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“La oposición chantajea como no se veía desde la época de Illia” – Entrevista a Felipe Pigna

Fuente: http://sur.elargentino.com/notas/la-oposicion-chantajea-como-no-se-veia-desde-la-epoca-de-illia

Felipe Pigna

La oposición chantajea como no se veía desde la época de Illia

 
Año 3. Edición número 132. Domingo 28 de noviembre de 2010

Por Miguel Russo mrusso@miradasalsur.com

Felipe Pigna (Mercedes, 1959) es autor de Los mitos de la historia argentina, Lo pasado pensado y 1810. La otra historia de nuestra Revolución, entre otros. Condujo junto a Mario Pergolini Algo habrán hecho (programa que se vuelve a emitir por Telefé). La independencia, el exilio, los desacuerdos y las traiciones en una charla con el historiador Felipe Pigna acaba de publicar un libro que, en otro momento –los ’90, época que podría llamarse pre-Pigna–, hubiera remitido a torneo de fútbol: Libertadores de América. Claro que, a partir de sus intervenciones radiales, su monumental colección de videos, sus libros (sobre todo los volúmenes de Los mitos de la historia argentina) y sus programas de televisión, logró eso por lo que tanto lucharon y luchan tipos como Salvador Ferla o Norberto Galasso: que la Historia sirva para algo más que para un aprobado en diciembre. Peleando contra una visión oficialista que hunde sus raíces en Bartolomé Mitre y enarbola la bandera unitaria, la Historia, en palabras de Pigna, vuelve a ser ese material vivo con el que se construye el presente y el futuro de un país y de un continente. Y de eso trata su Libertadores…, de cinco hombres que llevaron adelante sus ideales revolucionarios a pesar de los grandes poderes en contra: Francisco de Miranda, Manuel Belgrano, Simón Bolívar, Bernardo O’Higgins y José de San Martín. Cinco hombres que, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX dieron todo por la libertad.
Hoy, desde su casa biblioteca (paredes y paredes de libros, de vez en cuando una ventana hacia una calle no muy tranquila de Caballito) Felipe Pigna recuerda una pregunta que le hizo un pibe en una de sus tantas charlas llevando la Historia a las escuelas primarias, en ese caso, una de La Matanza. “¿No nacen más héroes, no, Maestro?”, le tiró el chiquilín, no más de nueve años. Pigna quedó pensando sobre esa pregunta que lo descolocaba como pocas. Intuía que, quizá, no nacieran más héroes en el sentido épico del término. Pero sabía que ésa no era una respuesta. Entonces le preguntó qué hacía él. “El pibe –cuenta Pigna– me dijo que al salir de la escuela trabajaba en una verdulería y a la noche cartoneaba con su papá. Entonces le dije que eso era ser un héroe, que había diversas formas de heroísmo”.
Y no hacen falta preguntas (después de la del pibe, lo mejor es pensar bastante un interrogante), Pigna se larga: “Ese chico y su papá están eligiendo la decencia. Este sistema perverso obliga a la gente a salirse de la decencia. Proclama la virtud, pero no la practica. Y no deja posibilidades de hacer cosas”.
–¿Se podría hablar, entonces, de una mutación del heroísmo?
–Podría llamárselo de esa manera. El heroísmo va mutando, va tomando otras formas. Quizá ser héroe con todas las letras en el siglo XIX, durante las guerras de la Independencia, estaba más dado por las circunstancias: había una guerra clara y nítida, había una posibilidad de luchar por una causa que unificaba y había, ciertamente, personajes mucho más románticos que los que vinieron después.
–De todos modos, las clases populares del siglo XIX no tenían voz ni voto como para reconocer a sus héroes…
–No tenían más derecho que a cagarse de hambre. En ese sentido, hay una mala lectura de la ideología de los libertadores.
–¿Por qué?
–Por cierta pretensión de transformar a Bolívar en un líder socialista o presocialista. Lo cual no tiene por qué ser así. Bolívar era un tipo muy bien ubicado políticamente con las contradicciones típicas de su clase. Pero era un hombre de una familia muy rica de Caracas, que sale de ese sector y se pone a combatir por la independencia y luego en las guerras civiles. Pero tiene los prejuicios inherentes a su clase.
–¿Qué prejuicios?
–Por ejemplo, se niega varias veces a liberar a los esclavos. Y tiene con respecto al pueblo un prejuicio que no lo es tanto, simplemente hay que tener en cuenta que estamos hablando de una época donde la gente era analfabeta. Y pensar que esa gente pudiera ocupar cargos de gobierno era francamente complicado. La tarea era, ante todo, la educación. Algunos lo entendieron, otros no.
–¿Educar antes de incorporar?
–Sí. San Martín y Belgrano lo entendieron: la única manera de incorporar a los sectores populares a la participación ciudadana era a través de la instrucción: que empezaran a tener elementos educativos que les permitieran ir participando de la política. La gente estaba ajena a la política por su absoluta ignorancia.
–Ignorancia que, a su vez, era promovida por el poder. En ese sentido, podría estar hablando de casi todo el siglo XX…
–Por supuesto. Es terrible cuando se usa la palabra ignorante en estos casos. El analfabeto lo era porque el poder no lo dejaba instruirse, estudiar. Pero en el siglo XIX eso se va revirtiendo y aparece una preocupación para que esos sectores se eduquen. Educar al soberano y ahí sí, con esas precondiciones, incorporarlos a la vida pública. Pero sigue apareciendo el prejuicio que sostenía que había un sector que estaba en condiciones de gobernar y otro que estaba destinado a obedecer. Y se iba a tardar mucho tiempo para que eso cambiara.
–¿Dos siglos?
–Inclusive los caudillos federales tenían esa concepción. Rosas entendía al pueblo, lo comprendía, pero nunca se le ocurrió compartir ese poder con el pueblo. Tenía una rigidez de estanciero muy pronunciada.
–Sin embargo, ese concepto sarmientino de educar al soberano, ¿no choca con lo que un tipo como Sarmiento podría pensar de tipos como Bolívar?
–De hecho, Sarmiento discute con San Martín en Grand Bourg. Le echa en cara su relación con Bolívar. A todo ese grupo que se podría definir como romántico, a la generación del ’37, le costaba entender a San Martín como un libertador. Le reprochaban el haberse retirado en un momento de guerra civil y no haber defendido a Buenos Aires; le discuten que, en vez de venir a reprimir a Artigas, siga la campaña libertadora al Perú.
–La Gran Desobediencia…
–Desobediencia que no es perdonada por mucho tiempo por los unitarios liberales que le reprocharon siempre esta actitud.
–Usted menciona en el prólogo de su libro que estos libertadores, a contramano de lo que parecería querer decir la historia oficial, no eran foquistas, sino producto de un proceso social, algo que siempre vino bien esconder. ¿Son similares esos procesos en los distintos países de latinoamérica donde actuaron Miranda, Bolívar, San Martín, O’Higgins, Belgrano?
–Son similares pero con particularidades. Miranda habla de la Gran Colombia como una gran nación y Bolívar lo corrige porque piensa en una especie de reunión de estados contemplando las enormes diferencias que había entre cada uno de ellos. El sueño mirandino era un sueño muy utópico, que pensaba una nación gigantesca que iba de las márgenes del Mississippi, antes de ser robada por los Estados Unidos, hasta Tierra del Fuego. Bolívar ve las dificultades de ese proyecto. Dice soñar con la unidad, pero lo piensa más bien como una confederación o como unión transitoria de Estados.
–Una Unasur de época…
–Y con el tiempo uno ve lo que se logró con la Unasur, una unidad supranacional pensada desde América latina, y comprende lo que podría haber ocurrido de haberse realizado entonces el sueño bolivariano.
–Más allá de esas pequeñas diferencias, hay una constante casi en todos los casos: el exilio como condición absoluta. ¿Por qué?
–Parece una fatalidad de la que se salvan Bolívar y Belgrano, pero hasta ahí nomás. Bolívar, si bien no parte hacia el exilio, muere en Sant Marta, alejado de todo, con una sensación de enorme ingratitud. Veinte años de luchas, de sinsabores de un tipo que la podría haber pasado muy bien dentro de su clase social.
–Y Belgrano en su exilio dentro del país…
–Sí. Muere en la mayor pobreza e ignorado por la enorme mayoría de los diarios. El exilio, es cierto, es una constante y, a la vez, una presencia muy fuerte. Miranda termina preso en España; San Martín, solo, en Francia, O’Higgins también. El exilio más tremendo es el de San Martín, de una enorme injusticia, ya que él seguía muy conectado con el país. Cuando se produce la guerra contra Brasil viene para ayudar a un hombre que peleó con él, Dorrego, y se encuentra con la tragedia de su asesinato a manos de Lavalle, otro subordinado suyo. Y cuando se produce el bloqueo anglo-francés, vuelve a ofrecerse para lo que haga falta. Explica los pasos tácticos a seguir, describe cómo defender una ciudad sitiada. Y luego, a partir de la defensa contra las agresiones extranjeras, San Martín decide mandarle su sable a Rosas. Pero en ese exilio doloroso, tiene una postura muy clara de defensa de lo nacional y de incomprensión y condena a aquellos que se suman a la agresión extranjera, como Echeverría o Lavalle. San Martín dice que ninguna discordancia con el poder de turno puede justificar el aliarse con los invasores extranjeros.
–Cambiando un poco, casi nada, algunos términos, una declaración bastante actual. ¿Estaba solo en ese tipo de pensamiento?
–No, lo acompaña Alberdi, que siendo un histórico enemigo de Rosas hasta cierto momento de su vida, luego le ofrecería, en sus años finales, la amistad y su pluma para escribirle la biografía. Viéndolo de ese modo, el exilio es un último castigo.
–Al que se suma la condena de no haber visto consolidado aquello por lo que ofrecieron sus vidas.
–La frase de Bolívar “hemos arado en el mar” es tremenda. Habla de los intereses espurios, oligárquicos, que hicieron su negocio con el extranjero, desvirtuando las causas de la independencia. Se sienten dueños de la patria a partir de la declaración de su independentismo. Y los libertadores tienen una sensación de desazón incomparable.
–¿Estuvieron dadas, en el pasado inmediato, las pautas como para repetir esa gesta heroica que se dio en el siglo XIX?
–Los ’60 y los ’70 fueron momentos donde parecía que se volvía a una idea de unidad latinoamericana, alumbradas por la revolución cubana. Se pensó en la gran revolución, no a nivel de Estado, ya que el Estado en aquel momento era el enemigo: dictadura, gobiernos cómplices, la OEA como órgano de la CIA. Hoy se vive un momento muy interesante. Unasur es un gran invento, en el sentido que le aplicaba al término Simón Rodríguez, el magnífico maestro de Bolívar. Él decía “o inventamos o erramos”. La Unasur es, claramente, un invento interesante. Primero, porque excluye a los Estados Unidos. Segundo, porque se da en un marco de unidad de intereses con gobiernos que piensan distinto: Piñera, Alan García, Chávez, Cristina, Lula o Dilma. Es sumamente interesante que se dé y que tenga esos reflejos rápidos que tuvo, por ejemplo, en el caso Ecuador. Unasur tiene que ver con el sueño de los libertadores, en las circunstancias y las posibilidades actuales, que no son las épicas del siglo XIX ni las de los ’60 y ’70. Cambiaron las condiciones objetivas, claro. Y sabemos, a partir del Che, que las condiciones subjetivas pueden llegar a ser mortales.
–¿Hoy están dadas las condiciones, si bien no para una revolución, para un cambio de paradigmas?
–Claro. América latina en su conjunto sorteó la crisis de 2008, crisis que en Europa empezó a repercutir, haciendo todo lo contrario a lo que decía el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las recetas históricas liberales. Éste es un cambio de paradigmas muy importante: priorizar la gente, negar monitoreos, decidir políticas.
–Las mismas condiciones como para que actúe de manera exacerbada la corporación opositora…
–Una corporación que actúa con un tipo de chantaje que no se veía desde la época de Illia, el último presidente al que no se le aprueba el Presupuesto en 1966. Presidente del que se llenan la boca hablando de él los políticos del Grupo A. Están haciendo lo mismo que le hicieron y no tiene justificación alguna.
–¿Hay posibilidad de discusión cuando no se discuten ideas dispares para un mismo proyecto, sino proyectos irreconciliables?
–No, así no hay discusión. Pero tampoco sé dónde discute la oposición ni qué discute. No hay propuestas de país serio. Está claro lo que no quieren: que este proyecto avance, que se siga con el modelo productivo e inclusivo. No quieren que la gente tenga lo que tiene que tener y que le corresponde: salir de la pobreza, tener agua potable, poder consumir, poder trabajar, poder educarse, poder curarse. Pero no se sabe qué quieren. Van a los programas donde son columnistas fijos y hablan de las críticas al Gobierno, pero no dicen nada de lo que harían en el hipotético caso de ser gobierno. Por eso caen en las encuestas como una catarata: la gente no come vidrio. No van a votar a quien proclama el apocalipsis cada tres segundos como Lilita, ni a aquel cuyo mayor mérito es no hablar como Reutemann, ni a a aquel que dijo tener un plan pero después de un año de gestión aún no lo dio a conocer.
–Sin embargo, la misma falta de ideas estaba para las elecciones del año pasado…
–Pero venía al calor del conflicto del campo. Las fisuras siempre dan lugar a pérdidas. Y si hay pérdidas hay debilidad, concepto al que este pueblo le tiene fobia. Lo sintió débil al Gobierno en ese momento y votó en contra. Además, porque no comprendió qué estaba haciendo el Gobierno con relación a las retenciones. Y no lo comprendió por un error comunicacional del Gobierno. Ese error, al transmitir ideas, permitió que se aglutinaran sectores que eran el agua y el aceite, como la Sociedad Rural y la Federación Agraria. Pero, luego, el poder se hizo cargo de eso y tomó la iniciativa en muchas cosas que estaban dando vueltas: subsidios, Asignación Universal por Hijo. Y la gente respondió mayoritariamente a esas política activas. El Gobierno titubeó en la etapa preelectoral, con cosas absurdas como la línea de blanco o el subsidio en la compra de automóviles. Eso apuntó a un sector del electorado absolutamente indefinido que no se convence por esas cosas. La realidad, donde debía insuflarse consumo era en esos sectores donde tenía que trabajar, insufló crédito en esos sectores que estaban afuera del consumo y esos sectores recuperaron su lugar histórico. Así puso en marcha el mecanismo de producción. Y apuntó a la compra de viviendas, el gran problema de las clases bajas.
–El sector mayoritario…
–Es que los gobiernos, por lo general, cometen siempre el mismo error de descreer de la potencia y la magnitud de las clases bajas. El dinero del Estado debe apuntar a aquellos sectores que, primero, están fuera del consumo. Y, por fortuna, se está haciendo. Hubo una pérdida de tiempo, políticas erráticas, pero fueron tomando una dirección correcta de modelo productivo. Por ejemplo, con la inclusión en el consumo, que es, hoy, la verdadera ciudadanía, más allá del documento de identidad. El tipo que está fuera del consumo no es un ciudadano. El que no puede mandar a su hijo a la escuela, que no puede vacunarlo, que no tiene agua, que no puede llevarlo al médico no es un ciudadano, no está integrado a la sociedad. La palabra “consumo” debe tener un valor noble, no el de consumismo.
–Los historiadores miran con desagrado a la futurología. Pero, en el peor de los escenarios de aquí a un año, ¿se puede pensar en una vuelta atrás de todo lo hecho?
–Creo que no. Pero de ocurrir sería muy grave. Si el Gobierno queda en manos de irresponsables (y a juzgar por lo que se ve de la oposición no hay muchas manos que puedan responsabilizarse en serio de una gestión), de quienes sólo quieren desandar lo andado, la gravedad del caso sería mayúscula. De todas maneras, el Gobierno tiene un año por delante donde debe redoblar la apuesta de lo realizado hasta ahora. Las elecciones se ganan con hechos concretos y muchas de las cosas que se hicieron son las causas del crecimiento en la popularidad de este gobierno.


El combate de la Vuelta de Obligado – O’Donnel, Pigna, Di Meglio, Harari

http://tiempo.elargentino.com/notas/combate-de-vuelta-de-obligado-bajo-lupa-de-cuatro-historiadores

Pacho O’Donnell
soberanía parecería ser un término abstracto. En el caso del combate de la Vuelta de Obligado tuvo muy poco de abstracto. Rosas tenía un concepto de soberanía bien claro, y estaba relacionado a lo territorial. En aquel entonces, cuando los imperios se habían lanzado al mundo para conquistar nuevos territorios, la Argentina no perdió un metro cuadrado. Y eso que Rosas tuvo que sostener dos guerras con Francia, una con Inglaterra, otra con Brasil, otra con la Confederación del mariscal Santa Cruz, tuvo conflictos con Chile y también con la Banda Oriental.

Sí perdió territorio inmediatamente después de la Batalla de Caseros, mediante un pacto con Brasil por el cual entregó las Misiones Orientales. De haber triunfado en 1845 la intervención anglofrancesa, hubiéramos sufrido el desgajamiento de lo que ya entonces tenía nombre: la República de la Mesopotamia.

Las Provincias Unidas del Río de la Plata ya nos habíamos partido, de acuerdo a la política exterior del Foreign Office, que se había propuesto fragmentar las nuevas naciones salidas de las colonias españolas. Estábamos partidos en cuatro partes.

La Vuelta de Obligado tuvo un valor pedagógico. Es una metáfora a cañonazos de un drama que recorre la historia argentina: la alianza de sectores dirigentes propios, vernáculos, con intereses extranjeros, en gran beneficio para los socios interiores.

En aquel momento, era la alianza oligárquica librecambista, porteñista, los unitarios exiliados, unidos a las grandes potencias de su tiempo con el propósito de readueñarse del poder en Buenos Aires, del que habían sido desalojados por Rosas y los sectores populares. El equivalente, hoy, son los aliados de la dirigencia argentina con los bancos depredadores, con el FMI, con los intereses que nos han endeudado hasta el estrangulamiento, sin que ese dinero se haya reinvertido. Dinero que fue a parar a bolsillos de extranjeros y de sus socios.

El combate de intereses antipatrióticos e intereses nacionales y populares sigue vigente hoy. Pero hay momentos en la historia en que estos últimos intereses, los nacionales y populares, han logrado confrontar con los poderes exteriores y sus aliados interiores, y eso sucedió cuando lograron liderazgos creíbles y eficaces, como fueron los casos de Rosas, de Yrigoyen, Perón y Evita, y seguramente el de los Kirchner en la actualidad.

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Gabriel Di Meglio

Nacional, provincial o latinoamericana? La elevación del 20 de noviembre a efeméride nacional de primer orden ha generado distintas reacciones, como alegría porque hay un feriado más o sorpresa para quienes se enteraron ahora de su existencia.

En el “progresismo” ha provocado cierto resquemor entre los que temen las consecuencias que puede tener afianzar el nacionalismo tradicional, pero ha sido bien recibida por quienes le dan a la fecha un significado antiimperialista.

Desde el punto de vista histórico, celebrar el Día de la Soberanía “Nacional” apelando a la batalla de la Vuelta de Obligado presenta dos paradojas. Por un lado, en la época la idea de pertenecer a una nación, la argentina, estaba en formación, y si algunos sectores de las clases altas compartían la noción de una identidad común, a nivel popular esto era menos claro y primaban las identidades locales. La otra cuestión es qué estaba defendiendo Rosas cuando decidió enfrentar la intromisión extranjera en el Río Paraná. Por un lado, cuidaba la dignidad de su gobierno ante la altivez de los anglofranceses, pero a la vez protegía el interés porteño en evitar la libre navegación de los ríos. Esa posición no era “nacional”: al prohibir la apertura de los ríos interiores al comercio internacional, se aseguraba que todo él pasara por el puerto de Buenos Aires, que no compartía los beneficios con el resto. De hecho, unos años más tarde Entre Ríos y Corrientes se levantarían contra Rosas –a quien iban a vencer–, y la libre navegación de los ríos sería uno de sus principales reclamos.

De todos modos, la fecha tiene una gran importancia. Y la tuvo en su momento: la valiente defensa de las tropas de Mansilla fue saludada efusivamente en distintos países americanos, incluidos los EE UU (que todavía no era una potencia imperial). El gobierno de Rosas ganó mucho prestigio como defensor de América frente a la prepotencia europea. Y se fortaleció un rasgo clave de la ideología rosista: el americanismo criollista, parte de la herencia de las revoluciones de independencia en toda América, que construyeron la idea de un continente libre y republicano frente a una Europa despótica.

Dado que hoy la integración latinoamericana es una apuesta concreta y la única viabilidad de nuestros países parece estar en ella, quizá sea más atractivo pensar fechas como el 20 de noviembre en clave latinoamericana, como se hizo en aquel tiempo. Si alguna vez queremos tener una identidad común por sobre las identidades nacionales, podemos empezar a construir un pasado común.

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Felipe Pigna
En la mañana del 20 de noviembre de 1845 pudieron divisarse claramente las siluetas de cientos de barcos. El puerto de Buenos Aires fue bloqueado nuevamente, esta vez por las dos flotas más poderosas del mundo, la francesa y la inglesa, históricas enemigas que debutaban como aliadas, como no podía ser de otra manera, en estas tierras.

La precaria defensa argentina estaba armada según el ingenio criollo. Tres enormes cadenas atravesaban el imponente Paraná de costa a costa, sostenidas en 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de todo el dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo una goleta nacional.

Aquella mañana, el general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas y padre del genial escritor Lucio Víctor, arengó a las tropas: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea.”

Mientras las fanfarrias todavía tocaban las estrofas del Himno, desde las barrancas del Paraná, nuestras baterías abrieron fuego sobre el enemigo. La lucha, claramente desigual, duró varias horas hasta que por la tarde la flota franco inglesa desembarcó y se apoderó de las baterías. La escuadra invasora pudo cortar las cadenas y continuar su viaje hacia el norte. En la acción de la Vuelta de Obligado murieron 250 argentinos y medio centenar de invasores europeos.

Pero tres años más tarde, los bloqueadores se ven obligados a firmar la Convención Arana-Southern, que se selló el 24 de noviembre de 1849. El gobierno inglés se obligaba a “evacuar la isla de Martín García”. Por el artículo 4º, el gobierno de su Majestad reconocía “ser la navegación del Río Paraná una navegación interior de la Confederación Argentina y sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del Río Uruguay en común con el Estado Oriental”. Hoy, la defensa de la soberanía pasa por profundizar el modelo industrial productivo inclusivo, libre de ataduras a las recetas, y los modelos de los llamados generosamente “organismos multilaterales de crédito”, que lo son en realidad de la usura, el atraso y la regresión en políticas sociales, fiscales y salariales.

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Fabián Harari
Soberano es aquel que tiene el poder supremo y, por lo tanto, a lo largo de la Historia uno puede encontrar distintas formas: en la Antigüedad, bajo el feudalismo y en la República moderna. La revolución burguesa trae la idea de que la soberanía reside en algo que se llama “pueblo” (que no sabemos muy bien qué es). Ahora bien, si uno lee la Constitución, allí dice que este “pueblo” es soberano, pero que “no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”. Eso significa que, en realidad, la soberanía remite a una institución específica que es el Estado. Y ese Estado responde a una clase social: la burguesía. La soberanía nacional, entonces, no es otra cosa que el poder que se arroga cada burguesía para conformar un espacio de acumulación y establecer en él una jurisdicción política. Lo importante no es cómo se presentan las cosas, sino cómo son.

Ese espacio estuvo, en el siglo XIX, en disputa: contra las clases precapitalistas y contra otras burguesías. La soberanía no sólo se forjó contra España, Inglaterra o Francia, sino también contra los indígenas, que fueron liquidados en aras del desarrollo capitalista.

Actualmente, el tema de la soberanía nacional resulta superfluo. El desarrollo capitalista va provocando un proceso de “continentalización” de las burguesías. Los Estados nacionales han dejado de tener sustento real. De hecho, tienen un mayor componente de disputa contra los trabajadores que contra otras burguesías. Eso puede observarse en la evolución de las fuerzas represivas argentinas. El Ejército ha adelgazado y se han ensanchado otras instituciones dedicadas al orden interno. La Gendarmería y la Prefectura tenían la función de cuidar las fronteras. Hoy en día se ocupan de la represión.

Por eso, la “soberanía” no es para todos. No hay ningún “pueblo”. Lo que hay son clases sociales: patrones y obreros. Y estas clases tienen intereses opuestos. El problema de la soberanía es el problema de la dominación de la burguesía sobre los trabajadores.

Por lo tanto, no se defiende un territorio. Se defiende (o ataca) las relaciones sociales que están allí. Con justa razón, la dictadura decía que defendía a la Nación. Es cierto: la revolución la hubiera transformado en otra cosa. Si el Brasil o los Estados Unidos socialistas vienen aquí a entregar el poder a los trabajadores, no hay ninguna soberanía que defender. Los obreros argentinos recibiremos la invasión del Exército Vermelho o del Red Army con los brazos abiertos y, con gusto, dejaremos de ser “argentinos” para pasar a ser algo mucho más digno


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