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El album del 8N – Muchas fotos


Las ollitas – Quilapayún (Las caerolas en contra de Allende en Chile)

Las ollitas

Texto y música: Sergio Ortega

Letra:
La derecha tiene dos ollitas
una chiquita, otra grandecita.
La chiquitita se la acaba de comprar,
esa la usa tan sólo pa’ golpear.

Esa vieja fea
guatona golosa
como la golpea
gorda sediciosa.
Oye vieja sapa
esa olla es nueva
como no se escucha
dale con la mano.

La grandecita la tiene muy llenita
con pollos y papitas, asado y cazuelita.
Un matadero clandestino se las da
de Melipilla se la mandan a dejar.

La derecha tiene dos ollitas
una chiquita, otra grandecita.
La chiquitita se la acaba de entregar
un pijecito de Patria y Libertad.

Óigame señora
no me agarre papa
con eso que dice
esa vieja sapa.


8N – Mapa de los Organizadores

Mapa del 8N

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Cacerolazo 8N – Entre estos tipos y yo hay algo personal


Quién será el próximo presidente – Luis Majul (un visionario)

Jueves 03 de febrero de 2011. La Nacion.

La presidenta Cristina Kirchner ganaría la primera vuelta, pero perdería la segunda. El próximo presidente podría ser Mauricio Macri, con el apoyo de Francisco de Narváez y Eduardo Duhalde, porque hay un principio de acuerdo para concretar una sociedad política. Daniel Scioli iría por la reelección en la provincia porque jamás se atrevería a romper con la viuda. Ricardo Alfonsín triunfaría en la interna frente a Ernesto Sanz, pero terminaría tercero en la general porque expresaría una versión más honesta del kirchnerismo. Pino Solanas haría una excelente campaña y les quitaría votos tanto a la Presidenta como al radical. Gabriela Michetti sería la candidata a jefa de gobierno de la ciudad y obtendría más votos en primera vuelta, pero debería esmerarse mucho para ganar en el ballottage, frente a Daniel Filmus o Solanas, si al final el cineasta decide postularse en ese distrito.

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Tema para Mirta, Joaquin y Mariano

Mirta-Morales-Sola-Mariano (3Mierdas)

3 Mierdas


Almuerzan hoy…

Lanata y Mirta

Patetico


Treinta y seis horas de un carnaval decadente – José Claudio Escribano

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=496350
Jueves 15 de mayo de 2003

Han sido treinta y seis horas lastimosas, pero no hay que dar por el pito más de lo que el pito vale.

Lo decían nuestros padres. Lo podemos decir nosotros. El pito del justicialismo vale bien poco en relación con el interés del país, que debe seguir adelante merced al trabajo silencioso y esperanzado de sus gentes.

Han sido treinta y seis horas de un carnaval decadente, que entristeció, y hasta enfureció, a muchos argentinos, tal vez porque creyeron que el haberlos privado del ballottage comprometía la gobernabilidad. Grave error: la gobernabilidad está comprometida desde antes de ahora, como se verá más adelante. Otro asunto, aunque de menor cuantía, ha sido el agravio acusado por los ciudadanos cuando percibieron que alguien les tomaba el pelo.

Debemos bajar el énfasis indiscriminado en cuanto a la importancia de los hechos que producen los políticos argentinos. Y examinarlos de acuerdo con su real importancia. Más significativo que la toalla arrojada sobre el ring por un menemismo devastado por la catástrofe inminente e inevitable del domingo es el pésimo discurso pronunciado por el ahora presidente electo.

Menem se ha ido de la peor de las maneras; Kirchner, llega. La primera medida de gobierno del doctor Kirchner deberá ser la cesantía de quien ha escrito ese discurso, y, si fue él mismo quien acometió su redacción, convendrá que ya mismo derive en otro la delicada tarea de escribir si es que aspira a ser un verdadero jefe de Estado.

Se sabe que Kirchner está hablando con muy poca gente, encerrado en un círculo íntimo difícil de caracterizar, pero en el que es obvio que gravita su mujer, Cristina, senadora nacional. Faltan apenas diez días para la asunción del mando y, salvo la noticia en general alentadora, de que el doctor Roberto Lavagna continuará en la cartera de Economía, es un misterio cómo se configurará el nuevo gabinete nacional.

* * *

Perdió el presidente electo una oportunidad de excelencia para ponerse por encima de las rencillas asombrosas del Partido Justicialista, tanto que terminaron por involucrar al país todo. Gracias doctor Menem, al fin y al cabo, por haber liberado a quienes jamás han votado por candidatos del PJ, pero tampoco lo han hecho nunca con el signo negativo del voto en blanco o anulado, de la encrucijada morbosa que acechaba en el cuarto oscuro del domingo próximo.

Ante una sociedad ansiosa por su destino, Kirchner cayó en la trampa tendida por el rival: ahondó los odios y las diferencias con Menem y hasta se permitió la temeridad de sembrar dudas sobre cuál será el tono de su relación con el empresariado y con las Fuerzas Armadas. Se olvidó de que la razón de que hablara ayer por la tarde era, justamente, que en ese momento dejaba de ser el candidato que había competido por largos meses por la Presidencia de la Nación y se convertía en el presidente electo de la Argentina.

En la penosa urdimbre de este final inesperado de la contienda electoral de doble vuelta se observó un caos de fondo, como si el estreno de la obra hubiera tomado por sorpresa no sólo a los actores, sino, cosa notable, al guionista, al escenógrafo, al director y a los productores.

Aquí es cuando vuelven a resonar cuatro palabras en los oídos de quien quiera hubiera puesto atención en el discurso de cierre de campaña del doctor Adolfo Rodríguez Saá, el jueves previo a la primera vuelta: “Gozo de buena salud”.

Fueron cuatro palabras herméticas, pero acaso las más insinuantes y reveladoras de una campaña que movilizó de manera modesta a la opinión ciudadana. Cuando un candidato dice que goza de buena salud lo natural es que impulse un interrogante general sobre cómo andan los restantes competidores.

La lucha política exige algo más que un certificado de buena salud, si es que éste fuera posible. Impone condiciones extremas de atención, de reflejos psíquicos y de esfuerzos físicos severos, que se hacen sentir en vidas largas y accidentadas. Ricardo López Murphy, uno de los candidatos que se supone entraron más enteros a la liza, dice haber terminado exhausto.

¿Cómo quedaron los demás? ¿Cómo se sintió el doctor Menem, llamativamente incapaz como estuvo, en la noche de la primera vuelta, de controlar el orden más conveniente en ese hotel convertido en un pandemonium?

¿Cómo no reaccionó ante el escenario sorprendente, en el que se movían espectros de una farándula que las pantallas inclementes de la televisión proyectaban como artero envío del enemigo? ¿Por qué apadrinó, con vistas a los comicios que restan para el año, candidaturas imposibles?

¿Por qué hubo tanto desorden en la campaña del ex presidente? ¿Por qué haber dejado que su nombre se asociara a los peores nombres, en lugar de haber abierto paso a quienes habían sido identificados como protagonistas de lo mejor de su doble gestión presidencial o que podían ser el anticipo de la renovación apropiada y por algún motivo esencial anunciada por Menem mismo más de una vez en la campaña?

¿Por qué, en fin, transfiguró Menem, en la noche del 27 de abril, lo que debió ser un discurso chispeante de victoria al fin, en una pobre y agria arenga que alertó al país sobre una incalculada derrota?

Kirchner admite en la intimidad -en el ámbito reducido en el que el visitante registra en él la voluntad de escuchar, de aprender- que contó con la ventaja del handicap inesperado recibido de parte de quien ha sido su adversario principal.

* * *

El temor colectivo que se percibe como saldo principal de la fuga de Menem es que éste haya herido la gobernabilidad del país. Para ser justos, habría que preguntarse, también, en cuánto ha contribuido a esa desazón el inoportuno discurso de Kirchner.

Convendrá decir, ante todo, que el problema de la gobernabilidad es preexistente al de la decisión de Menem, un político, además, que se encuentra al final de una larga carrera, no en el apogeo.

Es más: ninguno de los candidatos que se presentaron en la primera vuelta -ni siquiera quien fue su principal revelación, reafirmada con las palabras que eligió ayer, López Murphy- era por sí mismo garantía de estabilidad institucional en el período por abrirse en días más.

La política argentina se encuentra gravemente fragmentada. El Congreso, en ambas cámaras, es un reflejo de esa crisis. El Poder Judicial se arroga facultades propias de la administración como no ocurre en ningún país serio, desde las finanzas a la determinación de cuáles deben ser las tarifas de los servicios públicos, y se abstiene de actuar, por añadidura, precisamente donde debería hacerlo. Los sindicatos y las entidades representativas de las empresas no cumplen un papel más lucido que aquellos otros de los que reclaman un mejor ejemplo.

Ese es el país con el que los argentinos se han abierto al siglo XXI.

El hecho de que Kirchner se instale en la Casa Rosada con sólo el 22 por ciento de los sufragios acentúa, en principio, el problema de la gobernabilidad, pero está lejos de crearlo. Kirchner llega precedido, y no lo ignora, por una cuestión institucional que se manifestaba con claridad en los días en que Menem proclamaba que vencería con sólo una vuelta electoral.

El Consejo para las Américas estaba reunido en Washington cuando el lunes 28 se hacían los últimos cómputos provisionales de las elecciones. Es un cuerpo que congrega a cuantos tienen en los Estados Unidos una opinión de peso que elaborar, tanto en el campo político como empresarial, sobre los temas continentales. Desde Colin Powell a David Rockefeller.

¿Qué pudieron esos hombres haberse dicho sobre la Argentina, después de conocer los resultados del escrutinio y, sobre todo, los ecos de la infortunada noche de Menem en el hotel Presidente?

Primero, se dijeron que Kirchner sería el próximo presidente. Segundo, que los argentinos habían resuelto darse un gobierno débil.

Podríamos pasar por alto una tercera conclusión, porque las fuentes consultadas en los Estados Unidos por quien esto escribe difieren de si se trata de la opinión personal de uno de los asistentes o de un juicio suficientemente compartido por el resto. Sin embargo, la situación es tal que vale la pena registrarla: la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año.

* * *

Esto demuestra que el problema de la gobernabilidad argentina es anterior al espectáculo ofrecido por el doctor Menem. El país suscitaba preocupación en Washington respecto de su futuro con prescindencia de la pirotecnia de última hora.

Ninguna de las conclusiones que dejamos expuestas, y menos la tercera -a la que debe interpretarse como una metáfora de la segunda-, merece otro valor que el de un balance informal, casi académico, entre personalidades con la responsabilidad de prefigurarse el horizonte que el mundo tendrá ante sí. Pero interesa conocerlas por exponer la gravedad de las reflexiones en Washington sobre el futuro posible de la Argentina.

Kirchner conoce esa información desde el lunes 5. Y su respuesta fue que él está de acuerdo en que el principal asunto por resolver en el país es el de su gobernabilidad.

No debería, por lo tanto, el presidente electo desaprovechar lo mejor del discurso de Menem al abandonar la lucha sin que hubiera una sola denuncia judicial de fraude electoral o una sola mesa de votación impugnada en el país. Fue cuando Menem predicó sobre la necesidad de construir consensos y anunció que se contaría con su contribución a la gobernabilidad. La gravedad del tema hace deseable que esa contribución sea una realidad, al menos, a partir de hoy.

Ha caído, al fin, el telón sobre una decepcionante obra de treinta y seis horas. No demos por el pito más de lo que el pito vale, como decían nuestros padres. Dejemos atrás este nuevo papelón de la política argentina.

Pensemos entre todos cómo remontar con el trabajo y el estudio una crisis extenuante, de no menos de cinco años seguidos a estas alturas, y estimulemos al nuevo presidente a que traduzca en los hechos lo que promete con entusiasmo en la conversación privada: “Hay que mejorar la calidad de las instituciones, hay que gerenciar la administración del país”.


Clarin y La Nacion piden “concordia”, “cambios” y “dialogo”

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320189
Editorial I
La hora de la concordia
El sentido épico que, para muchos, Kirchner le dio a la política debería ser aplicado a ponerles fin a viejas y nuevas antinomias
Domingo 31 de octubre de 2010

Una multitud le dijo adiós a un líder político que, con aciertos y errores, condujo al país y consagró casi toda su vida a algo que siempre debería ser una actividad noble y al servicio del bien común, como la política.

La inmensa mayoría de la sociedad, aun pese a las discrepancias que muchos de sus integrantes hayan podido tener con la figura de Néstor Kirchner y con la gestión del actual gobierno nacional, se sumó al duelo y vive todavía con congoja el tan difícil momento al que asisten la presidenta de la Nación y su familia. Los gestos de solidaridad con la jefa del Estado también estuvieron a la orden del día de parte de la amplia mayoría de los dirigentes de la oposición.

Si bien nunca faltan expresiones irrespetuosas, ellas han sido absolutamente marginales y ni siquiera merecen ser consideradas. Del mismo modo, tampoco es conveniente juzgar desde este lugar ciertas actitudes de intolerancia hacia dirigentes políticos opositores, durante el velatorio de los restos del ex presidente, que rozaron el sectarismo. Inevitablemente, el dolor por la pérdida de un ser querido a veces genera desequilibrios emocionales capaces de provocar episodios de esa especie.

Lo verdaderamente importante pasará, en los próximos días, por las primeras palabras de una primera mandataria que ha soportado con entereza el difícil trance.

Si el profundo dolor de muchos ha unido en el recogimiento a todo un país, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría aprovechar esta oportunidad para consolidar la concordia que debería reinar en la Argentina.

No es algo descabellado, aun cuando los últimos tiempos hayan estado signados por enfrentamientos estériles no exentos de violencia y de mensajes desde el poder político que, lejos de alentar el diálogo, hayan estado dirigidos a vilipendiar al que piensa diferente, acusándolo de “destituyente”.

Decimos que un llamado presidencial a la concordia, a deponer actitudes revanchistas y a construir consensos no debería sonar utópico, porque la propia presidenta de la Nación sorprendió a muchos, tres años atrás, el 28 de octubre de 2007, cuando a poco de alzarse con el triunfo electoral que la condujo a la Casa Rosada, convocó a iniciar una etapa “sin odios y sin rencores”, con el fin de “reconstruir el tejido social e institucional”. Hasta ahora, esa etapa no ha comenzado.

En aquella oportunidad, Cristina Kirchner señaló: “Hemos ganado ampliamente, tal vez por la mayor diferencia desde la reanudación de la democracia. Pero ello no nos otorga privilegios, sino el lugar de mayor responsabilidad”.

Cuatro años y medio antes, Néstor Kirchner, durante el proceso electoral de 2003 que terminó llevándolo a la jefatura del Estado, había convocado a los argentinos a tener “un país normal”.

Se ha dicho con acierto en estos días que el desaparecido ex presidente les devolvió a la política y a la militancia un sentido épico. No es malo pensar en epopeyas. Todo dependerá del objetivo al que se apliquen. Es probable que los argentinos y su clase dirigente estemos hoy frente al desafío que implicaría una gran epopeya: la de poner fin a viejas y nuevas antinomias y de consolidar la unión nacional, que es algo tan diferente de la uniformidad y la tendencia al pensamiento único.

La sociedad argentina reclama, como lo ha hecho en las urnas en junio del año pasado, que sus dirigentes dejen atrás luchas ajenas a las más profundas y auténticas inquietudes ciudadanas, tales como la inseguridad, el narcotráfico, la pobreza y la inflación.

Al mismo tiempo, el mundo espera de la Argentina niveles de seguridad jurídica y de calidad de sus instituciones que los argentinos no hemos sabido garantizar. La llamativa alza de los activos financieros de nuestro país en los días posteriores al fallecimiento del ex presidente Kirchner nos está dando a entender que los problemas que nos inhiben de contar con un flujo de inversiones del nivel que sería deseable son de naturaleza política.

Corresponde que quienes tendrán el deber de gobernar, en este particular momento histórico, adviertan que la mejor imagen que la Argentina puede darle al resto del mundo es la de un país cohesionado en torno de políticas de Estado derivadas de amplios consensos políticos y sociales, sin los cuales estaremos cada vez más condenados a la fragmentación social.

  • http://www.clarin.com/opinion/dias-pueden-venir-Kirchner_0_363563695.html

    Los días que pueden venir sin Kirchner
    31/10/10
    Eduardo van der Kooy

    La súbita muerte de Néstor Kirchner cerró un tiempo político. El desafío de la continuidad es para Cristina. Tendrá sobre sus espaldas la gestión. También, la articulación del poder que siempre le facilitó el ex presidente. El peronismo es un enigma. Igual que el papel de Moyano.

    Una Argentina en estado de inquietud y duda constante parece suceder al controvertido orden político que Néstor Kirchner supo imponer en vida. ¿Podrá Cristina Fernández sostener ese orden? ¿Querrá, al fin, sostenerlo? ¿Será capaz de mantener la disciplina en una amplia geografía peronista que, por convicción, conveniencia o temor, respondía a su marido? No existe una respuesta inmediata: esos interrogantes podrán comenzar a develarse cuando se levante, de a poco, el espeso manto del duelo.

    El primer desafío tiene que ver con una lejana premonición que hizo alguna vez Felipe González, el ex premier de España. Enterado a comienzos del 2007 que Kirchner dejaría su sillón a Cristina, preguntó: “¿Cómo será eso? El poder puede transferirse pero la autoridad no” , reflexionó. La Presidenta volverá, tal vez mañana, a la actividad con el mismo poder que tuvo hasta que murió su marido. El problema será esa autoridad con la cual Kirchner confeccionó un sistema de poder real, privado e indivisible, que se llevó a la tumba.

    Aquel sistema ayudaría a explicar muchas de las cosas que en los últimos años ocurrieron en la Argentina. Para empezar, el poder bifronte compartido sin conflictos serios por el matrimonio. Un espacio en el que dirimían ideas o decisiones sólo ellos.

    Aquel mismo sistema fue concentrado aún más por Kirchner cuando, por propia voluntad, pasó a un supuesto segundo plano. Esa concentración tuvo vínculo con la lucha de un hombre que desde que dejó la Casa Rosada no halló ningún lugar que lo dejara conforme . Repasemos su derrotero: abrió una oficina en Puerto Madero que cerró en un par de meses; planeó conferencias por el mundo que jamás brindó; rechazó la conducción del peronismo que terminó aceptando; descalificó el timón de la Unasur que exaltó cuando puso en marcha el proyecto para retornar a la presidencia en el 2011; renegó de las tareas legislativas, pero se consagró diputado bonaerense en las elecciones del 2009; asistió al Congreso dos veces: para jurar como legislador y votar la ley del matrimonio igualitario.

    Ese deambular denunció a un dirigente insatisfecho.

    Su satisfacción de poder en vida, de verdad, nunca tuvo límites.

    Este periodista fue testigo de esa codicia. Tres días después de la asunción de Cristina, el 10 de diciembre del 2007, compartí un almuezo con Kirchner, Alberto Fernández y un empresario amigo. Hacía pocas horas, había sido envenenado en su celda del Tigre el represor de la Marina, Héctor Febres.

    Kirchner participó sólo de a ratos en esa comida. Se paraba para hablar por teléfono. Llamaba a ministros, al jefe de la Policía y a Daniel Scioli. Demandaba novedades sobre aquel envenenamiento. Actuaba como un presidente que no era. El empresario, harto de tanta informalidad, le disparó: “Pará Néstor, vení a comer. ¿Qué te pasa? ¿Tenés abstinencia de poder?” Kirchner giró su cuerpo con furia y retrucó: “Sí. ¿Por qué? ¿Algún problema? Allí concluyó el diálogo. También el almuerzo.

    Su protagonismo instaló además la sensación de un gobierno de doble comando donde las decisiones políticas de fuste correspondían al ex presidente. Hasta el miércoles de la semana pasada ese andar no significó ningún dilema ni deshonra para Cristina. Tampoco, más allá de la anormalidad institucional, la gobernabilidad sufrió alteraciones.

    Tan enorme resultó el peso de Kirchner en esa sociedad de poder, que ambos pasaron por alto un dato medular de la vida y de la política de Estado : el de la salud del ex presidente. Kirchner transitó en apenas siete meses de una obstrucción de carótida a otra de coronaria como si hubiera sufrido un dolor de muelas. Las estadísticas médicas señalan que sólo 3 de cada 10 pacientes que sufren un problema de carótida lo repiten en las coronarias. En esos casos, no se considera a la afección cardiovascular circunstancial sino crónica.

    La concentración de poder de Kirchner no sucedió cuando Cristina se convirtió en Presidenta. Vino de antes: tuvo uno de sus registros fuertes cuando Rafael Bielsa dejó la Cancillería; se agudizó con la renuncia de Roberto Lavagna. La salida de Alberto Fernández, en el 2008, le posibilitó abrazar las decisiones fundamentales del Gobierno y el manejo absoluto en el peronismo. Su último obstáculo cayó al ser reemplazado Martín Redrado por Mercedes Marcó del Pont en el Banco Central.

    ¿Cómo hará la Presidenta para sustituir semejante maquinaria? ¿Cómo hará para reemplazar el seguimiento puntilloso que hacía el ex presidente en Olivos de cada problema y cada conflicto? Son horas todavía de conjeturas precarias. Apenas un detalle: Cristina llamó a Madrid al embajador Carlos Bettini, un viejo amigo suyo.

    Hay quienes afirman que su hijo, Máximo, podría crecer en influencia . Máximo combina su pasión por el fútbol con la política de oficio. Fue durante bastante tiempo una especie de “conciencia crítica” de Kirchner. Cuestionaba muchas de sus decisiones. Sobre todo, el rumbo de su alianza con Hugo Moyano. Pero cambió cuando su madre se convirtió en Presidenta.

    Se interesó siempre por aquellos años trágicos de los 70. Fue lector incansable, pero se nutrió también de los relatos de su madre y de su padre. Así se explica que haya fundado una segunda versión de aquella juventud peronista. Sólo así se explicaría, además, que en el 2007 la haya bautizado “La Cámpora”.

    Máximo, quizás, podría ampliar el escuálido círculo de consultas que ha quedado reducido al secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini y al ministro de Planificación, Julio De Vido. Los afectos históricos de Cristina están mucho más cerca del primero que del segundo. De Vido combatió el proyecto de Kirchner de resignar la reelección para posibilitarle el ascenso a la ahora Presidenta.

    Al margen de esos funcionarios tradicionales del kirchnerismo, Cristina tiene otras dilecciones. Héctor Timerman, el canciller, Amado Boudou, el ministro de Economía, Diego Bossio, de la ANSeS, y Marcó del Pont, la titular del Banco Central. Sucede que Timerman, Boudou y Bossio son vistos por los patagónicos como sapos de otro pozo.

    Otra pista vaga de lo que podría sobrevenir la aportó Aníbal Fernández. El jefe de Gabinete retomó una frase que Kirchner pronunció horas después de la derrota del 2009: “La Presidenta está decidida a profundizar el modelo” , dijo en una pausa del multitudinario funeral que despidió al ex presidente. Si esas palabras tuvieran el mismo sentido que en su ocasión le dio Kirchner, no cabría esperar tiempos de tranquilidad y armonía en el país .

    Aquella advertencia del ex presidente derivó en una cadena de confrontaciones que se sumaron al nunca resuelto pleito con el campo. Empezó la persecución a los medios de comunicación no oficialistas, se abrió una batalla contra la Corte Suprema, se ensanchó la brecha con los empresarios y, de hecho, por peleas con la oposición, casi se paralizó la gestión del Congreso.

    Con ese panorama se encontrará Cristina.

    También habría que comenzar a escrutar detenidamente al peronismo.

    El partido de Gobierno se ha alineado, en un primer espasmo, con Cristina. Los dirigentes del PJ suelen ser sensibles a las romerías y a los destellos emocionales como los que pusieron marco al funeral de Kirchner. Pero el peronismo no está habituado a funcionar, con cierto orden, sin la existencia de un jefe nítido.

    Kirchner era reconocido todavía como tal.

    ¿Podrá lograr Cristina ese reconocimiento? La premura con que Timerman lanzó la idea de la reelección de la Presidenta para el 2011 no fue lo más aconsejable. El canciller es visto casi como un forastero en el PJ . Dos ministros y un gobernador lo criticaron, aunque el tono no subirá, por ahora, para no provocarle trastornos tempraneros a Cristina.

    Timerman no es, al fin, ningún problema serio para el partido. Lo es mucho más Moyano que, aún antes de concluir los funerales, planteó la necesidad de reestructurar al peronismo . El timón del PJ le ha caído a Scioli. El líder camionero no se detuvo allí. Habló de una concertación con los empresarios para darle consistencia a la gobernabilidad.

    Legisladores y gobernadores del PJ suponen que el protagonismo creciente de Moyano ensanchará la brecha con sectores sociales necesarios para el 2011. Presumen también que Kirchner había empezado a tomar conciencia de que el secretario de la CGT se podía escapar de control. Por esa misma razón, un día antes de su decteso, le asestó un golpe : ordenó el boicot a la reunión del PJ bonaerense que conduce el camionero.

    Otro capítulo de la época kirchnerista se abre en la Argentina. El anterior quedó clausurado con la muerte de Kirchner. Una muerte y un funeral que estuvieron rodeados de dolor pero también de espíritu poco conciliador. De parte del Gobierno y muchos de sus adherentes. De aquellos que celebraron en lugar de respetar.

    Varios medios de comunicación debieron frenar mensajes hirientes y provocativos.

    Todas, señales de una sociedad que ha sido inducida peligrosamente a la adicción al fanatismo.

  • http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320166
    La muerte y la resurrección de Néstor Kirchner
    Por Mariano Grondona
    Nestor Kirchner falleció el último miércoles en El Calafate y fue enterrado al cabo de un imponente funeral que conmovió a los argentinos durante tres días tanto en Buenos Aires como en Río Gallegos, poniendo a sus exequias en el nivel de las grandes manifestaciones populares que despidieron a Hipólito Yrigoyen, Eva Duarte de Perón, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín en el pasado. Teniendo en cuenta que Kirchner, mientras vivió, fue el promotor y el receptor de grandes cuestionamientos, ¿podría decirse entonces que su imagen resucitó, sorpresivamente, al tercer día?

    Desde el momento en que los argentinos, como latinos, somos emocionales, la muerte de los protagonistas nos conmueve más que a otros pueblos. En 1933, una multitud portó a pulso el féretro de Yrigoyen, desafiando al régimen conservador que lo había desplazado. En 1952, otra multitud aun más impresionante rodeó el cadáver de Evita, aunque esta vez su entierro rodeó al viudo, el general Perón, con el acompañamiento compulsivo del propio Estado en una Argentina amargamente escindida entre peronistas y antiperonistas.

    Cuando Perón murió en 1974, en cambio, todos los argentinos le rindieron homenaje porque él y Balbín acababan de presidir la reconciliación entre los dos bandos en pugna. En 2009, fuera del poder como Yrigoyen pero unánimemente exaltado por los ciudadanos como el último Perón, Alfonsín nos dejó. Los grandes entierros que precedieron al de este fin de semana expresaron, por lo visto cada cual a su turno, la unión o la desunión de nuestro pueblo. ¿En cuál de estas dos categorías habría que alojar la inhumación de Néstor Kirchner?

    La respuesta a esta pregunta tendría que ser mixta porque el pueblo que despidió a Kirchner pertenecía a dos clases. El fervor de una de ellas fue espontáneo, ya que no respondía a movilizaciones ni consignas planificadas. El fervor de la otra correspondió, al contrario, a la militancia kirchnerista, con sus pancartas y sus ómnibus, y también con su rencor hacia los opositores encarnados, en este caso, por el vicepresidente Cobos. Entre los manifestantes se alineó un núcleo militante compuesto por organizaciones como La Cámpora, que lidera Máximo Kirchner, y una masa de concurrentes espontáneos, en cierto modo inocentes de las directivas ideológicas.

    Pero la decisión final acerca del kirchnerismo que tendremos a partir de ahora ya no corresponderá a Néstor sino a Cristina Kirchner. ¿Hacia dónde dirigirá sus pasos la Presidenta? ¿Hacia la confrontación o hacia el apaciguamiento?

    De Néstor a Cristina

    Las primeras señales que dio la viuda de Kirchner no fueron, en este sentido, halagüeñas.

    Empezó por decidir que el funeral de su marido no se realizara en el Congreso, como es costumbre, sino en la Casa Rosada, privando así a los opositores de un escenario que podrían haber compartido con el oficialismo a pesar de que ellos estaban dispuestos a acompañarla en su dolor. El círculo de los homenajes potenciales al recién fallecido, de esta manera, se redujo drásticamente. A Cobos y a Duhalde se les aconsejó que no concurrieran a la ceremonia del adiós, mientras que ninguno de los restantes opositores que se presentaron para saludar a la Presidenta pudo ni siquiera acercarse a ella. Sólo Elisa Carrió, que estuvo ausente de la ceremonia, eludió la humillación.

    Estas primeras señales, ¿son transitorias, producto de la lógica exaltación de los primeros momentos, o, al contrario, permiten prever que la sucesora de Kirchner insistirá en la agresiva estrategia que le legó su marido?

    Esta pregunta es significativa porque, si bien el clima subjetivo, emocional, de estas horas, parece favorecer la confrontación en beneficio del Gobierno, un análisis objetivo de las relaciones de poder apunta en dirección contraria. Para ilustrar esta impresión podríamos acudir a la politicometría, esa rama de la ciencia política que, al igual que la “econometría” en el campo económico, procura introducir las matemáticas en el campo político. Podría sostenerse en este sentido que el poder real de Cristina Kirchner se ha dividido por tres. Mientras vivía Kirchner, el poder que acumulaban entre él y su esposa llegaba a tres unidades macropolíticas. Una, naturalmente, el poder de la propia Cristina. Otra, la acción infatigable de su esposo. La tercera, la coordinación de ambos en función de una división de tareas según la cual, en tanto Néstor “decidía”, Cristina “comunicaba”.

    De estos tres elementos que potenciaban el poder de la pareja Néstor-Cristina, hoy sólo queda uno en pie. Es verdad que, gracias a la emoción que hoy embarga a tantos argentinos, Cristina subirá sin duda en las encuestas. ¿Pero cuánto durará este clima favorable? ¿Algunas semanas? Probablamente. ¿Un año? Difícilmente. Lo más sensato sería entonces aconsejar a la Presidenta para que, aprovechando el calor de la simpatía popular que ahora la rodea, cimiente gradualmente su menor poder mediante un diálogo constructivo con los opositores. ¿O puede olvidarse acaso que, en las elecciones del año pasado, tres de cada cuatro argentinos le dieron la espalda al kirchnerismo?

    La encrucijada

    El destino, o la Providencia, le está tendiendo no una sino dos manos a la Argentina. La primera es el hecho de que los famosos términos del intercambio, es decir, la relación entre el precio de nuestras exportaciones y el precio de nuestras importaciones que desde 1930 nos había desfavorecido, en la última década ha pasado a favorecernos. ¿Quién no recuerda la tesis de Prebisch sobre “el deterioro de los términos del intercambio”, que perjudicaba sistemáticamente a la Argentina? Pero esta fatal ecuación económica, ahora, es inversa gracias al famoso “viento de cola”.

    A esta circunstancia económica acaba de sumarse una segunda circunstancia, esta vez política, que apunta hacia la consolidación de la república democrática. Es que el obstáculo que se interponía entre nosotros y la república democrática de la que ya gozan otros países latinoamericanos como Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, era la pretensión de lograr reelecciones indefinidas que albergaban los Kirchner a través del mecanismo dinástico de la alternancia conyugal. La muerte de Néstor Kirchner ha trabado este mecanismo porque Cristina Kirchner, aun de ser reelegida en 2011, ya no tendría por delante más que otros cuatro años, según la Constitución.

    Este horizonte, que anuncia desde ahora la instalación de un mecanismo republicano en nuestra presidencia, no podría alterarse sino en virtud de dos sucesos francamente improbables: uno, que Cristina lograra tanto consenso como para modificar la Constitución; la otra, que el ánimo dinástico la llevara a transferir a su hijo Máximo las esperanzas reeleccionistas de su esposo.

    Como van las cosas, es probable que la heredera de Néstor Kirchner quede de aquí a un año, cuando pase el clima actual, en minoría. Pero aun de no ser así, su horizonte de poder se acortaría decisivamente entre 2011 y 2015, como manda la Constitución.

    La viuda de Kirchner se halla, de este modo, en una encrucijada. Ya sin las fuerzas que tenía la pareja del poder, puede reintentar subir sola la cuesta arriba del monopolio político. Ateniéndose sobriamente a la nueva situación que ha creado la muerte de Néstor, Cristina podría recorrer, en cambio, el camino que cavaron Perón y Balbín, con la esperanza nada desdeñable de terminar su mandato a su debido tiempo, como lo hizo la chilena Michelle Bachelet para lograr, como ella, el reconocimiento universal de sus compatriotas.

  • http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320324

    Obligada a explorar otros caminos
    Joaquín Morales Solá

    El país ha perdido al jefe de la estructura política gobernante y, en los hechos, al ministro de Economía de los últimos cinco años. Ese vacío no lo podrá llenar una militancia activa y, a veces, sectaria, ni la invocación al supuesto renacimiento de un kirchnerismo confuso e inasible. La propia solidaridad social que la Presidenta recibió y recibirá, razonablemente, en las próximas semanas no es un termómetro definitivo de la política. ¿Está dispuesta Cristina Kirchner a aceptar que la política no se rige por lo excepcional, sino por reglas más prosaicas y permanentes? O está decidida, acaso, a dejarse llevar por la mística de una épica etérea y exaltada para conducir la nación política?

    El kirchnerismo resucitó con una muerte , se oyó decir cerca de la Presidenta. ¿Qué es el kirchnerismo? ¿Qué era? Era, fundamentalmente, una corriente política que respondía a la dirección de un líder duro e implacable. Sin embargo, Néstor Kirchner nunca definió el contenido de ese modelo, que lo constituía, sobre todo, un proyecto personal de poder.

    Kirchner capturó las estructuras provinciales del peronismo y a sus líderes, mediante la generosidad financiera o el castigo implacable hacia los gobernadores, con la sola excepción de la provincia de Buenos Aires. Conocía demasiado bien la historia de Menem, que dependió siempre del liderazgo bonaerense de Duhalde, y decidió cambiar el método. Cooptó intendente por intendente en el rebelde y áspero conurbano, pero ni siquiera les explicó a ellos qué es lo que quería hacer con ese poder. Tampoco se lo preguntaron. Eran los gobernadores e intendentes los que arrastraban voluntades: ¿cuánto de kirchnerismo había entre esos seguidores?

    Su política de derechos humanos, sus hábiles eslóganes y las batallas contra el campo y los medios que no le eran adeptos le sirvieron, sin embargo, para construir una militancia joven, pasional, como siempre, y convencida de que la revolución está a la vuelta de la esquina.

    A pesar de todo, Néstor Kirchner era, en el frente y en el fondo, un peronista que sólo aspiraba a cambiar algunas políticas, no todas, instauradas por Menem en los años 90. Le interesaba más la creación de una imagen que la esencia de ella. Mírenme, no me escuchen , les decía a los periodistas que intentábamos interpretarlo. El peronismo lo reconocía suyo, como lo hizo suyo a Menem en su momento.

    El kirchnerismo es, entonces, una invención de su creador, y su capacidad de supervivencia está a prueba. Hay algunas señales, malas, de ciertas innovaciones que hizo el kirchnerismo. Una de ellas (quizás la que más se notó en los días de dolor y luto) fue el paréntesis de los últimos años en la enseñanza democrática que todos los gobiernos desde 1983, con sus más y sus menos, habían hecho. Esa lección consistía en que la democracia es un sistema político de luchas, de negociaciones y de acuerdos que sólo excluye a la violencia. Kirchner nunca predicó ese evangelio; ni siquiera repudió la violencia.

    La consecuencia fue predecible. Hubo en las horas de velatorio algunas ráfagas de intolerancia verbal, que se acercó peligrosamente a la agresión física, por fortuna sólo en algunos casos puntuales. Los políticos opositores fueron hostigados y algunos periodistas críticos, sobre todo Alfredo Leuco y Fernando Bravo, estuvieron a punto de ser víctimas de la agresión. Había hostilidad hacia nosotros , dijo un alto dirigente radical que llegó a estar a dos metros de la Presidenta en la capilla ardiente. La Presidenta no aceptó saludarlo.

    Los opositores destacaron la afectuosa predisposición para recibirlos que tuvieron los peronistas José Pampuro, Miguel Pichetto y Agustín Rossi (los peronistas-peronistas , según los definieron). Pero la cordialidad de ellos se cortaba en seco cuando se acercaban al círculo del cristinismo puro y el comando de la ceremonia era tomado por los más cercanos a la Presidenta. Ese relato puede ser útil para describir a una jefa del Estado más segura que nunca de su potestad para decidir por sí sola la dirección del país y para reponerse sin ayuda de nadie de la muerte repentina de su esposo.

    Héctor Timernan tiene un problema insoluble: no sabe distinguir cuándo un momento es oportuno y cuándo no lo es. Haber anunciado la candidatura presidencial de Cristina Kirchner, con cierta sonrisa, mientras velaban aún a Néstor Kirchner, fue un acto insensatamente prematuro y de dudoso buen gusto. ¿En nombre de quién lo hizo? No de la Presidenta, que todavía estaba estragada por el dolor. Tampoco del peronismo, que el canciller nunca frecuentó. ¿Para qué, entonces, si no representaba a nadie?

    El peronismo se había fracturado entre el kirchnerismo (que tenía un líder claro e indudable) y el antikirchnerismo, carente de líder y conducido por un consorcio. En la intimidad, el peronismo venía debatiendo si esa fractura no lo condenaría a la derrota electoral frente a un radicalismo con dos líderes con buena imagen. La desaparición abrupta del líder del kirchnerismo está llevando ese debate a una conclusión. Un jefe ya no está: ¿por qué no averiguar la posibilidad de una reunificación del peronismo y buscar un candidato consensual ? Los nombres de Carlos Reutemann y de Daniel Scioli son los que más se escucharon en las últimas horas entre peronistas que se mojan en las aguas de aquí y de allá.

    ¿Y Cristina Kirchner? La Presidenta tiene dos perspectivas seguras: los barones del peronismo no la dejarán sola frente a la responsabilidad del gobierno (¿por qué lo harían?) y ningún presidente tiene negada de antemano la posibilidad de una reelección. Pero tendrá que ponerse a trabajar en ella. El problema de la Presidenta es que, al revés de su marido, es una peronista sólo emocional, pero distante de la estructura del peronismo. No la conoce, no le gusta y, encima, la aburre. El peronismo, por su parte, nunca la consideró una dirigente cercana.

    Acostumbrada a explayar sus grandes ideas sin que nadie la interrumpa, le será difícil aprender el ejercicio del toma y daca al que obliga la práctica concreta de la política. Eso lo hacía su esposo. El suyo fue el primer gobierno que le encargó la mecánica política a una persona que estaba formalmente fuera del gobierno. La Presidenta deberá explorar ahora otras formas. Ya comprobó, en vida de su marido, que el poder no se delega; el liderazgo, tampoco.

    Néstor Kirchner jamás hubiera destratado, por ejemplo, a Hugo Moyano como ella lo hizo junto al féretro de su marido. Cierta razón tenía Cristina Kirchner. En la última noche de su vida, el martes último, Néstor Kirchner debió aguantar en El Calafate una dura conversación con el líder camionero. No se sabe si la causa fue porque casi ningún kirchnerista concurrió a una reunión del peronismo bonaerense convocada por Moyano o si éste se quejó porque Kirchner no frenaba la mano del juez Claudio Bonadío, que ya lo tiene entre las cuerdas. La cercanía de los jueces preocupa a Moyano más que los desertores del peronismo.

    Kirchner murió, cuentan, con la obsesión del crimen de Mariano Ferreyra. ¿Quién apretó en verdad ese gatillo?, se preguntaba sin tregua. Caviló sin descanso sobre eso durante sus últimos días en El Calafate. Imaginó que lo podía inculpar a Duhalde, pero no era Duhalde. Las fotos de sus ministros con un barrabrava acusado del homicidio lo tumbaron. ¿A quién respondía José Pedraza cuando ordenó que fuera armada una fuerza de choque? ¿Estaba detrás de él la corporación sindical? ¿Hubo una conspiración? Era posible. Pero, ¿de dónde venía? Murió sin que lo asistiera una sola respuesta.

    Lo que no sabía es que Amado Boudou se quedaría sin ministro. Kirchner fue el ministro de Economía desde que se fue Roberto Lavagna, el último jefe real del Palacio de Hacienda. Los demás ministros, incluido sobre todo Boudou, eran meros secretarios de Estado; sólo aprendieron a gastar. Kirchner era el que sabía con qué plata se contaba y dónde estaba.

    Hay muchas señales de alerta en la economía argentina, pero la mayoría pertenece todavía al debate académico. Hay un solo trauma que está en la certeza colectiva: la inflación, cuya riesgosa presencia es aceptada por los economistas, las amas de casa y los verduleros. No hay equipo ahora para desafiar ese peligro.

    La Presidenta podría creer que la economía y la política se resuelven sólo con la promesa de un proyecto entrañable, heroico y aéreo. Sería el triunfo de la voluntad sobre la ciencia, de la inspiración sobre la inteligencia.

  • http://www.clarin.com/opinion/Alternativas-nueva-etapa-institucional_0_363563694.html

    Editorial
    Alternativas ante la nueva etapa institucional
    31/10/10
    La desaparición de Néstor Kirchner genera grandes interrogantes sobre el rumbo de la política oficial en la cual se presentan dos alternativas: profundizar la política de confrontación o avanzar hacia la búsqueda de diálogo y acuerdos para hacer frente a los desafíos actuales y futuros.

    Desde el inicio de su presidencia, Néstor Kirchner construyó un esquema político de centralización del poder. Personalmente y con poca o ninguna consulta, determinaba las líneas decisivas de la política económica convirtiendo a los ministros de Economía, generalmente decisivos en los gobiernos civiles y militares precedentes, en figuras secundarias. Del mismo modo dirigía la política haciendo y deshaciendo alianzas, enarbolando un discurso ideologizado, pero utilizando el más descarnado pragmatismo.

    La presencia dominante de Néstor Kirchner persistió en la presidencia de su esposa Cristina Fernández, convirtiéndolo en un virtual “hombre fuerte” del Gobierno. Esta posición se fortaleció al convertirse en el jefe del justicialismo, el partido que, paradójicamente se había propuesto desplazar con su proyecto de alianzas transversales.

    Los sistemas de poder personalizados pueden ser eficaces en los momentos de crisis, cuando se requieren las grandes decisiones en tiempos apremiantes, pero se contraponen con la construcción de instituciones que proporcionan canales de participación, previsibilidad y sustentabilidad de las políticas.

    Por eso, la desaparición de Néstor Kirchner crea un vacío que, aún mediando la voluntad y decisión de la Presidenta, sólo podrá ser cubierto mediante un nuevo esquema de poder basado en la construcción de instituciones, diálogo y búsqueda de consensos en el campo de la política, la economía y el gremialismo.

    Pero si el Gobierno decide mantener o profundizar la política de confrontación, puede dar lugar a un creciente malestar ciudadano y a un incremento de las tensiones que ya se verifican en el seno mismo del oficialismo.

    Un aspecto particularmente inquietante de la nueva situación es que el vacío de poder dejado por Néstor Kirchner intente ser ocupado por el sindicalismo oficialista que, en los últimos años, ha desplegado una creciente presión sobre las empresas, sobre las fracciones opositoras y, últimamente, sobre el conjunto de la sociedad.

    En esta hora, cabe recordar que Cristina Fernández de Kirchner hizo su campaña electoral prometiendo una nueva etapa en la forma de hacer política, para superar la excepcionalidad que había reclamando la crisis. En su discurso de asunción prometió, también, mejorar la institucionalidad y la calidad de la democracia.

    Gracias a las expectativas despertadas por esa plataforma, ganó porcentajes muy elevados de aprobación ciudadana. Pero poco después, cuando convirtió un conflicto impositivo en una suerte de enfrentamiento nacional, y persistió en una política de creciente confrontación, su imagen se derrumbó.

    El Gobierno tiene ahora la oportunidad de recuperar la orientación política que le proporcionó apoyo ciudadano, y contribuir a despejar las incertidumbres que genera, en cualquier escena política, la desaparición de una figura fuerte. Este es el deseo expresado en forma mayoritaria en los últimos días por la dirigencia política y social, consciente de la urgencia del momento y de la necesidad de construir consensos para hacer frente a los grandes desafíos del presente y el futuro.

    La desaparición de Néstor Kirchner deja, por su papel dominante en la escena política, un vacío que será difícil de cubrir. El Gobierno tiene la alternativa de buscar acuerdos o persistir en la política de confrontación que afectó la imagen presidencial. El deseo de recuperar el diálogo, la búsqueda de consensos y mejorar la institucionalidad fue expresado mayoritariamente en estos días.


    Sin Kirchner, Cristina puede asumir el poder – Rosendo Fraga

    La derecha ya pelo el cuchillo y el tenedor.

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1319039

    La desaparición del líder del oficialismo genera múltiples interrogantes. Es la primera vez en la historia argentina que la ausencia de alguien que no es el Presidente genera una situación semejante.

    Esto ante todo muestra que la Argentina estaba viviendo una situación anómala. Lo institucional estaba subordinado a lo político. La falta de Kirchner deja la sensación política de que falta el Presidente y es como si se planteara el interrogante de cómo va a actuar el vicepresidente.

    Hasta el último momento él se encargó de hacer evidente que era quien ejercía realmente el poder y no su esposa, la presidenta Cristina Kirchner. Ella nunca lo rechazó, nunca buscó generar un espacio propio de poder ni en lo símbólico.

    Ella ocupa ahora el centro de la escena y tiene la oportunidad de ejercer el poder por sí misma, un año antes de las elecciones y trece meses de que termine su mandato.

    Tiene la oportunidad de modificar, rectificar, corregir, cambiar una serie de aspectos, estilos, orientaciones y políticas impuestas por su marido, que llevaron a una situación inédita, que un gobierno con la economía creciendo al 9% tenga la aprobación de sólo uno cada tres.

    Ella ahora puede adoptar algunas decisiones que se reclaman, como tomar distancia de Hugo Moyano y terminar con su influencia. Quizás será lo primero que el mundo político mirará para saber si esta dispuesta a cambiar.

    En principio, el peronismo que nunca vio con simpatía al Kirchnerismo y su alianza con la izquierda, que primero se dividió frente al conflicto con el campo, que después lo derrotó en las elecciones del año pasado y que en los últimos días mostró sus diferencias a través de Daniel Scioli, recupera protagonismo.

    Podría conjeturarse que las figuras del poder más vinculadas a Néstor Kirchner, ahora pueden tener menos poder o bien podrían ser apartadas. Por ejemplo, Cristina tiene la oportunidad de reemplazar a funcionarios cuestionados, como Guillermo Moreno.

    Si ella insiste en la línea fijada por su marido, no le será fácil gobernar. Ella no es la misma persona y además ese estilo, estaba claramente en crisis.

    Con Kirchner desaparece la figura política más importante de la década, como lo fue Alfonsin en los ochenta y Menem en los noventa. Una figura singular.

    Deja a su esposa, con un gobierno sólido en lo económico, pero enfrentado con el sector productivo mas importante del país que es el campo; en conflicto también con el sector industrial; en mala relación con la Corte Suprema como lo evidencian los fallos recientes; enfrentado con el Congreso, como lo muestra el último veto; en conflicto con la Iglesia Católica; enredado en una surte de “guerra” contra los principales medios privados del país y en trance de romper relaciones con el gobernador de la principal provincia.

    El peronismo se estaba alejando. Ya al acto de River, presidido por el matrimonio Kirchner y Moyano, habían concurrido solo 5 intendentes justicialistas del conurbano y nada más que 5 gobernadores justicialistas habían rechazado la candidatura presidencial de Scioli.

    La continuidad institucional no está en riesgo en la Argentina, pero puede estarlo la gobernabilidad en el final en el tramo final del mandato de Cristina, si ella no aprovecha lo que posiblemente sea su oportunidad histórica: dejar de ser la presidenta de una facción, para pasar a serlo de todos los argentinos.

    El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría


    El PO ante la muerte de Nestor Kirchner

    ¿No lo puedo creer, ustedes? Increible analisis de Altamira.

    http://po.org.ar/articulo/po1152107/ante-muerte-de-nestor-kirchner

    La muerte súbita del ex presidente Néstor Kirchner conmociona por su condición de jefe político incuestionable del gobierno actual. Tiene lugar en la misma semana en que se produjo el crimen político contra Mariano Ferreyra y cuando la investigación de este crimen ocupaba el centro del escenario político. Es imposible no pensar que la crisis desatada por este crimen, que caló hasta el hueso del régimen político, no haya cobrado un precio elevado sobre la salud deteriorada del ex mandatario. No sería la primera vez que las contradicciones insuperables de una política y de un régimen político se cobren la vida de su articulador. La lucha encarnizada por los despojos políticos del ex presidente ya ha comenzado: los papeles de las acciones de los pulpos argentinos en Nueva York han tenido un ascenso espectacular en los pocos minutos que siguieron a la muerte de Kirchner. El capital es despiadado: presiona para que los cambios políticos que provocará la muerte de Kirchner sirvan para acentuar la política de acuerdos con la banca internacional, de la que busca -como ya ha conseguido con los bonos argentinos- redituar enormes dividendos. La burocracia sindical, por su lado, intentará cambiar el escenario que la tiene como responsable del patoterismo asesino y de la entrega de derechos laborales, y posicionarse para ocupar el centro de la sucesión política. Advertimos al pueblo acerca de la crisis política que desata esta muerte súbita, así como de sus protagonistas e intenciones, para que podamos asumir una posición clara y lúcida de defensa de nuestros derechos sociales y políticos -en especial, recuperar los sindicatos y desarrollar una alternativa propia de la clase obrera.

    Jorge Altamira (27/10/2010)


    Majulismo – Tomás Aguerre

    http://www.niapalos.com/?p=3019

    Majulismo

    Por Tomás Aguerre

    Contenidos

    1.Definición

    2. Influencia en la epistemología.
    2.A. Nihilismo majuliano.

    3.Influencia en la literatura

    Majulismo
    1. Definición.
    Doctrina construida a partir de las relecturas del periodista argentino Luis Majul. Llamado por algunos “el heredero de Truman Capote y Rodolfo Walsh, pero al revés”, construyó una corriente de pensamiento inter-disciplinaria sostenida en dos dogmas fundamentales: “1. La investigación, si larga, dos veces cierta” y “2. Todo lo que no puedas documentar, infiérelo de variables psicológicas”.

    2. Influencia en la epistemología.
    Con la publicación del libro “El dueño”, Luis Majul disparó interesantes debates al interior de la epistemología, rama de la filosofía que estudia el conocimiento científico. Las 500 páginas del libro fueron el fundamento de un grupo de científicos que cuestionaron el paradigma moderno del método científico y aseveraron que “a la verdad no se accede ni por deducción, ni por inducción: a la verdad se accede escribiendo 500 páginas”. De ahí nació “El grupo de los 500” -que en verdad eran 6, y ninguno había terminado el CBC – que moldeó una nueva filosofía de la ciencia que aseguraba que el acceso a la verdad científica no es un proceso cualitativo de investigación, sino puramente cuantitativo. “El grupo de los 500” llegó a decir que “todo muy lindo con la teoría de la evolución, pero mientras ´El origen de las especies´ sea más cortito que La Biblia, yo un poco creacionista te soy, sinceramente”.

    2. A. Nihilismo majuliano.
    Una red de médicos majulianos denunciados por mala praxis fue desmantelada en 2009 en Boston, Massachusetts. Los propios científicos declararon a la Justicia que “no aplicamos penicilina a los enfermos porque creemos, como dice Luis Majul, que no hay que creer en nada de lo que te digan, ni en que la penicilina cura a la gente”.

    3. Influencia en la literatura.
    Ensalzando la enorme capacidad del periodista argentino de ficcionalizar diálogos que supone y venderlos como si fueran ciertos, la crítica literaria encontró en Luis Majul una renovación de la pluma argentina que no se veía desde Borges o “el boom latinoamericano”. Bajo la consigna majuliana: “no importa cómo se escriba, lo importante es que sea mucho” aparecieron en el mercado literario centenares de nuevas obras pésimamente escritas, pero superiores a las 600 páginas. Fue furor en la Argentina la novela policial majuliana, que cada 200 páginas daba un vuelco total de sentido, trasladando la sospecha hacia otro posible asesino, a los fines de completar el requisito de las 600 páginas. El asesino terminaba siendo, en todas y cada una de las novelas, Néstor Kirchner en persona.


    Censo 2010 para Gorilas


    Ataque a la Justicia

    Clarin y el doble estandar.


    Periodistas Pateticos y Gorilas – La Salud de Nestor Kirchner

    Mariano Grondona
    Opinión

    Kirchner, ¿hombre fuerte u hombre débil?

    Por Mariano Grondona
    Especial para lanacion.com

    Jueves 16 de setiembre de 2010

    Hasta hace pocos días se tenía por seguro que Néstor Kirchner era el "hombre fuerte" de la Argentina. Sus seguidores lo alababan y sus opositores lo cuestionaban, pero unos y otros coincidían en reconocer que Kirchner, por lo pronto, mandaba. Esta hipótesis de trabajo, ¿continúa siendo sostenible después de lo que pasó durante los últimos días? Desde la madrugada del domingo, cuando lo afectó una crisis cardíaca, la imagen de un Kirchner físicamente robusto fue reemplazada por la imagen de un Kirchner físicamente vulnerable. ¿Podría haber un tercer episodio vascular? Nadie lo sabe.

    Pero a esta duda "médica" sobre la prolongación del poder de Kirchner acaban de sumarse, en rápida sucesión, otras dudas esta vez "políticas" como la orden que acaba de dirigirle con amplia mayoría la Corte Suprema para que cese la resistencia que, a través del gobernador de Santa Cruz Daniel Peralta, se ha empeñado en oponerle al máximo tribunal desde que éste le ordenó, hace ya más de un año, reponer en su cargo al procurador general de aquella provincia Eduardo Sosa, un verdadero "ultimatum" que, de ser nuevamente desobedecido, plantearía un grave conflicto de poderes entre el Poder Judicial y el Poder Ejecutivo nacional, del cual depende enteramente el gobernador Peralta.

    ¿La Corte, finalmente, despierta? También despertaron ayer por la tarde los jueces que votaban para elegir a sus representantes ante el poderoso Consejo de la Magistratura en una dirección opuesta a la actual, como ya había ocurrido con la elección del doctor Alejandro Fargosi en representación de los abogados. Todo indica que Kirchner podría perder en poco tiempo el monopolio del nombramiento y la remoción de los jueces del que había gozado.

    El "hombre fuerte" que nos había gobernado, ¿se está convirtiendo acaso en un "hombre débil"? En la medida que empieza a ser válida, esta pregunta subraya una paradoja que los gobernantes autoritarios insisten en ignorar. Los autócratas que en países como Venezuela y la Argentina pretenden proyectar una imagen interminable de poder, ¿son acaso más fuertes que los gobiernos republicanos que rodean a la Argentina en Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, u ocurre al revés? Las repúblicas no autoritarias, gobernadas por presidentes que no aspiran a retener el poder para siempre sino dentro del plazo estricto que les ha sido asignado, plantean de hecho una secuencia "inmortal" porque a sus períodos constitucionalmente "breves" los suceden otros del mismo tenor hasta que entre todos suman ya no "años" sino "décadas" de continuidad, en tanto que a las dictaduras autodefinidas como interminables las alcanza tarde o temprano un dato insoslayable: que hasta los hombres autodefinidos como providenciales son, también, física o políticamente "mortales".

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1305179

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    Luis Majul
    Opinión

    Kirchner para rato

    Por Luis Majul
    Especial para lanacion.com

    Miércoles 15 de setiembre de 2010

     

    La Presidenta tiene razón: hay Kirchner para rato. O mejor dicho: habrá Kirchner por lo menos hasta octubre de 2011, cuando el diputado nacional se juegue la última carta con el intento de regresar a la presidencia.

    No hay que ser médico ni encuestador ni brujo para imaginarlo. Solo se deben chequear los antecedentes de cómo suele funcionar El Dueño en estas circunstancias. Es decir: después de un serio problema de salud al que se le pretende dar una respuesta política. Y la estrategia es de manual. Intentará demostrar que sigue en pie, con lógica de superhéroe para la juventud y de mensaje unificador para la tropa que ahora duda se su capacidad física. Aprovechará el nuevo contexto donde aparece "más humano" para recuperar algunos puntos en la imagen positiva que acaba de perder después del embate contra Fibertel y Papel Prensa. Se controlará las primeras semanas como lo hizo después de la operación de carótida en febrero de este año. Y, si esta última angioplastia le sirve de alerta, o si de veras pretende conservar el poder hasta el final, deberá cuidarse un poco más de lo que lo hace ahora. ¿Cómo? Esa es una pregunta que todavía no tiene respuesta.

    La primera vez que tuvo que afrontar una circunstancia parecida fue en 1996, cuando gobernaba Santa Cruz. Por esos días, le comunicaron oficialmente que padecía de colon irritable y, tras cartón, lo operaron de hemorroides. Hasta ese momento, el fumaba Jockey Club, tomaba whisky nacional Criadores, comía cualquier cosa y solía ir al casino, donde casi siempre le jugaba al 29. Después de ese episodio se asustó tanto que cambió todos sus hábitos por otros más sanos que todavía hoy mantiene. Jamás toma café negro y siempre con leche. Su plato de cabecera es pollo hervido o al horno con arroz blanco. Ya no fuma y reemplazó el casino por la cinta donde camina y corre muy despacio. Aquel susto tenía justificación: su padre murió de cáncer de colon a los 64 años. Y la operación se precipitó después de una situación estresante: había discutido muy fuerte con el vicegobernador Eduardo Arnold porque no quería contratar a militantes de su agrupación política. Un dato inquietante: salió desde el quirófano a la residencia del gobernador, sin el permiso de su médico personal. Se descompensó y recién entonces se fue a descansar ante el estupor de su esposa, que ni siquiera sabía que lo habían terminado de operar de hemorroides.

    Kirchner para ratoFoto: 

    Lo de abril de 2004 fue más grave, pero siguió la misma lógica. Tomó un analgésico y antiinflamatorio sin consultar a su médico para aplacar el dolor de un tratamiento de conducto. Voló desde Río Gallegos a Calafate, a pesar que el pobre Luis Buonomo le recomendó que no lo hiciera. Por la noche empezó a vomitar y defecar sangre hasta que lo tuvieron que internar de urgencia en el hospital Formenti. El diagnóstico: gastroduodenitis erosiva aguda con hemorragia. Estuvo mal de verdad. Su familia temió por su vida. Le tuvieron que transfundir el equivalente a la mitad de sus glóbulos rojos. Días antes había soportado la primera amenaza política que había tenido desde su asunción como presidente: la multitudinaria marcha convocada por el falso ingeniero Juan Carlos Blumberg en memoria de su hijo Axel secuestrado y asesinado.

    En febrero de 2010 la pericia de varios médicos permitió que le detectaran a tiempo algo que podría haber terminado en un accidente cerebrovascular. Cuando viajaron desde la Clínica Privada de Olivos hasta el sanatorio Arcos la Presidenta, muy consternada, le hizo prometer que, en el futuro, dejaría de hacer algunas cosas que pusieran en riesgo su vida.

    El hecho político que lo había afectado horas antes lo involucraba en lo personal. Se trataba de la acusación de haber usado información privilegiada para comprar dos millones de dólares y adquirir acciones de la empresa que es propietaria del hotel Alto Calafate.

    Después de la operación de carótida, Kirchner redujo su agenda, la duración de sus discursos y bajó la intensidad de su voz, como le había pedido su médico. Los encuestadores sostienen que fue durante esos días cuando el Presidente del Unasur empezó a bajar su imagen negativa y subir la positiva. Se lo percibía más tranquilo y más "cercano". Pero después de un tiempo volvió a ser el de siempre. Un típico exponente de lo que se denominan personalidades del tipo A: obsesivos, exitosos, hiperquinéticos y competitivos. Gente que vive cada problema como si fuera el último y el más importante de su vida. Individuos que si no tienen enemigos, se los inventan, porque la dinámica de la confrontación les hace subir la adrenalina más que ningún otro ejercicio.

    Quedará para otra ocasión determinar si Kirchner padecería, además, el síndrome de Hubris, una denominada enfermedad de quienes ejercen el poder de manera intensa y durante un período prolongado de tiempo. Los líderes que la tienen suelen tomar decisiones que para la mayoría son consideradas irracionales.

    Lo que también parece evidente es que el ex presidente no podría, ni sabría vivir de otra forma. ¿Podrá comprender de verdad que para mantener el poder es imprescindible modificar algunas de sus conductas más arraigadas?

    Ojalá que esa señal de alerta le sirva para recuperar el equilibrio de su salud. Y también el equilibrio político.

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1304708

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    Joaquín Morales Solá |
    La situación

    Comienza a dibujarse la finitud kirchnerista

    Joaquín Morales Solá
    LA NACION

    Lunes 13 de setiembre de 2010 | Publicado en edición impresa 
     

    El enredo de las arterias fue un instante impertinente, un rayo inoportuno. Si la imagen es parte de la realidad, como lo es, lo único que le faltaba a Kirchner era el aspecto de un hombre frágil. Ya era antes un político débil. El peronismo nunca compró nada tan precario como promesa de poder, justo, además, cuando los más influyentes caudillos bonaerenses comenzaban a tomar distancia de él. Algunos lo hacían frontalmente, como el grupo de ocho intendentes peronistas que se separó de Kirchner en los últimos días y se mostró en un escenario y una foto, mientras otros deslizaban su desafecto entre murmullos y reproches.

    Un poco más cansado que de costumbre, muy flaco, con signos inexplicables de cierto envejecimiento. Así lo entrevieron en los últimos tiempos interlocutores esporádicos, que no están con él cotidianamente. Una mueca, el silencio o un gesto delatan también ahora a Kirchner como un político que asume la finitud de su carrera. La asume a medias, en verdad, porque fue, en meses recientes, un político desconocido e indescifrable. Kirchner nunca fue un político clásico, pero nunca antes mostró tanta fascinación por saltar hacia el vacío. Su viejo método de jugar al todo o nada parecía que se había trasmutado en un duelo a matar o morir.

    ¿Qué le pasaba en su alma o en su cuerpo para meterse en batallas perdidas de antemano o para levantar, en arrolladores ataques de ira, a más enemigos de los que ya tiene? ¿Qué podría explicar que haya convertido a un siempre predecible Daniel Scioli en un probable adversario resentido? ¿Para qué? Las explicaciones sobre sus enojos con el gobernador bonaerense porque no lo acompañó en los ataques a Papel Prensa, a Fibertel o a Clarín no dicen nada. Si fuera así, Kirchner podría haber estallado antes contra el gobernador o podría haberle hecho su recriminación a Scioli en la intimidad. Prefirió, en cambio, dar el paso que Scioli no quiso dar nunca: el que marcará una lejanía entre ellos, que le conviene mucho más al gobernador que al ex presidente.

    La finitud del kirchnerismo comienza a dibujarse en el mapeo electoral. La Capital es un partido que se juega entre otros. Santa Fe se la disputan el antikirchnerista Carlos Reutemann o una alianza de radicales y socialistas. En Córdoba, Kirchner tanteó, con suerte al principio, al ex gobernador José Manuel de la Sota. De la Sota quiere volver a ser gobernador y su último mensaje fue tajante: "No puedo hablar bien de Kirchner en Córdoba si quiero ganar una elección". De la Sota está lejos todavía de ganar una elección, pero lo dejó a Kirchner sin el derecho a una ilusión. Buenos Aires se le desgaja. La adhesión de los intendentes a Scioli parece más un pretexto que otra cosa. Ya se estaban yendo antes del kirchnerismo.

    Kirchner aceptaba ese destino entre confusos mutismos, pero en el acto saltaba con la predisposición de un alucinado dispuesto a torcer el destino. Su salud no estaba bien. Siempre lo acompañó cierta debilidad de su cuerpo enorme. Rebelde por razones que la psicología podría explicar mejor que la política, nunca permitió que el protocolo lo cuidara ni que los médicos lo curaran. Tomaba café cortado con una gota de leche y dosis frecuentes de cafiaspirina, después de haber padecido una peligrosa hemorragia gástrica.

    Cumplir el rito

    Cumplía con el rito de correr en una cinta, pero lo hacía mientras se enojaba con los ministros, a los que maltrataba a los gritos por teléfono, agitado. Aporreaba una pelota mientras jugaba al fútbol, pero paraba el partido para dar una orden o recibir una información. La salud le puso ya varios límites a un hombre célebre por no respetar ningún límite que lo condicionara. En la noche ingrata del sábado, la inmanejable salud le advirtió que ella es más poderosa que él. ¿Acatará esta vez? ¿Se puede cambiar el talante y la impronta cuando ya se han cumplido los 60 años?

    Es cierto que el permanente estrés de los políticos, sobre todo de los que gobiernan, es una puerta abierta a los peligros del cuerpo. Pero Kirchner tiene una carga adicional de estrés. Durante su mandato y ahora está pendiente del precio del millón de BTU de gas que le paga la Argentina a Bolivia comparado con el de Brasil. Es capaz de confrontar el salario de los maestros de Jujuy con los de Chubut. Acostumbra a cambiarle al ministro Julio De Vido el trazado de rutas, el serpenteo de caminos o la instalación de puentes sobre río recónditos. ¿Quién gobierna cuando él o Cristina, más él que Cristina, no están o la salud les juega un mal trance?

    Kirchner también hace el recuento de diputados y de senadores con el arte de un baqueano legislativo que nunca fue. Tiene la precisa información de las debilidades humanas para coptar, promover cambios o, eventualmente, para comprar. Desayuna, almuerza y come inmerso en medio de una densa nube de noticias, seguidas de interminables inferencias.

    Hay encuestadores que hablan con Kirchner con sinceridad, aunque corren el riesgo de estrepitosos retos. Algunos amigos de Kirchner, pocos, suelen aconsejarle que no se pelee con los encuestadores ni con el secretario de Hacienda. Unos le dicen cuánta gente tiene y el otro le informa con cuánta plata cuenta. Kirchner no les hace caso.

    Sin embargo, esos encuestadores sinceros le contaron en los últimos tiempos que su situación de disfavor podría ser inmodificable. Se lo dijeron así o le llevaron números como para que él hiciera esa deducción. No importa la forma. Al mismo tiempo, comenzó la sublevación del conurbano bonaerense, explícita o soterrada. Tampoco importa cómo es. Lo que importa es que Kirchner venía olfateando el desamparo en un distrito, el de Buenos Aires, del que se hizo ciudadano y caudillo. Política débil, entonces. En ese instante inconveniente sucedió el tercer episodio grave, conocido al menos, en su físico frágil. Salud enfermiza, también. El peronismo siempre aspirará a destinos más luminosos de poder que los que presagian esos quebrantos políticos y corporales.

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1304205

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    Carlos Pagni
    El análisis

    Se trata a sí mismo como a los demás

    Carlos Pagni
    LA NACION

    Lunes 13 de setiembre de 2010 | Publicado en edición impresa 
    Se trata a sí mismo  como a los demás

    El ministro De Vido deja la clínica tras visitar a Kirchner. Foto LA NACION   /   Emiliano Lasalvia

    La escena pública entró, desde anteanoche, en un proceso incierto de reconfiguración. Hasta ese momento, su organización era esquemática, en dos campos divididos a favor o en contra de un líder fuerte, que convocaba a diario a batallas enardecidas. De repente la biología introdujo una duda en ese orden. Desde un quirófano, la sociedad fue avisada de que ese jefe temible, el "león feroz" que aparecía en los sondeos cualitativos de opinión, era, en realidad, un cuerpo enfermo, un hombre débil. En un instante, el significado central del juego perdió su consistencia y comenzaron a multiplicarse las incógnitas. Nadie sabe, en el Gobierno o fuera de él, si aquel espacio bipolar adquirirá otro diseño a partir de este acontecimiento. Nadie sabe cómo será la política si se atenúa el factor Kirchner.

    Hasta el nuevo percance cardíaco, la opinión pública estaba entretenida con el problema de cómo Kirchner trata a los demás. A daniel Scioli, a la prensa, a su esposa, a la oposición, a las empresas. A partir de ahora, hay una cuestión más determinante: cómo se trata a sí mismo.

    El diagnóstico de la segunda obstrucción arterial que llevó al ex presidente a una intervención se fue agravando en la madrugada de ayer. Primero se pensó en un infarto corriente; sin embargo, algunas fuentes del entorno presidencial dejaron trascender que los médicos podrían haber detectado una afección en el haz de His, que es el centro que transmite los impulsos nerviosos de las aurículas a los ventrículos. De confirmarse esta novedad, tal vez el tiempo aconsejaría la colocación de un marcapasos. La proximidad de este episodio con el del verano hizo pensar a algunos cardiólogos en un deterioro delicado del sistema arterial. Se supone que, hace siete meses, las arterias que esta vez se obturaron fueron revisadas y no presentaban síntomas preocupantes.

    La fragilidad física de Kirchner se agrega a una colección de dificultades objetivas que ya era muy extensa. Para restablecerse deberá modificar sus rutinas, guardar estricto reposo, consumir medicación, bajar de peso. Tendrá que encarar la tarea que evitó en febrero: reinventarse. Hacer consigo mismo lo que tantas veces le pidieron que hiciera con su gobierno. ¿Podrá? La respuesta a este interrogante encierra varias claves del futuro.

    Oscar Parrilli intentó trivializar, en la puerta del sanatorio, lo que estaba ocurriendo adentro hablando de Las Leonas o de Racing. Esa estrategia se modificó ayer, con la suspensión de las visitas y las declaraciones.

    A pesar de esos esfuerzos por sacar el problema de la TV, el kirchnerismo deberá replantearse los términos de la transición hacia el próximo relevo presidencial. Un percance que sería grave en cualquier caso es más inquietante para un esquema de poder que concentra decisiones y tensiones en una sola voluntad, en un solo cuerpo.

    La recaída

    Para los profesionales, la recaída del ex presidente se debe al deterioro general de sus arterias, pero también a los desarreglos que cometió después de la operación de carótida. No había pasado una semana de aquella intervención y ya estaba recibiendo a funcionarios, trenzándose en discusiones con dirigentes políticos, participando como orador en actos públicos. Veinte días más tarde, los fotógrafos lo registraron en Montevideo, al rayo del sol, cubriéndose con una mano la cicatriz del cuello, durante la interminable ceremonia de asunción de José Mujica. Quienes describen a Kirchner como alguien cruel y despiadado deberán admitir ahora que él es una víctima más, sino la principal, de sus malos tratos.

    Para una lectura superficial, lo que ocurrió anteanoche fue una irrupción ciega de la naturaleza en el curso de la historia. Pero, si se observa bien, el infarto de Kirchner no es tan accidental. Es uno de esos episodios en los que la biología es, al mismo tiempo, política. En su libro de memorias, Henry Kissinger observa que "los historiadores rara vez hacen justicia al estrés psicológico que aqueja a los estadistas. Lo único que tienen disponible son los documentos, pero ningún documento puede revelar el impacto acumulado de los accidentes, los intangibles, los miedos y las vacilaciones". Después agrega: "A veces estallan los nervios de las figuras públicas. Incapaces de aceptar los hechos, intentan forzar el paso y pierden el equilibrio". La enfermedad de Kirchner no está desconectada de su estilo de liderazgo. Es el rasgo más dramático, por lo inflexible, de un modo de ejercer el poder.

    En la intimidad de Olivos, las horas previas al infarto habían sido febriles. El viernes a la noche se realizó el asado semanal al que concurre el círculo más allegado al matrimonio. Esa noche Cristina Kirchner protagonizó una especie de catarsis. Se quejó de muchas contrariedades, lamentó que sus ministros -sobre todo Fernández y Randazzo- ventilaran sus controversias por los medios y amenazó, un poco exaltada, con realizar cambios en la administración. Kirchner la observaba apretando las mandíbulas. El aire se había puesto denso.

    Si se repasa la agenda de esta semana, se comprenderá el desasosiego de Kirchner y su esposa. Mañana vence la conciliación obligatoria en el conflicto de los camioneros con la empresa Siderar, del Grupo Techint, y los Moyano, Hugo y Pablo, prometen volver a bloquear la producción de acero, con la probable reacción en cadena de la industria automotriz y de electrodomésticos.

    En los tribunales preveían -al menos hasta ayer- que mañana la Corte Suprema podría rechazar el recurso del Gobierno para reclamar que se deje sin efecto la medida cautelar que protegió al Grupo Clarín de la cláusula de desmonopolización de la ley de servicios audiovisuales. Pasado mañana, además, los jueces elegirán a sus representantes en el Consejo de la Magistratura, y todo indica que se impondrá la lista de Ricardo Recondo, el presidente de la Asociación de Magistrados, un crítico severo de la política judicial del kirchnerismo. Es otro paso hacia el desenlace anunciado: en diciembre la Casa Rosada puede perder el control del Consejo.

    Estas dificultades y conflictos quedaron instalados, desde el jueves pasado, en el marco de la crisis que afecta al PJ bonaerense, la viga maestra del kirchnerismo. El entredicho de Kirchner con Daniel Scioli es la consecuencia de una amenaza que, para el Gobierno, es mucho más inquietante que la inseguridad: la posibilidad de que el año que viene una derrota lo desaloje del poder. Hasta los encuestadores oficialistas informan a sus clientes preferidos que Scioli tiene una intención de voto del 36%, diez puntos por encima que la de Kirchner. Esta es la razón por la cual el esposo de la Presidenta quedó envuelto en llamas con la versión de un encuentro entre el gobernador y Eduardo Duhalde.

    Es una intriga irrelevante. Lo decisivo es que se ha resquebrajado la base territorial sobre la que se asientan los Kirchner. El ex presidente no calculó que, a partir de la caída electoral del año pasado, una nueva humillación del gobernador podía desnudar la sorda rebelión que se gestaba entre los caudillejos del conurbano. Son ellos, no Scioli, el verdadero problema. Son ellos, antes que Scioli, los que se pusieron en fuga. Los motivos son evidentes: en el año 2005 Kirchner les impuso a su esposa; en 2007, a Scioli; después, a los piqueteros; ahora, a Hugo Moyano. Eran agresiones tolerables cuando el verdugo los llevaba a la victoria. Pero ahora la mortificación llega después de la derrota y, acaso, conduce a la derrota.

    Es posible que no hiciera falta un infarto para que un sector crucial del peronismo girara la cabeza hacia otro candidato para el año 2011. Pero desde que Kirchner ingresó en Los Arcos todo el PJ especula con ese movimiento. La figura de Scioli se resignificó. Y habrá que ver cómo procesa Carlos Reutemann los hechos de anteanoche. ¿Cómo funcionará la oposición si la medicina obliga a Kirchner a desistir de su candidatura?

    Hay quienes prefieren ver lo sucedido como una intervención del azar en la política. Sin embargo, para muchos protagonistas de esta trama, la enfermedad vino a cubrir la crisis oficial con una excusa elegante, capaz de disimular el abandono y la traición. En otras palabras: no se puede descartar que la biología no haya irrumpido para modificar el curso de la historia, sino sólo para precipitar lo que ya estaba escrito.

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1304138

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