Archivo de la categoría: Norberto Galasso

Sarlo vs Galasso

Victoriosa autoinvención

Por Beatriz Sarlo
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1417324-victoriosa-autoinvencion

Cuando la Presidenta salió de su casa de Río Gallegos, un grupo de vecinos quiso sacarse fotos con ella. La rodearon, la abrazaron y la despidieron con el grito de “Fuerza, Cristina”. La misma expansión en la escuela donde fue a votar y también frente al aeropuerto. El entusiasmo es comprensible, pero el aliento es innecesario. Nadie más fuerte que la Presidenta en este día.

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Carta abierta de Norberto Galasso a Fito Páez

Estimado Fito: Comprendo tu reacción, tu bronca, tu explosión en caliente, propia de un artista. Pero así como la comprendo no la comparto. No me da ese asco ese 47 por ciento de votos macristas. Me da pena.

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Homenaje Nestor Kirchner a 6 meses de entrar en el corazon del pueblo argentino


Galasso Vs Altamira

Carta de Galasso a Altamira

¿A dónde vas, Jorge Altamira?

Nunca nos hemos tratado, pero nos conocemos y tenemos un punto teórico común: es necesario crear la sociedad solidaria, igualitaria, donde brote y se consolide el Hombre Nuevo. Eso creo yo y ahí pongo mis modestos esfuerzos: en la liberación nacional y social de una América Latina unida. Vos decís que también luchás por ese objetivo. Entonces, me creo con el derecho a preguntarte: ¿Adónde vas, Altamira? ¿Adónde? ¿A qué conduce tu política?.

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El amor y la política – Norberto Galasso

http://www.diarioregistrado.com/nota-45896-El-amor-y-la-politica.html

En la historia de nuestro pueblo latinoamericano, se reiteran los casos de importantes figuras políticas unidas por una fuerte relación sentimental y al mismo tiempo, por un mismo ideal de redención social o nacional.

Pero, como la Historia no sólo la escriben los que ganan sino especialmente “los hombres que ganan” y no las mujeres, resulta que muchas admirables luchadores han quedado en el olvido o son apenas reconocidas sin otorgársele la debida importancia.

Una de estas mujeres fue Manuela Sáenz, quien luchó junto a Simón Bolívar. Como se sabe, Bolívar fue traicionado por su vicepresidente, Francisco de Paula Santander -indignidad que suele ocurrir en nuestra América Morena- y precisamente a Santander se lo acusó por el golpe comando del 25 de septiembre de 1828 en el cual intentaron asesinar a Bolívar, ocasión en la cual Manuela impidió el crimen, enfrentando a los conjurados y dando así tiempo a la fuga del Libertador.

Manuela salvó así a su hombre y al mismo tiempo a su líder político, a quien acompañó en una lucha que le había valido, años atrás, una condecoración del General San Martín.
Otro caso semejante es el de Elisa Lynch, en la cual encontró su gran compañera el mariscal Francisco Solano López, en su trágica epopeya de la Triple Alianza.

Aunque escocesa de nacimiento, Elisa unió su destino al de la Patria Grande Latinoamericana martirizada por aquel infame genocidio y cuando quince años después de la tragedia -luego de sufrir toda clase de humillaciones por parte de las damas aristocráticas- arribó al puerto de Buenos Aires, la abucheó un grupo de mitristas hasta que le abrió paso a bastonazos el poeta Carlos Guido Spano para rescatarla y protegerla.
En estas historias se puede ir más lejos, como cuando las guerrillas altoperuanas impidieron una y otra vez el avance de las fuerzas realistas. Allí combatió también una pareja, consolidando su amor en la lucha por la libertad: Juana Azurduy y Manuel Ascencio Padilla.

Una y otra vez enfrentaron a la reacción, pero en 1816, en la acción de Villar, Padilla fue muerto y degollado, siendo clavada su cabeza en lo alto de una pica en el pueblo de la Laguna. La Juana no pudo soportar semejante ignominia y tiempo después, al frente de sus amazonas, ocupó la Laguna y recuperó la cabeza de su esposo. Luego, acompañó la lucha de las guerrillas de Güemes en el Norte, ya con el título de Teniente Coronel que le otorgó el General Belgrano.

También se puede ir más cerca y recordar la entrega total de Evita junto a Juan Domingo Perón, donde la pasión por el compañero de lucha, se consolidaba en el común proyecto político de emancipación social.
Y por supuesto, se reitera en el matrimonio Kirchner, en estos días: más allá de la maledicencia de los diversos opositores, algunos para quienes no gobernaba él entre 2003 y 2007 sino que era ella la que dirigía; otros, para los cuales no era ella la verdadera presidenta entre 2007 y 2010 sino él quien gobernaba desde las sombras, míseras chicanas de quienes personificaban en el matrimonio su rechazo al avance popular, cuando resultaba evidente la complementariedad de ambos en la acción política.

También en este caso, las circunstancias produjeron la muerte de uno de ellos y la soledad del otro, soledad que sólo puede superarse con la presencia popular en las calles.
Néstor, a pesar del alerta de los médicos, no puso límite alguno a su militancia llevado hacia la muerte por su consecuencia porque, como él decía, no había llegado a la presidencia para abandonar sus convicciones sino para empujar en el camino de los cambios necesarios.

Esta vez no fue, como en el 52, que el hombre quedó solo prosiguiendo la lucha sino que, en cambio, Cristina vive su lucha por superar su dolor mientras redobla esfuerzos para continuar el camino que había comenzado con Néstor en las luchas estudiantiles del pasado.

En sus palabras de estos días, Cristina ratificó la clave de esa identidad en la lucha: “El nos diría seguramente: seguir adelante, para eso vinimos, a cambiar la Argentina”.

En todos estos casos, se ensamblan los afectos personales profundos con la identidad en el proyecto político de liberación.
Quizás todavía haya muchos que no lo entiendan porque se lo impide su cerrado sentido de clase que abomina de todo progreso popular y de los líderes que lo representan, y que, además, en su formación enciclopedista, conocen seguramente los entretelones de alcoba de las corruptas dinastías europeas, pero no comprenden estas historias de la propia patria, donde el amor no se expresa en predominio alguno entre dos seres que se complementan en la lucha política, sino que se sublima en una sola palabra: Compañeros.


Lo que empezó a quebrarse en 2001,

Lo que empezó a quebrarse en 2001
por Norberto Galasso*

Allá por los años sesenta, mi generación aprendió que si en los países coloniales la opresión se ejerce a través de la fuerza bélica, en cambio, en los países semicoloniales – cuya independencia es sólo formal- las ideas ocupan el lugar de los fusiles.

Así resulta que mientras, en los primeros, la mera presencia de un ejército de ocupación provoca el surgimiento de rebeldías nacionales, en los segundos, a través de los distintos mecanismos de difusión de la cultura, el orden dependiente queda enmascarado, de modo tal que resulta difícil desarrollar una conciencia nacional, de contenido antiimperialista.

Ello permite que el sistema se sobreviva no obstante que la mayoría de la sociedad resulta víctima de la explotación, y podría liberarse , ya fuese a través de las urnas o de la insurrección.

Por supuesto, ello sería posible si tuviese la convicción de que se halla sometida a un poder imperial, con él cual ha pactado la minoría oligárquica nativa.

Y además, por supuesto, que esa subordinación anula sus posibilidades de vida y desarrollo, es decir, si el vasallaje resultase tan a la vista como en aquellos países coloniales con presencia de ejércitos extranjeros de ocupación.

En los países semicoloniales, esa opresión externa es desconocida por amplios sectores de la sociedad, aún cuando son víctimas de la misma.

La dominación cultural les hace suponer que el orden instaurado – en lo político, económico, cultural, etc.- no obedece a una imposición sino que resulta solamente de las costumbres, idiosincracia, caracteres raciales y religiosos, influencias inmigratorias, etc. provenientes de la peculiar historia vivida.

Se trataría , desde esa mirada ingenua, de un orden natural – “tenemos los gobiernos que nos merecemos” – que ha sido dado de esa manera por propia responsabilidad del pueblo, ya sea a consecuencia de su abulia, su irresponsabilidad, su despilfarro, etc.

De tal manera, el orden semicolonial se legítima cotidianamente a través de las ideas que circulan en los periódicos, los libros, la televisión, la enseñanza en sus distintos niveles, el discurso de los políticos y los grandes intelectuales ,etc., convertidos en voceros del pensamiento de la clase dominante, capataza del Imperio.

Quizás resulte interesante hacer un recorrido por diversas áreas de esa superestructura cultural legitimadora de la dependencia, ésa a través de la cual se concreta, según Scalabrini Ortiz, “una sabia organización de la ignorancia acerca de la verdadera realidad nacional”.

En el orden filosófico, por ejemplo, se ha asistido en los últimos años a una preponderante influencia de ideas dirigidas a inculcar la resignación, el escepticismo, la impotencia. El posmodernismo educó en el sentido de que habían concluido las utopías, que las grandes gestas eran episodios de un pasado irrecuperable, que “la Historia”, en fin, había llegado a su término.

El mundo bipolar había desaparecido al desmoronarse la URSS y por tanto, también el Tercer Mundo había sido enviado al estercolero de la historia.

Sólo quedaba aplaudir al arrogante capitalismo en su etapa globalizadora y olvidarse de revoluciones, de antiimperialismos absurdos, de heroísmos y militancias trasnochadas.

A la mísera realidad sólo le cabía la respuesta ofrecida por editoriales que abrumaban las vidrieras de las librerías con material esotérico, por sectas religiosas capaces de exorcizar al diablo cuando en América Latina el único demonio es el imperialismo, por periodistas especializados en “experiencias celestes” y literatos peleados con la realidad, sólo capaces de navegar por recónditas honduras psicológicas. En definitiva, bajo distintas formas, resignarse a la esclavitud.

Este tipo de antídoto contra toda clase de rebeldías se acompañaba con un pesado velo sobre la realidad, ocultándola, a veces, o deformándola, en otros casos. Los efectos desgraciados de la dependencia no podían ocultarse, pero las causas quedaban sabiamente escondidas.

Esta dominación cultural opera, asimismo, en el campo de la Historia. Si enseñamos- en los colegios, en “los medios”, en los letreros de las calles y plazas, etc.- una historia donde los héroes son los amigos y socios del capital extranjero, gracias a cuya ayuda se han producido las épocas de esplendor y progreso, mientras que los gobiernos de los movimientos populares sólo han provocado catástrofes y decadencia, le estamos dando al opresor la mejor herramienta para que continúe esquilmándonos.

Jauretche enseñaba a este respecto que si lo autóctono es “barbarie y atraso”, y lo extranjero es “civilización y progreso”, “civilizar” se convierte en sinónimo de “extranjerizar”, de “desnacionalizar”, de borrar todo lo nuestro –costumbres, paisajes, músicas, y hasta personas- lo cual significa que para progresar debemos dejar de ser.

Del mismo modo, si los movimientos populares se caracterizan por la violencia mientras los gobiernos de las minorías son “democráticos”- para lo cual hay que esconder todos sus fusilamientos y degüellos – creamos las condiciones para que una buena parte del electorado no sólo crea en las bondades del libertinaje económico sino que vote a las “elites” inteligentes que son las custodias del orden conservador, y abomine de las experiencias populares.

Este “colonialismo mental” se reitera en las restantes áreas del conocimiento. En América Latina, por ejemplo, los ciudadanos cultos de las grandes ciudades son antirracistas y condenan –lo cual está bien- el antisemitismo y otras bárbaras discriminaciones-. Pero son estos mismos sectores sociales los que habitualmente manifiestan racismo contra sus compatriotas mestizos –bajo el calificativo despectivo de “negros”- considerándolos vagos, corruptos, ladinos, etc.

Si nuestros cuentos, poemas, leyendas, etc. – entrando al campo de la literatura- son de “segunda categoría” porque sus personajes, así como los autores, son también “de segunda”, es decir, si renegamos de nuestro propio canto y de nuestra propia fantasía, el escenario se cubre de letreros en idioma extranjero- como en nuestros cines y comercios céntricos- o en remeras con nombres exóticos que quien las usa no es capaz de traducir.

Es decir, en aquello que Manuel Ugarte denominaba – allá por 1927- , “el imperio del idioma invasor” (Es el mundo de los “delivery” y los “sale” imperando en las vidrieras actualmente).

Convertido -este escenario impuesto desde el exterior – en un paisaje natural y propio para los nativos, el capital imperialista puede llevarse la riqueza pues ya se ha llevado previamente el alma del país.

Otra vieja enseñanza (conferencia de Jauretche, 1937, teatro Politeama) explica que el planisferio que usamos, al tener óptica inglesa (Greenwich, meridiano cero, en Londres ) otorga a la Argentina un lugar abajo y a un costado, desde donde no se pueden trazar rutas de comunicación. Hoy Japón y Estados Unidos tienen planisferio propio, donde ellos se colocan en el centro del mundo.

No se trata de xenofobia ni nacionalismo delirante: simplemente son países soberanos, no sometidos a la vieja preponderancia inglesa. Quienes aún mantenemos el viejo planisferio – y nos “caemos” del mundo cuando queremos trazar rutas hacia el oeste y el sur – podemos cantar la canción a la bandera, pero seguimos siendo colonos mentalmente.

Carece de sentido abundar en aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana: “es un gentleman”, “practica la puntualidad británica”, “hay que teñirse y si es posible, ponerse ojos celestes, porque así es la gente de primera”. Hace ya muchos años, un patriota revolucionario – John William Cook- acostumbraba a señalar que “el diccionario lo escribió la clase dominante”. Por eso, “la derecha” es diestra y en cambio, “la izquierda” es siniestra.” Pero no se puede terminar esta nota sin señalar que ese mundo ideológico se encuentra en pleno proceso de desmoronamiento. “Se ladeaba…se ladeaba…ya muy cerca del fangal…” como decía Discépolo. Y se muere irremisiblemente.

Las movilizaciones populares del 19 y 20 de diciembre del 2001 pusieron al desnudo que son muchos los argentinos que están de vuelta de estas fábulas.

Hay un mundo de ideas falsas, de instituciones mentirosas, de retóricas tramposas, de mitos y “zonceras” que forman parte de un pasado que está quedando definitivamente atrás.

Tengamos la certeza de que en los próximos años, los viejos mitos ya no existirán y el pueblo argentino podrá transitar victoriosamente su camino hacia una sociedad igualitaria, insertada en una América Latina unida y libre.

* Historiador.

Publicado en http://www.telam.com.ar


La Patria Grande – Norberto Galasso

Fuente: http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&dis=1&sec=1&idPub=204720&id=388587&idnota=388587

La reconstrucción de la Patria Grande Latinoamericana, aquella que postularon San Martín y Bolívar, Martí y Ugarte, entre otros, continúa avanzando.

En Georgetown, capital de la antigua Guyana Británica, hoy convertida en la República cooperativa de Guyana, se realiza la IV cumbre de la UNASUR, ratificando así el camino hacia la reunificación de nuestros países, surgidos de la balcanización impuesta por los imperialismos inglés y norteamericano.

Resulta oportuno recordar el disímil proceso ocurrido en las dos Américas. El norte creció hacia adentro, ampliando su desarrollo capitalista, con expansión hacia el Far West hasta convertirse en los Estados Unidos y tornarse imperialista.

Este proceso que va desde el triunfo de la burguesía industrial del norte sobre los latifundistas explotadores de esclavos sobre el golfo de México, culminó en su condición de Gendarme del Mundo que se adjudica derechos de establecer bases militares o imponer su dominación sobre Afganistán o Irak, aunque últimamente su economía -basada en la emisión de dólares sin respaldo- ha empezado a crujir peligrosamente.

De México al sur, el resto de América se disgregó y devino en los estados desunidos de América Latina y el Caribe. Desmembrados por la presión imperial ejercida en complicidad con las oligarquías y burguesías portuarias, se convirtió en “veinte hermanos que viven de espaldas”, como señaló el ensayista oriental Alberto Methol Ferré.

Aquí, el mercado externo prevaleció sobre el mercado interno, las costas sobre el interior, la dependencia sobre la soberanía, el saqueo sobre el desarrollo, las sardinas -como dijo el presidente guatemalteco Juan José Arévalo- apresadas por el tiburón. En 1826, Bolívar intentó la gran Confederación, pero no pudo lograrla: faltaba la fuerza social capaz de lograr la unificación.

Así se fueron segregando los pequeños países dependientes: en 1825 nace Bolivia, en 1828: Uruguay, en 1830: Ecuador, se rompe la Gran Colombia, en 1865 es arrasado el Paraguay con su modelo de economía autocentradada, en 1902 queda sometido Puerto Rico y se impone la enmienda Platt a Cuba, en 1903 desgajan Panamá de Colombia, para construir el canal, ya la Federación Centroamericana liderada por Morazán ha caído décadas atrás disgregada en varios países, ya a fines de siglo ha nacido la OEA, `verdadero ministerio de colonias`, según la calificó Manuel Ugarte.

Pero hoy este proceso de disgregación se revierte aceleradamente y hoy la OEA ya no ocupa rol importante, ante la consolidación de la UNASUR.

Los procesos de liberación nacional desarrolladas en varios países latinoamericanos desde 1998 llevaron a la convicción de que es preciso coordinar esfuerzos volviendo a las raíces de las viejas luchas: ALBA, MERCOSUR, Banco del SUR, UNASUR son palabras que aparecen habitualmente en los cables periodísticos.

Los nuevos proyectos van siendo reconocidos como necesarios en los diversos países: una moneda latinoamericana par a desligarse del dólar, un Banco del Sur para desentenderse del FMI, una empresa energética latinoamericana y hasta un comité de defensa común, proyectos que lleva inmediatamente al recuerdo de José Martí: `Unámonos, unámonos, para que el Gigante del Norte nos respete`.

Y el Gigante ha acusado el golpe por lo cual redobla su presión: coloca siete bases en Colombia, una nueva base en Paraguay, la IV flota navega amenazadoramente por el Atlántico y mueve asimismo sus diversos organismo para desestabilizar a los gobiernos populares latinoamericanos, a través de la CIA, la SIP, las ONG que esconden proyectos imperiales, los grandes diarios y las oligarquías traidoras. La lucha está empeñada y en los próximos años se acentuará seguramente.

Pero la Patria Grande no ceja en su intento y esta IV cumbre lleva el propósito de impedir el derrocamiento de los gobiernos populares: una de las propuestas centrales es que la UNASUR actúe inmediatamente ante cualquier intento de quebrar el orden en países donde gobiernan las mayorías populares, como lo ha hecho ya tanto en el caso de Honduras, Bolivia y Ecuador.

Pero ahora más orgánicamente aún, a través de medidas efectivas: se plantea el cierre de fronteras, la suspensión de tráfico aéreo, suspensión de la provisión de energías y de otros servicios, es decir, un conjunto de sanciones tomadas colectivamente contra cualquier movimiento usurpador de la voluntad popular.

La experiencia indica que hay que ir mucho más allá de lo que se procedió ante el caso de Honduras, es decir, no sólo el no reconocimiento, sino también los bloqueos que impongan un cerco a todo intento imperialistas desestabilizador.

En esta gesta liberadora y unificadora, Argentina ha jugado un rol importante desde el 2003. Y por ello no es casual que la IV reunión del Unasur se inicie con un homenaje a Néstor Kirchner, secretario general de esta organización en el momento de su muerte.

Frente a la prepotencia externa -que pretende descargar sus crisis sobre nuestros países- puede afirmarse con certeza que Bolívar y San Martín han salido de nuevo a galopar por las tierras de la Patria Grande, para convertir en realidad aquel proyecto frustrado en el siglo XIX.


Cuadernos para la Otra Historia – Norberto Galasso (para bajar en formato PDF)

Cuadernos para la Otra Historia, del gran historiador Norberto Galasso

Cuadernos para la Otra Historia: (click en el enlace para descargar en formato PDF)
Artigas y las Masas Populares en la Revolución

Braden o Perón – Junio 1943 a setiembre 1945

De Alfonsín a Menem y De La Rúa (1983-2001)

De la Historia Oficial al Revisionismo Histórico

El 17 de octubre de 1945

La Causa Radical contra el Régimen Conservador (1850-1928)

La corriente historiográfica socialista

La Década Infame

La Guerra de la Triple Infamia

La Historia Social

La Revolución de Mayo y Mariano Moreno

La Revolucion Libertadora

La traición de la burguesía industrial – De Frondizi a Guido

Peronismo y Liberación Nacional (1945-1955)

Sarmiento Civilizado o Bárbaro

Fuente: http://discepolo.org.ar


El día después de Kirchner: El pueblo en la Plaza – Norberto Galasso

http://tiempo.elargentino.com/notas/dia-despues-de-kirchner-pueblo-plaza

El día después de Kirchner: El pueblo en la Plaza

Publicado el 31 de Octubre de 2010

Por Norberto Galasso
Historiador
 

Una marea humana se volcó hacia Plaza de Mayo con motivo del fallecimiento de Néstor Kirchner. Las mayorías populares iban a despedirse de un presidente amigo en su muerte, de un compañero que en pocos años les había dado vida, de quien les había permitido salir del escepticismo político hacia la polémica ardorosa en busca de un futuro mejor, hacia la réplica y la contrarréplica alrededor de los conflictos que él –que no los había creado, como sostenía la oposición– los ponía sobre la mesa para resolverlos. Por eso no fue una procesión callada, respetuosa y sombría, sino un incesante desfile con gritos, con cánticos, con adhesiones coreadas, con entusiasmos fervorosos, con arengas delante del féretro. Era el afectuoso saludo militante a un líder militante que se iba. En el Salón de Los Patriotas Latinoamericanos, desde dos cuadros cercanos, Perón y el Che parecían acompañar esa explosión popular, no trajeada para un cumpleaños sino en camisa, desaliñada a veces, desbordada su emoción, de rostros desencajados, volcando afecto hacia el presidente muerto y hacia Cristina, para darle a ella el impulso suficiente con que seguir, para no menguar los ímpetus. Era el saludo militante a un matrimonio de militantes que habían osado enfrentar a los grandes poderes económicos y mediáticos, como también al Imperio, avanzando hacia la liberación y la unidad latinoamericana. Era el compromiso, golpeándose el pecho: no terminaba “el kirchnerismo” –expresión hoy del protagonismo popular– como predecían los augures de la desgracia argentina desde los grandes matutinos, sino que se ratificaba el rumbo con la única y posible garantía, el pueblo en la plaza, como fue siempre, desde el 25 de mayo y el 17 de octubre.
Era un pueblo con demasiados jóvenes –para el gusto de los detentadores del privilegio–, un pueblo con conciencia de sus derechos y con convicción latinoamericana, que no por casualidad encontraba, junto a Cristina, a los líderes actuales de la verdadera Patria Grande.
La presencia de ese pueblo profundamente dolido pero profundamente esperanzado aseguró también la ausencia de los impresentables, de los que se mueven en las sombras conspirando para atrasar el reloj de la Historia, de los que promueven la vuelta a un pasado de vergüenza y humillación, de miseria y de entrega, de subordinación semicolonial. “Brillaron por su ausencia”, como lo expresa el hombre común, tan gráficamente. E indefectiblemente permanecerán en ese camino hacia la soledad y la ausencia política, solos, sin pueblo, sin futuro, y el telón caerá sobre ellos, de una vez por todas. Una, vacacionando en Córdoba, otro inventando alguna nueva traición, otro preparando maniobras oscuras para desestabilizar. La turista había dicho: “No lo soportan más… El pueblo lo quiere matar”, pero, ¡qué chasco!: el pueblo lo quería revivir, no se resignaba a su desaparición, palabra que uso expresamente por el contenido que ha adquirido para la militancia.
También hubo algunas presencias molestas sobre las cuales cayó la lluvia de silbidos, porque tenemos memoria. No decimos esto para agravar los enfrentamientos: cada uno sabe en qué vereda se pone y estos no se equivocan, aunque pretendan ser “amables adversarios” dispuestos “al consenso.” (¿Qué tenía que hacer allí Estensoro y su cónclave?) Los oportunistas y los que cultivan la más desvergonzada hipocresía no nos interesan, porque estuvieron, están y estarán en otra cosa: que los bendigan Magnetto y Biolcati, lo que constituirá una verdadera maldición de la Patria.
Pero una vez más hay que llamar la atención a aquellos que por sectarismo, por incomprensión, por estrechez de miras o por desmedida ambición no participaron en estas jornadas de dolor que vivió profundamente un amplísimo sector de la sociedad argentina, aquellos que han errado el rumbo y lo siguen errando. Decir por ejemplo, “Kirchner tuvo aciertos”, “nosotros lo hemos acompañado a Kirchner en todo lo bueno y hemos criticado todo lo malo”, declaraciones que no caben en dirigentes políticos que aspiran a representar al pueblo. Esa opinión la dejo para mi tía Rosita. Un partido o un dirigente debe saber que frente a un gobierno atacado por el establishment tiene que asumir una clara posición política.
Furiosamente atacado, agraviado el matrimonio Kirchner por los más bajos mensajes de Facebook, acusado de las mayores desvergüenzas, no se puede opinar con liviandad: apoyo lo bueno, critico lo malo. Es preciso hacer un análisis profundo, un balance de la política general que desarrolla y ponerse junto a él, con toda la independencia política, ideológica y organizativa que exigen los textos revolucionarios clásicos o, de otro modo, admitir que se está objetivamente en contra, junto a los enemigos de siempre y que por esa razón no se asiste a la plaza junto con el Pueblo. No valen, en este caso, las buenas intenciones, ni los idealismos abstractos, ni presentar como fundamentales aquellas asignaturas pendientes que aún no han sido resueltas, que deben ser evaluadas, por supuesto, pero en el marco de un progreso económico y social general que ha irritado a los poderosos de afuera y de adentro. Más allá de lo que falta realizar –cuando en el año 2003 faltaba todo– y a pesar de ello, y para darles solución –para llenar la parte del vaso que aún está vacía– una vez más, las mayorías populares han vuelto a la plaza, con banderas, con gritos, con esperanza. Y quienes no estuvieron allí deben reflexionar profundamente acerca de ese desencuentro. No estuvieron junto a los trabajadores y la clase media más popular justamente cuando ella salió, como pocas veces en nuestra Historia, como en sus grandes momentos, con pasión, con ganas, con los dedos de la mano en V augurando futuras victorias, con la mano sobre el corazón comprometiéndose a jugarse por una Argentina mejor. Y no estuvieron. No quiero hacer nombres, cada uno sabe su Historia. Habrán dado quizás alguna declaración de compromiso, hasta es posible que hayan mandado a alguno con bajo perfil para que no le recordasen que venía de la vereda de enfrente. Pero no estuvieron sintiendo profundamente, viviendo profundamente, en medio de los muchachas y muchachos que inundaron la plaza histórica.
Hemos criticado la flexibilización laboral en su momento y el empleo en negro, hemos condenado la tercerización y abogamos siempre por el pleno empleo, pues mientras subsista el sistema en que vivimos, los trabadores necesitan pleno empleo no sólo para tener ingresos y estabilidad familiar sino para tener fuerza para pelear por sus derechos, pero, ¿cómo explicar este suceso de Río Gallegos en que tercerizados con apoyo del PO van a reclamar justamente cuando se está velando a un ex presidente y los anónimos, los “nadie y sin nada” como decía Scalabrini, los laburantes van a la plaza y hay un inmenso dolor y curiosamente, al mismo tiempo, hay una gran esperanza de seguir avanzando? Cualquier político o gremialista principiante comprende que había que esperar hasta al lunes, salvo que se delire con aquello de que “cuanto peor, mejor” que causó tantas muertes. Estos tampoco estuvieron, ni siquiera en el mínimo respeto a la muerte y al pueblo en su conjunto.
Este desencuentro ha sido fatal en nuestra historia, pero se repite sistemáticamente, ahora agravado porque también alcanza a sectores que tienen tradición nacional y popular. A veces se explica porque los dirigentes provienen de sectores medios y entonces pretenden hablar en nombre de los trabajadores cuando viven de manera bien distinta, lejanos del rumor de las fábricas, ajenos a los barrios fangosos. Y entonces no sirven los fuegos de artificio de la revolución “completa”, “pura”, “para mañana”. Porque cuando no se vive como se piensa, se concluye pensando como se vive. O también porque se alardea de izquierda dura o de centroizquierda progresista pero no se palpita al unísono con los de vincha y bombo que salieron estos días a copar el escenario político. Quizás porque, en el fondo se supone fueron a la plaza, como decía Sarmiento, porque son “la barbarie” ignorante o infradotados a quienes se los engaña siempre, como en octubre del ’45. Si así fuese, mejor sería que no hiciesen ni gremialismo ni política. Harían un enorme bien a todos si se fueran al cine todas las tardes o concurrieran a clases de violín o se dedicaran al ajedrez, que sería mejor forma de demostrar si tienen ingenio, en vez de hacer elucubraciones teóricas complejas para terminar –inevitablemente– pensando y sintiendo de manera distinta a aquellos a quienes dicen representar.
Hoy los hechos están a la vista. Una marea popular inundó las calles dando fuerzas a Cristina para proseguir las transformaciones iniciadas. Por ahí camina la Historia. Algunos militarán a dentro, otros galoparemos al costado –al ladito, diríamos porque creemos que servimos mejor así– pero no en la vereda de enfrente, ni en la concepción de la tía Rosita, sino metidos profundamente en el camino de la liberación nacional-latinoamericana para concretar los cambios más profundos e irreversibles.


“Eh, tú, muerte, ¡yo soy el último que habla! – Norberto Galasso

http://www.diarioregistrado.com/index.php?secc=nota&nid=44245

El 25 de mayo de 2003, al asumir la presidencia de la Nación, Néstor Kirchner apareció en el escenario político nacional como un “presidente inesperado” a quien tocaba presidir “una Argentina destruida” por sucesivas desgracias: genocidio, frustración, traición, entrega e ineptitud.

Venía de haber sido intendente de Río Gallegos y de nueve años como gobernador en la provincia de Santa Cruz. Pero venía, también, de una militancia juvenil enarbolando la bandera de un mundo mejor.

Muchos no reparamos -entonces- que ardía en él el fuego del compromiso, un espíritu de lucha indeclinable, la decisión de remontar las olas procelosas para llegar a puerto, importándole poco las formalidades de los exquisitos de las instituciones que le reclamaron, inmediatamente, no hacer reuniones de gabinete o andar por la Casa Rosada con el saco desabrochado, o juguetear con el bastón de mando en el momento mismo de asumir como presidente.

Ahora que ha muerto se hace luz para todos el altísimo grado de compromiso que marcaba su conducta, verdadero ejemplo ante tanto político acomodaticio que sólo aspira a los halagos del poder.

Néstor se la jugó olvidándose de él mismo. Se la jugó desde los tiempos en que confrontaba con Menem, y se la jugó desde que asumió el gobierno imponiendo el “castigo a los culpables” de la represión, no sólo con la anulación de la Obediencia Debida y el Punto final, sino bajando los cuadros de los dictadores, convirtiendo a la ESMA en Museo de la Memoria, depurando la Corte Suprema de Justicia, pagando la deuda al FMI para poner fin al monitoreo imperialista sobre nuestra economía y, también, participando con otros líderes latinoamericanos en el hundimiento del ALCA, en la reunión de Mar del Plata, en diciembre del 2005.

Además, repolitizó al país poniendo el conflicto en el centro de la polémica, actitud que muchos -desde su incapacidad para entender la historia- le criticaron por “crear el conflicto”, como si el conflicto no fuese insoslayable en una sociedad donde existen clases sociales con fuertes desigualdades.

También reconvirtió un sistema de valorización financiera por otro de acumulación productiva provocando una fuerte baja en la desocupación, en la pobreza y en la indigencia.

Asimismo, impulsó la consolidación de dos pilares fundamentales para el cambio y el progreso social: la intervención del Estado y el protagonismo de los trabajadores a través de la CGT.

Por esas causas peleó infatigablemente, como así también por la unidad latinoamericana, constituyéndose en secretario general de la UNASUR, una forma de devolver a los Grandes Capitanes al escenario de la Patria Grande para su liberación y unificación.

Por su lucha recibió críticas e injurias, maldiciones incluso, pero no cejó. Y su vocación por lo popular y por lo nacional fue reconocida por las mayorías de la Argentina, que si le habían otorgado sólo el 22% de los votos al Frente para la Victoria en 2003, llevaron ese apoyo al 45% en 2007, a través de la candidatura de Cristina.

Pero no siempre lo biológico personal acompaña a la fuerza espiritual que dinamiza la militancia. Su organismo le hizo saber varias veces -y los médicos fueron severos en la advertencia- que corría peligro.

Podía, entonces, haberse replegado en el sur, inclinarse al “consenso” que predicaba la oposición y que era, en buen romance, abandonar los cambios y paralizar la marcha iniciada en el 2003.

Rechazó ese camino, quiso ser genio y figura hasta la sepultura, confrontativo, militante, indetenible, siempre en la pelea, infatigable en la polémica con los conciliadores y traidores.

A pocas horas de una grave intervención, ya estaba en el Luna Park, en su puesto, como desafiando a la muerte, con aquella vieja imprecación del poeta León Felipe: “Eh, tú, Muerte, Yo soy el último que habla…” Y prosiguió las giras y los discursos, peleándole a la reacción, palmo a palmo, para abrir camino al 2011.

Murió, pues, en su ley y dejó un ejemplo de conducta.

Ahora, más allá de la congoja personal, debemos sacar fuerzas de flaqueza para preservar a Cristina de todas las presiones, de todos los arribistas, de todos los intereses de afuera y de adentro que pretenderán cruzarse en su camino.

Hay que movilizar todas las energías populares en el barrio, en las plazas, en las esquinas, construir todos juntos, por abajo, con ideas y con empuje, para darle un fuerte sustento, porque ella es la única, ahora, que garantiza la continuidad de este proceso de avance, de progreso social que estamos realizando, más allá de las dificultades y las asignaturas pendientes, enfrentando a los sectores reaccionarios de siempre, desde los grandes estancieros y los industriales trasnacionalizados, hasta el poder mediático y los intereses imperiales.

Esta militancia será el mejor homenaje a tantos compañeros caídos en la larga lucha de los argentinos, uno de los cuales quedará grabado con caracteres indelebles, con el cálido recuerdo de su nombre: Néstor.


…y llegaron para quedarse – Norbeto Galasso

http://tiempo.elargentino.com/notas/y-llegaron-para-quedarse 

Al mediodía, una marea humana inunda la Plaza de Mayo y los alrededores del Hospital Militar. ‘Era el subsuelo de la patria sublevada’, hay que recordar una vez más a Scalabrini Ortiz.
 

La Argentina agroexportadora, semicolonia del Imperio Británico, había alcanzado su límite de expansión en 1915. Fue luego desajustada su condición de “granja” proveedora de carne y cereales baratos con motivo de la crisis económica mundial de 1930 e intentó ser reacomodada, durante la Década Infame: tratado Roca-Runciman, Banco Central “mixto”, Coordinación de Transportes, y otros factores, pero ya era irremediablemente el pasado y el golpe del 4 de junio de 1943 bajó el telón sobre aquel modelo pastoril. 
Sin embargo, los nuevos actores sociales que pretendían ingresar a la escena no encontraban posibilidad de expresarse en los envejecidos y claudicantes partidos políticos: desde la derecha hasta la izquierda –según señaló un agudo ensayista– estos eran hijos dilectos del sistema agotado. ¿De qué modo serían representados esos hombres que viniendo del último atraso del interior provinciano se estaban convirtiendo en obreros en el Gran Buenos Aires, esos “oscuramente pigmentados” como diría finamente el conservador Reynaldo Pastor? ¿En quién o quiénes depositarían su confianza esos oficiales que ansiaban un Ejército no represor sino industrialista? ¿Y cuál sería el destino de esos empresarios nuevos, de capital nacional, que se distinguían ahora por el humo creciente de sus fábricas y que podrían quebrar, como en la primera posguerra, si no conseguían aranceles protectores y mercado interno en expansión? Allí residía la encrucijada argentina de principios de los ’40.
Como se sabe, la Historia –o, más bien, los pueblos– se las ingenian para encontrar la organización, el partido o el hombre capaz de interpretar y concretar aquello por lo cual clama la realidad social de una época.
Así, en medio del desconcierto, cuando el gran oligarca azucarero Robustiano Patrón Costas suponía que había llegado su hora presidencial, y cuando los viejos partidos sólo atinaban a echar las bases de una “unión democrática” capaz de cerrarle el paso a un supuesto nazismo sudamericano, un coronel se hizo cargo (el 27 de octubre de 1943) del Departamento Nacional del Trabajo, al cual convertirá, poco después, en Secretaría de Trabajo y  Previsión. Ese coronel Juan Domingo Perón venía influenciado por lecturas de las mejores obras del aprismo peruano y de los cuadernos de FORJA, así como por su convicción de que estaba llegando la hora de los pueblos. (“Si la Revolución Francesa terminó con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa termina con el gobierno de las burguesías. Empieza el gobierno delas masas populares”, dirá el 7 de agosto de 1945.)
Entre 1944 y 1945, la Secretaría de Trabajo intervino activamente en los conflictos laborales, concretando viejos reclamos de los trabajadores. Allí mismo el coronel gestó el trípode político, como árbitro de sus componentes: obreros de una industria nueva, militares nacionales e industrialistas, empresarios ávidos de un gran mercado interno. Allí mismo se dieron los primeros pasos hacia la construcción de un movimiento de Liberación Nacional capaz de quebrar la dominación inglesa e impedir, además, el remplazo de esta por el imperialismo yanqui, para lograr un crecimiento autónomo con justicia social.
Pero, el viejo régimen (“las fuerzas vivas, es decir, los vivos de las fuerzas”) los privilegiados de siempre –de izquierda a derecha, al igual que contra el democratismo yrigoyeniano en el ’30– confabularon sus huestes para impedir el cambio y encontraron, en el embajador norteamericano Spruile Braden, llegado al país en mayo de 1945, al gran aliado e inclusive conductor político –y también aportante financiero– para defender los valores vetustos y que todo siguiera como hasta entonces o, como diría luego el “progresista” almirante Rial: “una sociedad donde el hijo del barrendero sea barrendero”. 
Hoy sabemos, por los propios protagonistas, la dura lucha entablada entre mayo y octubre de 1945. Sabemos que el embajador inglés (Memorias de Sir David Kelly) pasaba datos y sugerencias a La Prensa y La Nación para sus editoriales contra Perón (¡oh, la tan mentada libertad de prensa!), que Braden vanamente intentó sobornar al coronel (“prefiero ser desconocido antes que ser famoso por haber sido un hijo de puta en mis país”), que la embajada financió a La Razón para evitar su quiebra, que los dirigentes opositores se arrodillaron ante Braden quien los “salvará del fascismo” y que intelectuales exquisitos pidieron la intervención de las “Naciones Unidas” para “impedir que el Nazismo, derrotado en Europa, renazca en América”. Sabemos también de la conspiración de la oligarquía: gran acto en el Luna Park (1 de septiembre del ’45), Marcha de la Constitución y la Libertad (19 de septiembre), intento de rebelión militar (20 de ese mes), exigencia del general Ávalos al presidente Farrell (9 de octubre) para que Perón renuncie a sus tres cargos: vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. De allí proviene la renuncia de Perón (10 de octubre) y su detención en Martín García (12 de octubre) y un cable revelador: “Al conocerse la noticia de la renuncia de Perón, suben las acciones de los ferrocarriles en la Bolsa de Londres. También suben en Nueva York otros valores colocados en la Argentina” (La Razón, 10 de octubre de 1945).
La sensibilidad de los inversores indicaba que la partida estaba ganada y volvían las cosas al orden del viejo país. El estanciero Santamarina conversaba con Victorio Codovilla y mientras Rodolfo Ghioldi, también del Partido Comunista, cambiaba ideas con el almirante Vernengo Lima, preocupados por dar una salida elegante a la crisis y asegurar el orden occidental y cristiano, libre de todo peligro demagógico y autoritario. Pero la detención de Perón provocó la declaración de paro general por parte de la FOTIA (trabajadores del azúcar), el 15 de octubre de 1945, y la protesta obrera obliga a la CGT a citar para el 16 al Comité Central Confederal. Este decidió un paro general para el 18 de octubre, al tiempo que algunos los gremialistas conversan con el presidente Farrell para asegurar que las conquistas logradas últimamente no serán anuladas.
En la madrugada del día 17, con el argumento del deterioro de su salud,  Perón consigue el traslado desde Martín García al Hospital Militar, en Buenos Aires, quebrando así su aislamiento, al tiempo que algunos dirigentes gremiales, con el apoyo del coronel Mercante, agitan en los barrios. Pero las manifestaciones brotan espontáneamente desde el suburbio industrial, cubriendo las calles, salvando los puentes. Es una especie de Fuenteovejuna, todos a una, más allá de la acción importante de Mercante y el capitán Russo en su vínculo con los trabajadores y de algunos militares, como Filomeno Velazo, Mugica y Molina que toman el Departamento de Policía e inciden sobre fuerzas del ejército. Al mediodía, una marea humana inunda la Plaza de Mayo y los alrededores del Hospital Militar. “Era el subsuelo de la patria sublevada”, hay que recordar una vez más a Scalabrini. La plaza repleta reclama la libertad de Perón y lo logra, con una tremenda ovación cuando él le habla a la multitud desde el balcón de la Rosada, esa misma noche, coronando así una jornada de júbilo popular.
Se inició así una nueva época en nuestra historia. Los obreros habían ingresado decididamente al escenario de la política argentina… Y afirmará certeramente Jauretche: “…y llegaron para quedarse”.<


Cómo entender a esa rara gente de “pigmento oscuro” – Norberto Galasso

Por Norberto Galasso

Cómo entender a esa rara gente de “pigmento oscuro”

29-11-09 /  Las incomprensiones y conflictos entre parte de las izquierdas y el peronismo siguen vigentes hasta hoy.  Lo mejor del diálogo entre ambas tradiciones nació en los mismos días de octubre de 1945. Los grandes hitos de esa historia.

El Socialismo nace en Europa como consecuencia de las protestas obreras ante la explotación capitalista desarrollada en forma implacable e intensiva desde fines del siglo XVIII. Décadas después, el progreso alcanzado por las ideas en el plano económico, filosófico e histórico permite superar la primera reacción ingenua –el socialismo utópico– y  posibilita el surgimiento del socialismo científico. Así, en 1848, se lanza el Manifiesto proclamando que  “el fantasma de la Revolución recorre Europa”. Sin embargo, un cuarto de siglo más tarde, el capitalismo ingresa a su etapa superior –el imperialismo– que al explotar colonias y semicolonias, modera el antagonismo de clases en los grandes países desarrollados, en donde el socialismo se vuelve entonces  reformista (del rojo al rosado, de Marx a Bernstein).
Este socialismo llega al Plata con los inmigrantes. No nace aquí como consecuencia de la concentración y la revuelta proletaria local –se trata de una semicolonia agropecuaria sin industrias– sino de la difusión realizada en idiomas extranjeros, por los recién llegados que desean continuar en estas tierras la lucha que venían realizando en sus países de origen.  Desde el principio, pues, ese socialismo no se encuentra con la clase obrera… porque ella no existe (existen, sí, artesanos y empleados de servicios). No extraña que su dirección política se integre con abogados y médicos y que, aunque hable en nombre de los “obreros”, estos no nutran sus filas. Con el correr de los años, su base social será gran parte de la clase media porteña fuertemente influida por el liberalismo oligárquico de la clase dominante: mitrista en historia, liberal en economía (especialmente libre importadora para consumir artículos baratos), blanca y hasta racista respecto a sus compatriotas mestizos –“oscuramente pigmentados”, según un dirigente conservador– adoradora de la civilización europea o yanqui y enemiga de la barbarie popular y la política criolla.
Su lucha se centrará en algunas reformas sociales, en el laicismo, el divorcio, el antimilitarismo abstracto y el internacionalismo… en un país dominado por el imperialismo.
Así, no distingue entre la causa radical y el régimen conservador, “falaz y descreído” según lo calificaba don Hipólito. Y así legitima el fraude concurriendo a elecciones.  De sus viejas banderas sólo le quedará la influencia sobre algunos gremios no industriales: empleados de comercio (Borlenghi), empleados municipales (Pérez Leirós).
Por esta razón, cuando la crisis económica mundial en los años treinta y luego, la segunda guerra mundial impulsan la industrialización, el Partido Socialista no puede ser cauce político para los nuevos trabajadores industriales, ahora sí obreros, migrantes internos desde lo más profundo de la desocupación del interior del país.
Codovilla y el Coronel. Asimismo, la escisión que  constituyó el Partido Socialista Internacional, convertida luego en  Partido Comunista, también se sustenta en sectores medios porteños. Para su desgracia, asume la teoría del “socialismo en un sólo país” predicada por Stalin y se constituye en un partido amigo de la Urss cuya función no es hacer la revolución en el país sino acompañar la política exterior de la burocracia soviética. En 1942, su secretario general Victorio Codovilla sostendrá que hay que “convencer a los obreros que no se debe hacer huelga a las empresas británicas y norteamericanas en Argentina pues ingleses y yanquis son aliados de la Urss”. Sólo podría hacerse a las empresas alemanas pues tienen vínculos con el nazismo, enemigo de la Urss. Así, los nuevos obreros que se acercan al partido se ven defraudados y los camaradas gremiales pierden sus cargos. Sólo Rubens  Iscaro logra mantenerse como secretario general porque tiene la suerte de que en el gremio de la  construcción (Uocra) los empresarios son alemanes y entonces se puede ser un buen defensor de los trabajadores y al mismo tiempo, servir a la Urss. Los demás, como Muzio Girardi en metalúrgicos,  pierden la conducción gremial ya en 1942, cuando se crea un sindicato nuevo: la UOM. También esta izquierda, en nombre del socialismo, va por caminos desacertados y frustrantes.
Los obreros, por su parte,  irrumpen en la historia un 17 de octubre de 1945, integrando un movimiento nacional liderado por un militar. ¿Y la izquierda? Integra la Unión Democrática cuyo principal impulsor es el embajador norteamericano Spruille Braden. Surge entonces el peronismo, un movimiento nacional policlasista nutrido de obreros, clase media de bajos recursos, sectores del ejército y de un empresariado nuevo (hijos de inmigrantes, de capitales nacionales, sin conciencia de burguesía nacional) y sectores de la  Iglesia. Los trabajadores industriales participan así en un proceso de liberación nacional: ruptura de los mecanismos imperialistas ingleses y rechazo del avance del imperialismo norteamericano, no ingreso al FMI, deuda externa cero, amplia franja de la economía estatizada, depósitos bancarios y comercio exterior nacionalizados, sindicatos fuertes y avance en conquistas sociales y laborales, política latinoamericanista, pacto social entre CGT y empresarios nacionales. Su líder –Perón– denomina a ese frente como  “comunidad organizada” y enarbola tres banderas: Justicia Social, Soberanía Política e Independencia Económica, todo en el marco de relaciones capitalistas, aunque con fuertes perfiles no burgueses.
Diez años de gobierno, bombardeo a Buenos Aires, dieciocho años de proscripción y luego, en el ’73, otra vez peronismo. Y aún hoy. Muchos supusieron que cuando muriese el líder se terminaba, pero no fue así. Y todavía son muchos los que en nombre del socialismo continúan confundidos, sin comprender la naturaleza histórica del peronismo.
Tres preguntas. Sólo un pequeño grupo socialista logró entender desde 1945: Frente Obrero que calificó al peronismo como históricamente progresivo y se planteó la necesidad, no de incorporarse a él, sino de cabalgar a su lado, como izquierda nacional –según lo habían sostenido los maestros del socialismo para los países dominados– desde una perspectiva independiente en lo político, ideológico y organizativo, para “golpear juntos” al enemigo reaccionario, aunque “marchando separados”. Aunque –y aquí se equivocaron– creyeron que ese frente policlasista no duraría mucho tiempo. Pero estuvieron donde deberían estar porque sabían responder políticamente a estas tres  preguntas: ¿quién es el enemigo principal? ¿cuál es la correlación de fuerzas entre el campo popular y el campo oligárquico? y ¿cuál es el nivel de conciencia política de las grandes masas de trabajadores? Son sólo tres cuestiones y todavía sirven para no equivocarse.
Desde el peronismo, Hernández Arregui decía: “Soy marxista y porque soy marxista, soy peronista”. Y  Cooke sostenía que en el ’45 “el peronismo fue el movimiento que surgió y triunfó contra todos los partidos, que hizo saltar el esquema de los partidos… No es que la izquierda hiciera crisis: es que era una parte de la superestructura del imperialismo y saltó junto con los demás pedazos… Fue una situación revolucionaria donde los esquemas teóricos no servían. Faltaba una izquierda nacional y ese papel pasó a ocuparlo el peronismo, aunque sin definirse como tal”. Desde el Socialismo, Manuel Ugarte planteó en 1912: “En América Latina el socialismo tiene que ser nacional”. Y el Che también lo entendió y por eso escribió: “La caída de Perón me amargó profundamente” (24/9/1955, carta a la madre). Es una constante que los sectores más combativos del peronismo y la izquierda nacional han tendido siempre a confluir: la más importante construcción política del campo popular y la estrategia hacia el Hombre Nuevo. Por eso,  hoy, a América Latina también la recorre un fantasma: El Socialismo del siglo XXI.

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Señales Populares Editorial Sep – Norberto Galasso

http://www.spopulares.com.ar/pages/notas/2010-19/editorial.htm

Editorial

Por Norberto Galasso

Videla brindando con Ernestina Noble

Estamos dando una dura lucha contra el gran poder mediático en la Argentina en momentos en que los países latinoamericanos vivimos una hora excepcional en el camino hacia la liberación, la unificación y las transformaciones socio-económicas profundas. Tan duro es el enfrentamiento y tal la fuerza del enemigo que la Presidenta se ha preguntado, en uno de sus últimos discursos, ¿dónde está el verdadero poder? ¿En manos de quien ocupa la Casa Rosada por elección del pueblo o en las poderosas fuerzas opositoras, en el 2010 Papel Prensa, en el 2008, la Sociedad Rural? En este sentido, ha sido recordada una respuesta de Magnetto a Menem, cuando éste le preguntó si ansiaba llegar a la presidencia: -Es un puesto menor.

Esa contestación resume una enseñanza política, que está corroborada por nuestra historia.

Desde sus inicios, el diario “La Nación” ejerció una constante oposición, con rasgos golpistas, a las presidencias de Sarmiento y Avellaneda, cuando éstos intentaron alguna política que se oponía a sus intereses. Así también lo hizo contra el Radicalismo y junto con “La Prensa” y “Crítica”, jugó un papel muy importante en el derrocamiento de Yrigoyen en 1930. Después, desde 1945, los grandes matutinos embistieron permanentemente contra el peronismo y luego legitimaron los 18 años de proscripción. Del mismo modo, “La Nación” y “Clarín” enmascararon la represión de la dictadura genocida con la información de que los guerrilleros morían “en combate”cuando en la generalidad de los casos fueron apresados y fusilados. Acerca de “La Prensa” basta releer el libro Cien años contra el país para desnudar hasta qué grado y con que saña se opuso a los avances populares. ¿Quién puede dudar hoy, desde los sectores populares, que el poder mediático no es de difusión sino de confusión, que no informa, sino desinforma o deforma la noticia, especialmente dirigido a los sectores medios que aún reverencian todo aquello que aparece en papel impreso. ¿O quién puede dudar hoy que la libertad de prensa es libertad de empresa para quienes tengan poder económico suficiente para poseer un diario, como ya lo sostenía Jauretche hace medio siglo? Precisamente, la Ley de Medios que ha impulsado este gobierno va dirigida a quebrar esa fuerza de “marcar agenda” sobre los temas y someter el pensamiento de gran parte de los argentinos a sus intereses.

De ahí la importancia de este enfrentamiento que deslinda los campos y coloca a los partidos de oposición claramente en el campo de la contrarrevolución. Como tantas veces en nuestra historia, la sociedad se parte y es muy grave -y tendrán que dar cuenta en el futuro- la actitud de aquellos que pretenden “correr” al gobierno desde una supuesta izquierda cuando la derecha se abroquela en defensa de sus privilegios y recibe alegremente ese apoyo.

La Presidenta ha dado un golpe maestro al no intervenir ni clausurar al grupo Clarín, sino en obligar al Poder Judicial y al Poder Legislativo a que se definan frente al robo de Papel Prensa, amenazas, torturas y hasta muertes, para que nadie se confunda en las próximas elecciones.

A su vez, de este conflicto hay que obtener todas las enseñanzas políticas que permitan fortalecer a los sectores populares en su marcha hacia un mundo mejor. Hay que dar la lucha, por supuesto, contra el principal antagonista que se presenta hoy, furibundo, con 300 bocas de información, y junto a la “tribuna de doctrina” de la vieja prosapia mitrista. Pero no hay que olvidar -y permítaseme una exquisitez borgiana- “¿qué dios detrás de dios mueve la pieza?”.

Esta cuestión también es importante y por ello disentimos con la opinión de José Pablo Feinmann cuando considera que el poder mediático gobierna al mundo -conclusión que insólitamente se atribuye haber descubierto “ante el asombro de los filósofos europeos”-. Conviene entonces refrescar la memoria de nuestras propias experiencias. En nuestra historia, no fue casualidad alguna que los grandes diarios pertenecieran al gran poder económico: “La Prensa” de los Gainza Paz que viajaban a Europa con la vaca puesta, “La Razón” de los Peralta Ramos dueños de medio Mar del Plata, “El Diario” de los Láinez, señorones antepasados de Manucho Mugica Láinez, “La Nación” abastecida con el dinero de los proveedores de la Guerra contra el Paraguay, “El Mundo” y “El Hogar”, armas ideológicas de las empresas ferroviarias inglesas. No fue tampoco casualidad que el gran colaborador en los editoriales de “La Prensa” y “La Nación” contra el emergente peronismo del 45 fuese el embajador inglés Sir David Kelly, según su propia confesión cuando ya anciano escribió sus memorias: Los pocos que gobiernan, traducido en la Argentina como El poder detrás del trono, ni tampoco que Roberto Noble, el fundador de “Clarín” fuese un gran admirador del fascismo. Tampoco fue casualidad -tengan memoria Morales y Aguad, porque “olvidarse también es tener memoria” como decía José Hernández- cuando aquel viejo Radicalismo de Yrigoyen le hizo un boicot a “La Prensa” desde donde la oligarquía lo atacaba ferozmente y del mismo modo, los peronistas anti K, recuerden cuando Perón no tuvo otro remedio que expropiar “La Prensa” y dársela a la CGT por la prédica golpista de ese diario. Estas son historias viejas, dirán algunos, pero viejas y permanentes como la del diario “La Marina”, en Cuba o “El Mercurio” en Chile.

En la época actual ocurre lo mismo. Tanto “Clarín” -especialmente desde las columnas del señor Huergo (y aquí se reiteran los apellidos) en el suplemento Rural- como “La Nación”, con Grondona y otros, corrieron en auxilio de la Sociedad Rural, que no es simplemente “el tano” Biolcatti, como señala Feinmann insinuando que ya no es la vieja oligarquía. Vayamos un paso más allá, como dice el renombrado poeta y al observar quiénes mueven las piezas, nos encontramos entremezclados muchos nombres y apellidos conocidos: interviene un Guillermo Gainza Paz presionando a Lidia Papaleo (“Tiempo Argentino”, 29/8/10), también un Miguel de Anchorena, según señala Lidia como abogado de su sucesión, interviene seguramente Goldman Sachs, banco norteamericano propietario de una parte de las acciones del grupo “Clarín”, interviene Martínez Segovia, vinculado a Martínez de Hoz, quien a su vez, debe haber intervenido también dado su cargo de Ministro, con lo cual está allí la mano negra de Rockefeller, de quien Joe fuera, según propia declaración del patrón yanqui, “hombre nuestro, que trabajó varios años para el grupo del Chase Manhattan Bank. Y participa (detrás de la Sociedad Rural) el grupo Monsanto instrumento esencial en la sojización de gran parte de la Argentina. Mientras Estados Unidos acrecienta su molestia ante el avance del UNASUR y opera especialmente contra Hugo Chávez (por supuesto también a través de los medios, pero además colocando bases en Colombia e intentando generar un conflicto para intervenir en él) y por si Lula o su sucesora se pusieran demasiado audaces, hace pasear su IV Flota por el Atlántico y opera en Bolivia a través de ONGs que, enarbolando la bandera de un indigenismo tergiversado, postulan convertir al país de Evo en 37 países dependientes, algunos con etnias integradas por 200 personas según denunció el presidente, interesantísimos bocados para las empresas imperialistas.

Que se nos entienda bien. No disminuimos la importancia y el peligro de los medios oligopolizados, que ya nos lo enseñaron Jauretche y Hernández Arregui hace ya muchos años. Hay que multiplicar las voces y acabar con el oligopolio mediático, pero también señalar implacablemente quién es el verdadero poder detrás del trono -los nativos y los de afuera- expresados además por los políticos que van a hacer reverencias a la Sociedad Rural y los empresarios que van a rendir pleitesía a Magnetto, y también quienes fueron a la embajada norteamericana a hacer denuncias contra su propio país porque no se trata simplemente de apocalípticos delirantes sino de peligrosos sirvientes de los intereses antipopulares, así como también aquellos dirigentes que se juntan con Cecilia Pando para defender a los responsables del genocidio.

Que nadie se equivoque porque ya somos grandes para ciertos errores. Que cada uno asuma su responsabilidad. Si por vanidad o egolatría por llegar a la Casa Rosada alguien se pone junto al enemigo del pueblo, lo lamentamos pero no puede haber consenso -como siempre exige la derecha cuando ella se encargó de fusilar y desaparecer 30.000 argentinos- porque lo que hay es conflicto, no inventado por Néstor sino inventado por una sociedad organizada a favor de unos y en perjuicio de otros. En ese conflicto, nos colocamos donde estuvimos siempre e intentamos definir de la mejor manera posible quiénes son los enemigos, no adversarios, porque esto no es un amable partida de tenis sino que se está jugando el destino de nuestra Patria Grande, en un momento fundamental donde se abren enormes posibilidades para los grandes cambios y no podemos permitir que lo interrumpan en su desarrollo.


Señales Populares Editorial – Norberto Galasso

Agosto 2010 Editorial

Por Norberto Galasso

Algunos políticos y ensayistas difunden últimamente interpretaciones pesimistas, tanto respecto a la Argentina como a América Latina. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: en lo nacional y en lo latinoamericano estamos viviendo horas excepcionales, muy promisorias para el futuro de nuestros pueblos. Por supuesto, son inevitables algunos retrocesos, pero tanto el triunfo del multimillonario Piñera en Chile, así como las bases yanquis en Colombia, Perú y Paraguay, como el insólito ingreso armamentista en Costa Rica no son suficientes para suponer que pueda interrumpirse el proceso revolucionario dirigido a una Patria Grande libre, unida y transformada.

Ocurre que estos intelectuales se han acostumbrado a mirar sólo la parte vacía del vaso, y no la importante cantidad de agua que contiene. Proceden como si alguien fuera a ver un partido de fútbol anhelando que su equipo gane cinco a cero y como está ganando sólo uno o dos a cero, se vuelve sombrío y desalentado, sin advertir que el equipo contrario también tenía intenciones de ganar cinco a cero y ahora está perdiendo. O dicho en lenguaje menos barrial: en todos estos procesos hay luchas, enfrentamientos, proyectos que se oponen, triunfos y derrotas parciales. Las clases privilegiadas -tanto las burguesías imperialistas como sus socias de los países dominados- no se suicidan, se ha dicho muchas veces. No ceden sus riquezas y su poder a través del “consenso”, tan común ahora en políticos de vuelo corto, estilo Carrió. Se defienden con uñas y dientes, mientras los pueblos, a su vez, avanzan tumultuosamente, muchas veces inorgánicamente, generalmente con graves contradicciones internas, en busca de su liberación. Por eso es necesario renovar la esperanza y avanzar con alegría blandiendo aquel lema de un cantautor: “Alta traición la tristeza” y “Alta traición la desesperanza”.

En el vaso se observa -sin pecar de ingenuos ni de voluntaristas- que existe hoy mucha agua, quizás como nunca. Y ello estimula la militancia, enciende nuevos bríos para no perder, de ninguna manera, la oportunidad excepcional que permite divisar cómo se levanta la aurora en el horizonte.

Tantas veces hemos hablado de la soberanía de nuestros pueblos, de la unidad latinoamericana, de la crisis del imperialismo y lo hemos hecho con entusiasmo y convicción, pero en lo íntimo de nosotros mismos lo sentíamos como algo distante, estratégico, un camino insoslayable pero de recorrido muy largo y azaroso. No nos imaginábamos a un hombre de los pueblos originarios presidiendo Bolivia y defendiendo sus recursos naturales, como representante del Movimiento al Socialismo. Tampoco a un comandante que recuperase las banderas de Bolívar, enfrentase al imperialismo y expropiase grandes empresas, como en la Venezuela de hoy, donde Chávez habla del Socialismo del Siglo Veintiuno. Ni a un sacerdote paraguayo retomando las banderas del Mariscal López y definiéndose por la reforma agraria, pleno de cariño por sus campesinos… y también por sus campesinas. Menos aún a un economista formado en universidades extranjeras capaz de expulsar al imperialismo de su base en Ecuador. Tampoco pasaba por nuestros pronósticos inmediatos la posibilidad de que compañeros combatientes, después de largas prisiones, estuvieran al frente de Uruguay, El Salvador y quizás muy pronto también de Brasil, donde, además, un presidente que viene del sindicalismo se ha convertido en figura mundial. Años y años defendimos el proyecto de avanzada en América Latina liderado por Fidel Castro en Cuba, pero pocos pudieron suponer que era posible, especialmente después del derrumbe de la URSS, soportar un bloqueo durante décadas y continuar mostrando, en la pequeña isla, un sistema de salud y de educación de los mejores del mundo.

Todo esto es realidad hoy. Y dejo para el final a nuestro país porque también aquí se han concretado avances que diez años atrás parecían sueños delirantes, salvo para aquellos que viven en delirios permanentes tanto hace diez años como ahora, preconizando la revolución social inmediata y perfecta. Y no aceptan las conquistas parciales, sumándose asombrosamente a quienes se irritan y se ponen “nerviosos” como el Dr. Grondona, él sí, con suma lucidez desde su clase, ante esos avances populares que van delineando el camino hacia la victoria.

La Argentina aquella donde el FMI dirigía la política económica -inclusive tenía oficinas propias en nuestro Ministerio de Economía-, esa Argentina donde los grandes matutinos instalaban los mitos de lo que Jauretche llamaba “la colonización pedagógica”, ese país volcado hacia el Atlántico porque pretendía ser “Europa en América” y se juzgaba exclusivamente de tez blanca y por tanto ajeno al resto de la América Morena, ese país en el que se predicaban “relaciones carnales” con Estados Unidos, donde muchos compatriotas no tenían acceso a la jubilación y no había asignación universal por hijo o donde los goles del viernes a la noche se festejaban mirando una tribuna en la pantalla y sólo podían verse el domingo a la noche porque así lo decidía un monopolio mediático; esa Argentina ha quedado atrás.

Los del vaso medio vacío protestan indignados porque todavía no se ha recuperado la riqueza minera o petrolífera o porque no se ha logrado la ocupación plena en el mundo del trabajo. Pero en las luchas políticas resulta fundamental desde dónde se formulan las críticas, porque no es lo mismo galopar al lado del gobierno marcando errores o limitaciones y postulando la profundización del proyecto que hacerlo desde la vereda de enfrente junto a quienes intentan desestabilizarlo porque le molestan no sus asignaturas pendientes, sino sus realizaciones. Las mayorías populares de nuestro país han conocido experiencias similares cuando avanzó la clase media (con el yrigoyenismo) y cuando avanzaron los trabajadores (con el peronismo) y ha experimentado -no en el laboratorio de los libros clásicos sino en su carne viva, en su miserias y en sus muertos- lo que ocurre cuando por combatir lo bueno, en nombre de lo mejor, se ayuda a restaurar lo malo.

En algunos casos, esos errores -que en política son crímenes, como dijo alguien- alcanzan extremos asombrosos, como cuando se llega al delirio de oponerse al gobierno en materia de retenciones a la exportación y se le hace coro a la Mesa de Enlace Agropecuaria confundiendo a Biolcati con Mao Tse Tung o a Llambías con Trotsky. Los hay también que toman distancia de las luchas porque las consideran despreciativamente “interburguesas”, como lo habría sido “la Causa” de Yrigoyen contra “el Régimen” de Quintana y Santamarina, o les resulta lo mismo el 17 de octubre de 1945 que el 16 de septiembre de 1955, pues en ambos casos no se peleaba por la colectivización de los medios de producción y de cambio, como habían sostenido los manuales de Codovilla o Nahuel Moreno.

Por supuesto, la clase trabajadora y los movimientos sociales, con los pies en la tierra aunque cada vez más apuntando a cambios profundos, conocen perfectamente quiénes son objetivamente los amigos y quiénes los enemigos, pues en su práctica diaria han vivido las décadas infames y los días venturosos de progreso social y no se equivocan ante los fuegos de artificio y los discursos desaforados de la izquierda abstracta. Así lo han demostrado en la última concentración multitudinaria recordando a Evita.

Estos nuevos vientos que recorren América Latina -por supuesto, con distintas velocidades y enjundias, a ritmos diversos- se van coronando en la consolidación de la UNASUR, que lleva implícito el Banco del Sur -para desentenderse completamente de la financiación condicionada del FMI- como así también el Comité de Defensa Sudamericano, para un eventual conflicto bélico donde la acción imperialista en algún país movería inmediatamente a la Patria Grande en su defensa.

Estos nuevos vientos soplan a favor en la mayor parte de América Latina y en ella las opciones, en este momento histórico, no son la revolución proletaria contra el régimen burgués, como en la Europa de su tiempo pudieron decirlo los revolucionarios a mediados del siglo XIX, sino procesos de liberación nacional y democrática contra la restauración oligárquica y pro imperialista.

Pero también es cierto -y es preciso advertirlo- que estos procesos de liberación nacional no pueden apuntar al desarrollo de un capitalismo autónomo. Esto es tan cierto que ya se escucha en algunas de estas secciones de la Patria Grande cómo se rehabilita aquella palabra tergiversada por los viejos partidos y demonizada por “El fin de las ideologías” y “El fin de la Historia”: se habla ahora de apuntar hacia el socialismo del siglo XXI, como décadas atrás, se sostuvo aquí, desde las filas del movimiento nacional -con el aval del propio Perón- que “la liberación nacional” va en “en camino del socialismo nacional”.

Vaya como fin de este editorial una interesante anécdota que da para reflexionar y discutir: al terminar una exposición sobre la realidad nacional ante 250 delegados, en el salón de la CGT, se inició el debate con esta pregunta de un delegado muy joven: -Siempre hemos dicho en el peronismo que la clase trabajadora debe ser la columna vertebral del movimiento, ¿no cree usted que ya es hora de sostener que debe ser la cabeza del movimiento de liberación?

La polémica, la respuesta, la evaluación e importancia del interrogante, se la dejamos al lector.


Pagina 12 “La historia también es un arma de combate”

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Lunes, 21 de junio de 2010
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Norberto Galasso y sus Verdades y mitos del Bicentenario

“La historia también es un arma de combate”

El historiador sostiene que en la actualidad “se está consolidando una especie de revolución inconclusa, que fue la de Mayo y la de San Martín y Bolívar”. Galasso refuta el relato mitrista que legitima, dice, las políticas liberales que se han implementado en el país.

Por Silvina Friera
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“A un estudiante que estudia mal la historia le cuesta entender el presente”, sostiene Galasso.

“Donde está la luz.” Desde el primer piso de su estudio de la calle Asamblea, a pocas cuadras del Parque Chacabuco, la textura de una voz serena indica cómo llegar hasta la guarida del destripador obstinado de la historia oficial. Donde está la luz, hay una puerta entreabierta. Antes de subir por la empinadísima escalera una foto de un maldito, la de Arturo Jauretche, ilumina el camino hacia uno de sus más conspicuos herederos y biógrafos: Norberto Galasso. El historiador continúa desmontando las máscaras de los relatos contradictorios del liberalismo y metiendo el dedo en la llaga del sistema nervioso del mitrismo. No anda con chiquitas este hombre menudo, de apariencia frágil, ojos con una chispa indomable como marca de fábrica, y bigote de cuño jauretcheano. A los 73 años continúa peleando, sin vacilar, contra peso pesado. Aguijonea y lastima, aunque del otro lado de la cancha acusen recibo minimizando sus interpretaciones. En sus manos, en sus libros, que son muchos, más de cuarenta, el pasado nunca es un agujero negro sin fondo. Toma por las astas cualquier acontecimiento sobre el que investiga y rescata textos sepultados por resultar molestos, tendiendo puentes y redes de sentido. Sobre la mesa de su escritorio hay artículos de revistas, diarios y muchos libros, como los dos que acaba de publicar: Verdades y mitos del Bicentenario y la reedición de Felipe Varela y la lucha por la unión latinoamericana (ambos por Colihue).

La gran fiesta por los doscientos años aún está fresca en la retina de los argentinos. La primera pregunta que lanza a la palestra en las páginas de ese compendio ineludible sobre 1810 es: ¿Por qué festejamos los 200 años del nacimiento de la patria, si la Independencia se declaró el 9 de julio de 1816? El historiador imagina a una docente con alumnos inquietos que la taladran con interrogantes. Las complicaciones aumentan cuando los pibes reparan, un tanto perplejos, en que los integrantes de la Junta juraron fidelidad al rey de España, encabezando una revolución cuyo objetivo sería romper con la dominación española. Excepto que sea una profesora muy audaz que se atreva a cuestionar la interpretación oficial, repetirá la “fábula” impuesta por Bartolomé Mitre. Los muchachos de Mayo, consigna este relato sacralizado, cranearon una simulación llamada la “máscara de Fernando VII”, de tal modo que hicieron de cuenta que hacían una revolución contra el rey, pero en su nombre. Así engañaron a Fernando VII, a toda Europa y a su propio pueblo; engaño que duró hasta 1816 cuando, finalmente, se declaró la Independencia.

“Mitre historiador fabrica una historia que legitima al Mitre líder de la oligarquía porteña –dice Galasso en el libro–. Exalta el supuesto librecambio de Mayo para justificar la libertad de comercio que provoca déficit permanentes en la balanza comercial de su gobierno, entre 1863 y 1868. Relata un Mayo donde no existe protagonismo popular, porque así legitima su represión sobre aquellos que lideran a las masas en las provincias del Noroeste. Ofrece la visión de una Revolución de Mayo porteña y que mira hacia el Atlántico, porque ése es su proyecto antilatinoamericano.” El historiador cuenta que lo más importante de los recientes festejos del Bicentenario es que la gente tenía ganas de salir a la calle. “Fue un fenómeno muy extraño; nunca vi tanta gente junta y es bastante esperanzador que haya habido esta presencia popular sin incidentes y con alegría”, subraya Galasso a Página/12. “El Bicentenario era la oportunidad para dar un gran debate histórico, pero quizá sea muy exigente. Ya es bastante lo que se hizo, y que haya un interés popular”.

–Si como señala en el libro sobre los mitos del Bicentenario, la política de hoy es la historia que se está construyendo y se relatará años después, ¿qué historia estima que se está construyendo desde la política de este presente?

–Estamos en un momento muy interesante, un momento bisagra, si recordamos el deterioro catastrófico de 2001. En diez años ha cambiado bastante el panorama del país y de Latinoamérica. Más allá de las contradicciones que puedan tener estos procesos y que uno pueda apuntar disidencias o críticas a algunos aspectos –uno quisiera cambios más profundos–, estamos viviendo una época de excepción, donde se está consolidando una especie de revolución inconclusa, que fue la de Mayo y la de San Martín y Bolívar. Hablamos todos los días en los diarios del Unasur, del Banco del Sur, de la reivindicación de los derechos humanos, de las transformaciones económicas tendientes a una economía productiva, de algunos avances como Fútbol para Todos, que me parece muy importante, y la ley de medios. Estamos iniciando un camino que me parece muy auspicioso.

–¿Por qué cuesta desterrar el relato de la “máscara” de Fernando VII?

–La jura por Fernando VII se produjo en todos los movimientos revolucionarios. Ese relato bien interpretado indica, como sostenía Juan Bautista Alberdi, que la Revolución de Mayo integra un proceso revolucionario americano. Ahí está la raíz del Unasur. Por el contrario, al decir que la jura fue una “máscara” y que hubo una actitud independentista desde el principio se invita a pensar que todo lo español es reaccionario. Se fija la idea de que la cruz y la espada es España. Esa fijación lo llevó a Mitre a decir en sus libros que, por suerte, los Estados Unidos fueron conquistados y civilizados por anglosajones. Hay una actitud mental que es la de ser probritánico. Sarmiento decía que había ido a Europa y también a España, que representaba el atraso. Nosotros rompimos con el atraso, según el relato mitrista, para abrirnos al mercado mundial, que sería el antecedente de Menem, si queremos ser malos. El fenómeno de la ruptura con España es la ruptura con Hispanomérica; eso es lo que se quería lograr. Miremos al Atlántico, pero no a España, sino a Inglaterra.

–En el libro ubica como precursor de las posiciones latinoamericanistas a Juan Bautista Alberdi. Sin embargo, el relato imperante que se enseña en las escuelas gira en torno del lema “gobernar es poblar”, que colocaría a Alberdi bajo la égida mitrista, ¿no?

–Sí, es cierto, pero porque hay un Alberdi “joven” y un Alberdi “viejo”. El Alberdi joven que se exilió en Montevideo estuvo dispuesto a apoyar a los franceses para tratar de sacar a Rosas de la gobernación de la provincia de Buenos Aires, y tuvo una buena relación con Mitre y con Sarmiento. A partir de Caseros comenzaron a producirse las disidencias. Alberdi se definió a favor de Paraguay en la “Guerra de la Triple Infamia”. Ese Alberdi “viejo”, que pasó prácticamente los últimos treinta años de su vida en el exterior, fue el que dijo que la Revolución de Mayo forma parte de la revolución hispanoamericana. Pero ése es el Alberdi que ha quedado sepultado.

–La posición del Frente Obrero, ese grupo de la izquierda que reconoció el carácter progresista del peronismo que usted rescata en el libro, ¿quedó eclipsada por la corriente historiográfica llamada Historia Social?

–El Frente Obrero era un grupo muy reducido de marxistas lectores de Trotsky. Entendieron la importancia del peronismo porque uno de ellos tenía un hermano que era delegado metalúrgico, que es lo que le falta a la izquierda: tener un cable a tierra (risas). El tener ese cable a tierra les permitió darse cuenta de que estaban pasando cosas en la clase trabajadora y comenzaron a revisar la historia. Salvo Enrique Rivera, que publicó algunos libros, uno de los más importantes de este grupo, Aurelio Narvaja padre quedó sepultado. Gran parte de las ideas del frente las retomó Jorge Abelardo Ramos, las desarrolló y las difundió, pero ladeándolas por momentos hacia el nacionalismo. Para colmo de males, Ramos terminó adhiriendo al menemismo…

Galasso militó en el Partido Socialista de la Izquierda Nacional entre 1963 y 1971. “Cuando me fui, empecé a visitar a estos viejos del Frente Obrero. Me acuerdo que llamé por teléfono a Narvaja y me dijo: ‘Yo estoy en el estercolero de la historia, ¿para qué me quiere ver a mí?’”. La voz del historiador imita el tono cabrón de ese hombre herido de muerte por el olvido en vida. “Esta gente estuvo muy aislada; no habían transado con nada, pero la historia los había pasado por encima y no pudieron construir nada. Lo ideal hubiera sido que hubieran podido construir una izquierda al lado del peronismo; que es un poco lo que pasa ahora y por eso me enojo con Pino Solanas –compara–. Su función era construir una izquierda nacional, al lado del Gobierno, marcarle las limitaciones y las cosas que se hacen mal. Pero de este lado, sin pasarse a la oposición, porque entonces este Gobierno queda solo y tenemos que elegir siempre entre lo que ya sabemos que es malísimo y gobiernos nacionales que tienen contradicciones. Ese es un poco el drama de no tener una izquierda real. Lo que tenemos son posiciones de izquierda abstractas, que a veces juegan como derecha concreta, por ejemplo cuando algunas agrupaciones fueron a apoyar a la Mesa de Enlace. Y uno no puede más que lamentarlo porque no son el enemigo, por supuesto.”

–Usted recuerda un artículo de Luis Alberto Romero de 2002 en el que parece que se aparta del relato mitrista sobre la Revolución de Mayo y plantea que los historiadores están lejos de lo que se enseña en la escuela. ¿Cómo explica que Romero no haya dado un paso más allá y siga sosteniendo ese relato?

–La corriente de la Historia Social está en crisis. El historiador José Carlos Chiaramonte, que viene de ese grupo, dice que lo de la “máscara” es una estupidez porque tiene mayor independencia. Pero hay otros historiadores que son asesores en grandes editoriales, como fue Romero en Sudamericana, y quieren comentarios favorables en el diario La Nación. Estamos viviendo un momento muy complejo en la historia, que significa no sólo romper con el diario La Nación, sino que implicaría cambiar el nombre de muchas calles, las estatuas de muchas plazas, hacer una especie de revolución cultural de una Argentina que se inserta definitivamente en América latina, que deja de tener rencores con Bolívar, que reconoce que Dorrego estuvo en la revolución chilena y que San Martín era más latinoamericano que argentino; toda una serie de cuestiones para las que se requiere tener una audacia que los historiadores que están en puestos importantes no tienen. Romero ahora está jubilado, pero durante mucho tiempo ha sido el jefe del Departamento de Historia de la Universidad de Buenos Aires, el dispensador de becas, de adjuntos. Esto es una limitación. La misma limitación que tiene Tulio Halperin Donghi, que por primera vez en mucho tiempo reconoce que es tendencioso. Cuando Donghi cuenta que el 16 de junio de 1955 se “ametralló” el centro porteño, no dice que murieron casi 400 personas. A él le importan más las quemas de las iglesias que los bombardeos de la Plaza de Mayo. A un estudiante que estudia mal la historia le cuesta entender el presente. Si se hace a la imagen que le enseñaron de civilización o barbarie, la barbarie será (Hugo) Moyano y la civilización será (Héctor) Magnetto (CEO de Clarín), entonces se ubicará muy mal.

–¿Por qué la figura de Felipe Varela ingresó a la lista de los malditos argentinos?

–Varela tiene dos manifiestos que son bastante fuertes. En uno de ellos dice que la política de Mitre provocó 50 mil muertos en el Noroeste. En aquel tiempo, con una población de 2 millones, 50 mil muertos era una cifra tremenda. Nosotros hablamos de 30 mil desaparecidos en una población de 30 millones, en el momento de la dictadura. En ese manifiesto plantea que hubo un terror durante el mitrismo tan grande como el de la época de Rosas. Varela es parte de una expresión del interior devastado por la política de la oligarquía porteña. Varela hizo un elogio de Caseros, que más allá de que participaron los brasileños y de que Urquiza tuviera sus limitaciones, significaba una posibilidad. Porque significó la Constitución Federal. Tanto el Chacho Peñaloza como Felipe Varela, para la interpretación rosista, son dos elementos molestos. Para el liberalismo mitrista también, porque Varela plantea no sólo que han masacrado a todos los pueblos del noroeste, sino que son los usurpadores de las rentas, que son nacionales y se las queda la provincia de Buenos Aires. Además se declaró amigo del Paraguay. La imagen que quedó de Varela, por las oligarquías del Norte, está en la zamba que dice “matando viene y se va”, cuando Varela entró en Salta. Es la imagen de un caudillo sanguinario.

–¿Le gusta nadar contra la corriente al rescatar figuras olvidadas?

–Sí, pero nado contra la corriente políticamente. Llegué a la historia por una cuestión política; creo que América latina tiene que estar unida y tiene que ser libre. Y será el socialismo del siglo XXI, como ya lo apuntan (Hugo) Chávez, (Rafael) Correa y Evo. Esa unión hay que hacerla con el Plan de Operaciones de Moreno, con fuerte inversión estatal, con cooperativas, con mutuales, con organizaciones populares. La historia es un arma de combate contra la sacralización de las clases dominantes. También rescato la figura de Manuel Ugarte, un chico de la clase alta muy seductor y romántico que le dijo a una niña que él iba a luchar toda su vida por la unión latinoamericana, contra Estados Unidos y por el socialismo. Ella, que no entendía nada, le contestó: “Me parece demasiada carga para andar por la vida” (risas).

 

Una ley como herramienta

¿La ley de medios podría ser una herramienta para la historia?

–Creo que sí. Hay un mundo de ideas que ha quedado al margen por la concentración de los medios. El poder de Clarín o del Grupo Uno hace que sea muy difícil aparecer con un planteo distinto o contestatario. Si hay posibilidades de que haya un espectro muy amplio de medios de comunicación, donde un sindicato, un sector cultural, una organización popular pueda tener un medio donde expresarse, se va a poder avanzar en los relatos que se construyan. He tenido experiencias de charlas a las que han concurrido más de 700 personas, lo que revela que hay un sector que está en la búsqueda, especialmente un sector docente, maestras de escuela primaria y jóvenes profesores y profesoras de secundarios. Para la gente mayor que está por jubilarse, las directoras de escuela de la vieja época, es muy difícil cambiar el relato mitrista porque es como si tuvieran que cuestionarse su propia vida. Yo vengo de una familia por vía materna de maestros, directores de colegio, gente con vocación por la cultura. Pero no los movía el relato mitrista.

–¿Por dónde comenzó entonces la inquietud por cuestionar la historia oficial?

–Mi viejo era un socialista de izquierda que se hizo peronista en el ’45 y tenía enfrente a toda la familia de mi madre, que eran los “cultos” desde mi punto de vista de chico. Como yo era bastante traga, consideraba que los maestros eran los cultos. Pero me di cuenta de que mi viejo, que era un autodidacta, estaba más cerca de la verdad. Eso me llevó a acercarme al socialismo cuando estaba en la facultad, para después hacer un esfuerzo y replantearme cosas. Cuando tenía 20 años se vivieron momentos de grandes polémicas y aportes ideológicos; publicaban Jauretche, (Rodolfo) Puiggrós, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos. Tuve que hacer el esfuerzo para, como diría Jauretche, desazonzarme (risas).


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