstor, Cristina Kirchner dispuso casi de inmediato todos los elementos de la puesta en escena y vestuario: su luto, su palidez (atenuada con el transcurso de los meses), su figura erguida, su voz potente, que podía quebrarse por la emoción que ella misma se provocaba al mencionar al marido ausente.” ¿Cómo no nos dimos cuenta, Beatriz? Quizás se ponía cebolla cortada en el escote para provocarse lágrimas… y nosotros, tan boludos, ¡nos creíamos que era dolor, que era tristeza!

Pero decís más todavía: “La Presidenta hizo una actuación de alta escuela, mezcla de vigor y emoción, se colocó a sí misma al borde del llanto y se rescató por un ejercicio público de la voluntad. Es la gran actriz de carácter sobre un escenario diseñado meticulosamente por ella misma.” Y más aún: “A veces, un flash la asimila a buena actriz de la televisión representando a una gran mujer política, el mismo empaque de señora que ha bajado a las cosas pero que conserva sus aires, la misma ropa con brillos, un poco de sobreactuación, un poco de distancia y mucho de afectividad.”

Me hacés acordar a Borges, Beatriz, cuando dijo que el 17 de octubre fue todo una farsa armada desde el gobierno. Peor todavía, a Mirtha Legrand cuando dudó que el cadáver estuviese adentro del féretro o a Carrió cuando sostuvo que el llanto de los jóvenes lo organizó Fuerza Bruta. Y vuelvo a preguntarte: ¿Qué te pasa, Beatriz?
No puedo creer que pienses que todo ha sido un invento, todo ficción. ¿En estos últimos años no hubo disminución de la desocupación, ni de la pobreza, ni de la indigencia, no hubo hundimiento del ALCA en Mar del Plata ni constitución de la Unasur, no hubo lucha contra la Sociedad Rural y las grandes corporaciones mediáticas, ni Asignación Universal por Hijo, ni Asignación Prenatal, ni matrimonio igualitario, ni Ley de Medios, ni hubo captación parcial de la renta agraria diferencial a través de las retenciones, ni estatización de las AFJP para recuperar los aportes previsionales de los trabajadores, ni aumento de jubilados y para jubilados? ¿Sólo hubo un escenario bien montado, una mujer pálida por el cosmético y una leyenda para incautos?

Para peor, agregás que, por cierto, hubo “inversiones en cultura…, necesarias para montar el espectáculo” y contar con los artistas, aunque “habrá que examinar su transparencia porque hay mucho dinero en juego flotando por áreas grises”, es decir, “pan y circo”, o lo que es lo mismo “choripán y Coca Cola” para 11 millones de argentinos a quienes se les compraron los votos. No eran entonces boludos, eran corruptos. Y de esas inversiones en la farándula, con algo –reconocés– de “subsidios, miniturismo, bolsas de shoppings o plasmas”, se montó la gran mentira que provocó el 54% de los votos.

Finalmente agregás que la gran “novedad en la historia electoral argentina no está dada por el triunfo por 40 puntos de diferencia sino en el lejano segundo lugar obtenido por Binner”. Eso sí es genuino e importante, ¿no es cierto? Esos tres millones de votos fueron concientes, de gente culta, progresista, que seguramente leyó alguna vez las sesudas elucubraciones de “Norteamérico Ghioldi”. Aunque, te digo, no es tan novedoso: esa palidez del candidato, ese empaque y seriedad que hacen recordar demasiado a los socialistas del treinta, tan poco graciosos que a su candidato Nicolás Repetto lo llamaban el “candidato del cianuro”, algo así como el aburrimiento de De la Rúa, quiero suponer sin Banelco.

Pero con un gran don de la oportunidad este Binner se abraza con otro “socialista”, el ex presidente uruguayo Tabaré (Marx los perdone desde la eternidad por llamarse socialistas), a quien supongo te referís cuando hablás del “inspirador uruguayo” que apoyó a Binner, que “supo esperar desde años atrás”, que vetó la ley del aborto y luego fue a decirle a Bush que le diera armas para hacerle la guerra a nuestra patria. Mejor referente, imposible.

Por eso te pregunto, ¿qué te pasa, Beatriz? Y no te enojés y me digas “conmigo, no”, ubicándote en una supuesta altura de ética, progresismo y cultura elevada para terminar descalificando la alegría de tu pueblo en las calles; desvalorizando un gran triunfo popular como hace muchos años no se había visto con tanta contundencia.
¿Acaso vale la pena rodar por la pendiente de esta manera para escribir en el diario que el genocida de la Guerra del Paraguay se dejó de guardaespaldas, como bien decía Homero Manzi? En serio, ¿te pasa algo, Beatriz?

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Acerca de Arturo Jauretche

“Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”. Ver todas las entradas de Arturo Jauretche

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