Archivo de la etiqueta: La Nacion

Sarlo vs Galasso

Victoriosa autoinvención

Por Beatriz Sarlo
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1417324-victoriosa-autoinvencion

Cuando la Presidenta salió de su casa de Río Gallegos, un grupo de vecinos quiso sacarse fotos con ella. La rodearon, la abrazaron y la despidieron con el grito de “Fuerza, Cristina”. La misma expansión en la escuela donde fue a votar y también frente al aeropuerto. El entusiasmo es comprensible, pero el aliento es innecesario. Nadie más fuerte que la Presidenta en este día.

Continuar leyendo


Quién será el próximo presidente – Luis Majul (un visionario)

Jueves 03 de febrero de 2011. La Nacion.

La presidenta Cristina Kirchner ganaría la primera vuelta, pero perdería la segunda. El próximo presidente podría ser Mauricio Macri, con el apoyo de Francisco de Narváez y Eduardo Duhalde, porque hay un principio de acuerdo para concretar una sociedad política. Daniel Scioli iría por la reelección en la provincia porque jamás se atrevería a romper con la viuda. Ricardo Alfonsín triunfaría en la interna frente a Ernesto Sanz, pero terminaría tercero en la general porque expresaría una versión más honesta del kirchnerismo. Pino Solanas haría una excelente campaña y les quitaría votos tanto a la Presidenta como al radical. Gabriela Michetti sería la candidata a jefa de gobierno de la ciudad y obtendría más votos en primera vuelta, pero debería esmerarse mucho para ganar en el ballottage, frente a Daniel Filmus o Solanas, si al final el cineasta decide postularse en ese distrito.

Continuar leyendo


Giardinelli vs Kovadloff en La Nacion

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1337811

La Presidenta no cambiará de rumbo

Por Santiago Kovadloff
Viernes 31 de diciembre de 2010

¿Año nuevo, vida nueva? El Gobierno parece empeñado en despertar expectativas favorables en un electorado que, hasta hoy, le es adverso. Se diría que quiere dar la impresión de que promueve un cambio atento a sus reclamos. ¿Fin de la autocracia? ¿Murió con Néstor Kirchner la necesidad de concebir el ejercicio de la política como beligerancia perpetua? ¿Enviudar significó también poner fin al ostracismo del sentido común? ¿Ante quién estamos? ¿Ante una presidenta liberada de una tutela despótica? ¿Ante una voz postergada que recupera protagonismo y se abre al diálogo con sus adversarios?

Quien rinda tributo a las apariencias y pase por alto lo decisivo, no dudará en afirmarlo. No confundamos, empero, las imposiciones de una inminente campaña electoral con las transformaciones sustanciales nacidas de un espíritu autocrítico. El Gobierno no cambiará de rumbo, aunque cambie de táctica. Sus más altos representantes tienen, si se quiere, el mérito de la constancia, pero no el de la sensatez, como bien lo prueba el estallido de los hechos recientes. Aferrada desde siempre al populismo, Cristina Kirch- ner optó por la inoperancia y puso al desnudo, otra vez, su afición a la demagogia. No encaró a fondo el problema de la vivienda y menos aún el de la pobreza; fue indiferente al auge del narcotráfico y alentó la justicia por mano propia al favorecer la acción directa donde debía imperar el Estado. Seamos francos: el año que despedimos no termina bien. Abundan los muertos sembrados por la violencia. Resalta la ausencia de la ley en la tramitación de los conflictos sociales. Los opositores aún no lograron dejar atrás el berenjenal de mezquindades que empobrece a la política. Crece el desierto conceptual donde deberían abundar las ideas.

Las dos últimas administraciones -la de Néstor Kirchner y la actual- no han contribuido a profundizar el tránsito desde el autoritarismo a la democracia representativa. Todo lo contrario. Reforzaron los mecanismos de intolerancia al disenso, despreciaron los partidos, se burlaron del federalismo, instrumentaron sin pausa la pobreza, respaldaron el sindicalismo extorsivo, manipularon las investiduras y la tarea parlamentaria. Sus logros parciales se opacan a la luz del caudal abrumador de sus transgresiones.

Si de honrar la memoria se trata, en vísperas de las próximas elecciones, no se puede menos que recordar qué rápido se evaporaron de la gestión de la Presidenta las inflexiones republicanas que poblaron su discurso de campaña en 2007. La Argentina política sigue siendo monótona en sus prácticas, a fuerza de ser repetitiva en sus propuestas. El repertorio de problemas que la afectan se reitera con la rigidez de lo invariable. Y la hora de las innovaciones imprescindibles demora su irrupción como un sueño nuevamente postergado. Con instituciones endebles y sin partidos políticos fortalecidos por la riqueza del pensamiento programático, la expectativa democrática no atina con el camino que potencie su esperanza.

La ineptitud demostrada por el Estado ante la violencia social en curso probó que el poder no está dispuesto a dejarse acotar por las imposiciones de la ley. Fue preciso que Néstor Kirchner desapareciera para que el gobierno nacional admitiese, si bien tardíamente, el trágico relieve alcanzado por la inseguridad social. Aun así, la Presidenta insiste en enmascarar la responsabilidad que le cabe a su gestión en lo que hace al crecimiento del vandalismo y el ahondamiento de la ilegalidad. Prefiere, una vez más, postularse como víctima de sórdidos propósitos desestabilizadores. Al proponerse como blanco de una conjura generalizada, Cristina Fernández busca inscribir los padecimientos que le acarrea su presunto progresismo en el centro de un acoso antidemocrático impulsado por el PO, Pro y un sector del Peronismo Federal, todos ellos caratulados como igualmente extremistas. De más está decir que el planteo, de tan viejo, huele a rancio y que recuerda una de las prácticas más usuales del fascismo. Si de ganar credibilidad se trata, Cristina Fernández ha optado por el menos rentable de los caminos. Jamás admitirá ella que el kirchnerismo lleva años subestimando las brutales evidencias del auge del narcotráfico, del aumento de la marginalidad y la expansión del delito urbano y suburbano. La patria piquetera y las banderas de la llamada democracia directa no tienen otro auspiciante que el Gobierno; un gobierno al que, por cierto, no amenaza un presunto acoso golpista sino el océano de contradicciones y oscuros intereses en que vive sumergido, la desconfianza que generan sus errores renegados y la falta de probidad que evidencia para desempeñar sus funciones en consonancia con un marco institucional bien afianzado. Nadie, ni aun sus más tenaces adversarios, desean otra cosa que verlo extinguirse al cabo de su legítimo mandato constitucional.

No pocas veces, la copa que alzamos cada fin de año simboliza el triunfo de la esperanza sobre las frustraciones que impone la experiencia. Hoy vuelve a ser así. El año 10, políticamente hablando, termina mal. Un oficialismo ciegamente aferrado a su incompetencia frente al drama social y una oposición todavía desarticulada que está lejos de haber revitalizado el papel de los partidos, ponen de manifiesto la fragilidad en que se encuentra la República. No obstante, como digo, la esperanza no quiere renunciar a su papel. Y es comprensible que así sea. Dejar de soñar con un país mejor equivale a resignarse a que la decadencia administre la historia.

Durante siete años, con su implacable intransigencia, el kirchnerismo contribuyó a que la inseguridad prosperara. La nutrió, la justificó y miró sin ver sus consecuencias, por no decir que lo hizo con soberbia. Ahora, desbordado por ella, accede a crear un ministerio para combatirla. ¿Ha descubierto que la mayor parte de la sociedad no quiere vivir fuera de la ley? No, por cierto. Lo que ha descubierto es que la transgresión de la ley amenaza con vulnerar su propia estabilidad; difícil tarea, la que se impone un gobierno que construyó su protagonismo subestimando lo que en estos días parece empezar a importarle. El oficialismo aspira a presentarse ahora como su mejor competidor. Quiere hacer olvidar su pasado con urgencia allí donde la conciencia de sus desaciertos es más profunda y perseverante. Y ello mediante un barniz innovador que seduzca al menos a una franja del electorado disidente.

Al igual que el oficialismo, los opositores han abundado y abundan en el culto de las apariencias. Sobran los postulantes a la más alta magistratura y faltan las convergencias veraces que privilegien las políticas de Estado sobre el fulgor de los postulantes. Tampoco a ellos les resulta fácil revertir la desconfianza sembrada. De manera que unos y otros deben generar credibilidad donde han diseminado tanta confusión y desencanto.

La lógica maniquea ha fatigado a la clase media. Ya es tarde para seguir practicándola con éxito allí donde la mayoría del electorado exige cordura y responsabilidad. Esa mayoría sabe que la lucha entre vecinos y usurpadores de terrenos -al igual que tantas otras a ella emparentadas- sólo cesará el día en que los desposeídos tengan la oportunidad de encontrar en la ley la oferta fundamental que el Estado les adeuda.

El año finaliza dejando a la vista esta gravísima confluencia entre la multiplicación de expresiones de la acción directa y la volatilización del Estado que retrasa dramáticamente el proceso de reconstrucción de nuestras instituciones. La República, sin ellas, linda con lo espectral.

Vale la pena repetirlo: una ola de disconformidad se abate por igual sobre el oficialismo y la oposición. Ella resulta de los reiterados desaciertos que una y otra han evidenciado en la comprensión de las necesidades colectivas. La gente del llano sigue sabiendo hoy, mejor que sus dirigentes, qué resulta indispensable para reconstruir el país. Nadie, en esa medida, reclama ya el fin de la política sino su perfeccionamiento, su marcha eficiente hacia el horizonte de la justicia, del sentido común y la pacificación. Acaso esta sólida evidencia sea, por lo medular, la buena noticia que cabe subrayar al terminar este año. © La Nacion

——————————————————————–

De categorías y excesos

Por Mempo Giardinelli
Jueves 6 de enero de 2011

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1339245

Estimado amigo: creo que te consta cuánto te respeto y aprecio. Pero en tu artículo del 31 de diciembre leo una inesperada cantidad de afirmaciones que me impiden callar. Y sobre todo me alarma el uso de tantas categorías de descrédito nada rigurosas, como las que uno escucha todo el tiempo en cierta clase social porteña, y que no esperaba de vos. Veamos tus preguntas:

“¿Fin de la autocracia?” Ante todo, me pregunto de qué país hablás, porque autocracia significa “gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley” y eso no impera en la Argentina, donde vivimos una democracia participativa como nunca antes. Sin dudas conflictiva y con aspectos reprobables, con instituciones sometidas a fuertes presiones corporativas y con un funcionamiento ejecutivo, legislativo y judicial muchas veces cuestionable. Pero desde diciembre de 1983 aquí se puede opinar lo que se quiera; impera la más absoluta libertad de expresión, y la fenomenal recuperación económica de nuestro país tiene que ver con esto.

“¿Murió con Néstor Kirchner la necesidad de concebir el ejercicio de la política como beligerancia perpetua?” Otra vez pregunto: ¿Cuál beligerancia? Porque el estilo de NK podía ser cuestionable por chabacano, desaliñado y provocador, y yo lo señalé en muchos artículos. Pero beligerante es quien está en guerra, y no fue ni es el caso argentino de los últimos siete años, por lo menos. NK pudo ser polémico y poco propenso a conciliar, pero tanto como decenas de dirigentes, por caso Carrió, Morales, Duhalde, Macri y tantos más. Beligerantes son los antidemocráticos y golpistas, que los hay, nostálgicos de un autoritarismo a cuya superación vos contribuiste de modo ejemplar. Y también son beligerantes los resentidos que agravian e insultan y hace poco descorcharon champán practicando un repudiable “viva la muerte”.

“¿Enviudar significó también poner fin al ostracismo del sentido común?” Me sorprende este desaliño lingüístico. Porque enviudar para la Presidenta ha de haber significado solamente dolor y desamparo, como cuando se muere tu compañero/a de más de treinta años. Eso merece simplemente respeto, en lugar de cuestionamientos a la exclusión o retorno del sentido común, materia discutible si las hay, toda vez que se define como “el modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”.

“¿Ante quién estamos? ¿Ante una presidenta liberada de una tutela despótica? ¿Ante una voz postergada que recupera protagonismo y se abre al diálogo con sus adversarios?” Me pregunto de qué tutela despótica hablás, Santiago, porque lo que a mí me impresionaba era precisamente el acuerdo de esa pareja, el modo de resolver sus naturales forcejeos y el proceder siempre a dúo. Me cuesta creer que un intelectual como vos caiga en ese machismo ramplón que supone que la Presidenta era sometida por su marido. Yo no crucé ni diez palabras con ellos, juntos ni de a uno, pero conozco mucha gente que puede testimoniar la unidad en disenso que practicaban. Y que a mí y a muchos argentinos nos parece una experiencia original, interesante y valiosa.

Tampoco se entiende lo de “voz postergada que recupera protagonismo” porque si algo no perdió jamás CFK, como jefa de estado, fue protagonismo. De igual modo que si de “diálogo con adversarios” se trata, es ella la que viene poniendo mejilla todo el tiempo frente a la cerrazón de la oposición, devenida masa amorfa de gritones y exasperados que acusa sin cesar pero a la que no se le cae una idea de gestión con sentido social ni de casualidad.

También acusás al Gobierno del “estallido de los hechos recientes”, lo cual sorprende porque está claro que en el armado de las ocupaciones de tierras de las últimas semanas hubo operadores no precisamente gubernamentales. Podrá gustarte o no la designación de Nilda Garré al frente de un para mí tardío Ministerio de Seguridad, pero fue una respuesta a las provocaciones. Y en cuanto a que “abundan los muertos sembrados por la violencia”, yo respondo que no hay tal abundancia y que ni un solo cadáver es atribuible a este gobierno, y menos a la Presidenta.

Por lo demás, es cierto que CFK se aferra al populismo. ¿Y qué? Se aferra a su ideología como la oposición al liberalismo, cierta derecha al fascismo y cierta izquierda al marxismo o al troskismo. Pero eso no autoriza a que afirmes que “optó por la inoperancia” cuando este gobierno es el que más cambios ha producido, y ha desarrollado a la Argentina como ningún otro en varias décadas, precisamente con leyes, propuestas y obras de todo tipo. Debieras viajar por el interior, Santiago, para ver cómo han cambiado las cosas, muchas para bien y algunas para mal, desde luego. Y verás cuánto tiene que ver lo malo con la soja, el desmonte, el abuso empresarial y el atropello a históricos campesinos expulsados de sus tierras y forzados a indignas migraciones internas, todo lo cual se relaciona con cierto liberalismo salvaje y con el menemismo y una corrupción, esa sí, incontrolable.

Por eso no se entiende la supuesta “ola de inconformidad” que mencionás, cuando la inmensa mayoría está de vacaciones y el consumo ha crecido de manera inusitada, posibilidades que miles de familias hasta ahora no tenían.

“No encaró a fondo el problema de la vivienda y menos aún el de la pobreza”. Ay Santiago, pareceré oficialista (lo cual deploro porque no lo soy) pero jamás en la Argentina se construyó tanta vivienda social como en los últimos cinco años. Y no hablo de datos oficiales, sino de lo que se ve en todo el país. Y ni qué decir de la Asignación Universal por Hijo, medida que no sólo provee de unos pesos a millones de personas que estaban fuera de la economía, sino que además sus hijos (casi cuatro millones) se documentan masivamente y han aumentado la escolaridad de manera impactante, generando una extraordinaria crisis pero de crecimiento.

Aspectos cuestionables. Es claro que hay muchísimo que este gobierno no hizo, y son sus aspectos más cuestionables los que me impiden declararme kirchnerista. No han movido un dedo para limpiar las malditas policías de todo el país y no sólo la Federal o la Bonaerense. Mantienen un sistema carcelario inhumano que fue creado por el genocida Camps. No han mejorado sustancialmente el sistema de salud pública, y además hay bolsones de corrupción que perduran en el país y para mí -como para vos- son intolerables. No hay un solo preso por corrupción de estos siete años en la Argentina, y eso es tremendo. Y es poquísima respuesta llevar a juicio oral a Ricardo Jaime, aunque esté bien.

Pero no ignoro, Santiago, lo que muchos olvidan: que a esta corrupción no la inventó el kirchnerismo, cuya culpa es no haber cortado las cadenas de coimas. Por eso el odio de cierta oposición es mentira que esté vinculado a objetar la corrupción. Ese odio es resentimiento puro ante una de las mejores cosas del kirchnerismo: que ha recortado poder y privilegios a ciertas corporaciones.

Finalmente, rechazo que “el año que despedimos no termina bien”. Yo digo que termina mejor que cualquiera de los últimos veinte años, por lo menos. Con inflación dura pero controlada, con medio país de vacaciones y un consumo fenomenal, con una industria recuperada y exportaciones record, con la deuda externa achicada y políticas sociales que no existían. A ver, Santiago, ¿qué fin de año fue mejor? ¿Acaso alguno de nuestro querido Raúl Alfonsín que terminó sometido por lo peor del golpismo -primo hermano del actual- pero también por su propia inoperancia? ¿O alguno de Menem, al que aborrecimos porque era ejemplar solamente en su inmoralidad? ¿O los tres fines de año infames que nos regaló el autista De la Rúa, rodeado de Cavallos y López Murphys para horror de los radicales de ley, y te lo dice quien viene de una familia de radicales de ley?

Tampoco puedo dejar pasar eso de “la volatilización del Estado” y de que “la República linda con lo espectral”. Madre mía, Santiago, ni en tiempos de los militares a los que vos lúcidamente combatiste con la pluma y la palabra; ni en los de Menem que nos rifó el país a cambio de nada y sembrando desempleo y desindustrialización; ni en los sucesivos reinados económicos de Cavallo; ni cuando las decenas de muertos del final de De la Rúa y el circo que vino después te escuché o leí decir algo semejante. Ni vos ni nadie puede definir hoy a nuestro país como “república que linda con lo espectral”. Es excesivo, por decirlo suave.

Con el mayor respeto y ninguna ironía, amigo mío, he intentado decirte que no me parece bien que un filósofo y columnista serio como vos dé por ciertas categorías y asertos propios de cualquier pelafustán exasperado. Vos no lo sos; de ahí mi sorpresa al leer tu nota. Y de ahí esta nota, que cierro con el abrazo cordial de siempre.


Treinta y seis horas de un carnaval decadente – José Claudio Escribano

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=496350
Jueves 15 de mayo de 2003

Han sido treinta y seis horas lastimosas, pero no hay que dar por el pito más de lo que el pito vale.

Lo decían nuestros padres. Lo podemos decir nosotros. El pito del justicialismo vale bien poco en relación con el interés del país, que debe seguir adelante merced al trabajo silencioso y esperanzado de sus gentes.

Han sido treinta y seis horas de un carnaval decadente, que entristeció, y hasta enfureció, a muchos argentinos, tal vez porque creyeron que el haberlos privado del ballottage comprometía la gobernabilidad. Grave error: la gobernabilidad está comprometida desde antes de ahora, como se verá más adelante. Otro asunto, aunque de menor cuantía, ha sido el agravio acusado por los ciudadanos cuando percibieron que alguien les tomaba el pelo.

Debemos bajar el énfasis indiscriminado en cuanto a la importancia de los hechos que producen los políticos argentinos. Y examinarlos de acuerdo con su real importancia. Más significativo que la toalla arrojada sobre el ring por un menemismo devastado por la catástrofe inminente e inevitable del domingo es el pésimo discurso pronunciado por el ahora presidente electo.

Menem se ha ido de la peor de las maneras; Kirchner, llega. La primera medida de gobierno del doctor Kirchner deberá ser la cesantía de quien ha escrito ese discurso, y, si fue él mismo quien acometió su redacción, convendrá que ya mismo derive en otro la delicada tarea de escribir si es que aspira a ser un verdadero jefe de Estado.

Se sabe que Kirchner está hablando con muy poca gente, encerrado en un círculo íntimo difícil de caracterizar, pero en el que es obvio que gravita su mujer, Cristina, senadora nacional. Faltan apenas diez días para la asunción del mando y, salvo la noticia en general alentadora, de que el doctor Roberto Lavagna continuará en la cartera de Economía, es un misterio cómo se configurará el nuevo gabinete nacional.

* * *

Perdió el presidente electo una oportunidad de excelencia para ponerse por encima de las rencillas asombrosas del Partido Justicialista, tanto que terminaron por involucrar al país todo. Gracias doctor Menem, al fin y al cabo, por haber liberado a quienes jamás han votado por candidatos del PJ, pero tampoco lo han hecho nunca con el signo negativo del voto en blanco o anulado, de la encrucijada morbosa que acechaba en el cuarto oscuro del domingo próximo.

Ante una sociedad ansiosa por su destino, Kirchner cayó en la trampa tendida por el rival: ahondó los odios y las diferencias con Menem y hasta se permitió la temeridad de sembrar dudas sobre cuál será el tono de su relación con el empresariado y con las Fuerzas Armadas. Se olvidó de que la razón de que hablara ayer por la tarde era, justamente, que en ese momento dejaba de ser el candidato que había competido por largos meses por la Presidencia de la Nación y se convertía en el presidente electo de la Argentina.

En la penosa urdimbre de este final inesperado de la contienda electoral de doble vuelta se observó un caos de fondo, como si el estreno de la obra hubiera tomado por sorpresa no sólo a los actores, sino, cosa notable, al guionista, al escenógrafo, al director y a los productores.

Aquí es cuando vuelven a resonar cuatro palabras en los oídos de quien quiera hubiera puesto atención en el discurso de cierre de campaña del doctor Adolfo Rodríguez Saá, el jueves previo a la primera vuelta: “Gozo de buena salud”.

Fueron cuatro palabras herméticas, pero acaso las más insinuantes y reveladoras de una campaña que movilizó de manera modesta a la opinión ciudadana. Cuando un candidato dice que goza de buena salud lo natural es que impulse un interrogante general sobre cómo andan los restantes competidores.

La lucha política exige algo más que un certificado de buena salud, si es que éste fuera posible. Impone condiciones extremas de atención, de reflejos psíquicos y de esfuerzos físicos severos, que se hacen sentir en vidas largas y accidentadas. Ricardo López Murphy, uno de los candidatos que se supone entraron más enteros a la liza, dice haber terminado exhausto.

¿Cómo quedaron los demás? ¿Cómo se sintió el doctor Menem, llamativamente incapaz como estuvo, en la noche de la primera vuelta, de controlar el orden más conveniente en ese hotel convertido en un pandemonium?

¿Cómo no reaccionó ante el escenario sorprendente, en el que se movían espectros de una farándula que las pantallas inclementes de la televisión proyectaban como artero envío del enemigo? ¿Por qué apadrinó, con vistas a los comicios que restan para el año, candidaturas imposibles?

¿Por qué hubo tanto desorden en la campaña del ex presidente? ¿Por qué haber dejado que su nombre se asociara a los peores nombres, en lugar de haber abierto paso a quienes habían sido identificados como protagonistas de lo mejor de su doble gestión presidencial o que podían ser el anticipo de la renovación apropiada y por algún motivo esencial anunciada por Menem mismo más de una vez en la campaña?

¿Por qué, en fin, transfiguró Menem, en la noche del 27 de abril, lo que debió ser un discurso chispeante de victoria al fin, en una pobre y agria arenga que alertó al país sobre una incalculada derrota?

Kirchner admite en la intimidad -en el ámbito reducido en el que el visitante registra en él la voluntad de escuchar, de aprender- que contó con la ventaja del handicap inesperado recibido de parte de quien ha sido su adversario principal.

* * *

El temor colectivo que se percibe como saldo principal de la fuga de Menem es que éste haya herido la gobernabilidad del país. Para ser justos, habría que preguntarse, también, en cuánto ha contribuido a esa desazón el inoportuno discurso de Kirchner.

Convendrá decir, ante todo, que el problema de la gobernabilidad es preexistente al de la decisión de Menem, un político, además, que se encuentra al final de una larga carrera, no en el apogeo.

Es más: ninguno de los candidatos que se presentaron en la primera vuelta -ni siquiera quien fue su principal revelación, reafirmada con las palabras que eligió ayer, López Murphy- era por sí mismo garantía de estabilidad institucional en el período por abrirse en días más.

La política argentina se encuentra gravemente fragmentada. El Congreso, en ambas cámaras, es un reflejo de esa crisis. El Poder Judicial se arroga facultades propias de la administración como no ocurre en ningún país serio, desde las finanzas a la determinación de cuáles deben ser las tarifas de los servicios públicos, y se abstiene de actuar, por añadidura, precisamente donde debería hacerlo. Los sindicatos y las entidades representativas de las empresas no cumplen un papel más lucido que aquellos otros de los que reclaman un mejor ejemplo.

Ese es el país con el que los argentinos se han abierto al siglo XXI.

El hecho de que Kirchner se instale en la Casa Rosada con sólo el 22 por ciento de los sufragios acentúa, en principio, el problema de la gobernabilidad, pero está lejos de crearlo. Kirchner llega precedido, y no lo ignora, por una cuestión institucional que se manifestaba con claridad en los días en que Menem proclamaba que vencería con sólo una vuelta electoral.

El Consejo para las Américas estaba reunido en Washington cuando el lunes 28 se hacían los últimos cómputos provisionales de las elecciones. Es un cuerpo que congrega a cuantos tienen en los Estados Unidos una opinión de peso que elaborar, tanto en el campo político como empresarial, sobre los temas continentales. Desde Colin Powell a David Rockefeller.

¿Qué pudieron esos hombres haberse dicho sobre la Argentina, después de conocer los resultados del escrutinio y, sobre todo, los ecos de la infortunada noche de Menem en el hotel Presidente?

Primero, se dijeron que Kirchner sería el próximo presidente. Segundo, que los argentinos habían resuelto darse un gobierno débil.

Podríamos pasar por alto una tercera conclusión, porque las fuentes consultadas en los Estados Unidos por quien esto escribe difieren de si se trata de la opinión personal de uno de los asistentes o de un juicio suficientemente compartido por el resto. Sin embargo, la situación es tal que vale la pena registrarla: la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año.

* * *

Esto demuestra que el problema de la gobernabilidad argentina es anterior al espectáculo ofrecido por el doctor Menem. El país suscitaba preocupación en Washington respecto de su futuro con prescindencia de la pirotecnia de última hora.

Ninguna de las conclusiones que dejamos expuestas, y menos la tercera -a la que debe interpretarse como una metáfora de la segunda-, merece otro valor que el de un balance informal, casi académico, entre personalidades con la responsabilidad de prefigurarse el horizonte que el mundo tendrá ante sí. Pero interesa conocerlas por exponer la gravedad de las reflexiones en Washington sobre el futuro posible de la Argentina.

Kirchner conoce esa información desde el lunes 5. Y su respuesta fue que él está de acuerdo en que el principal asunto por resolver en el país es el de su gobernabilidad.

No debería, por lo tanto, el presidente electo desaprovechar lo mejor del discurso de Menem al abandonar la lucha sin que hubiera una sola denuncia judicial de fraude electoral o una sola mesa de votación impugnada en el país. Fue cuando Menem predicó sobre la necesidad de construir consensos y anunció que se contaría con su contribución a la gobernabilidad. La gravedad del tema hace deseable que esa contribución sea una realidad, al menos, a partir de hoy.

Ha caído, al fin, el telón sobre una decepcionante obra de treinta y seis horas. No demos por el pito más de lo que el pito vale, como decían nuestros padres. Dejemos atrás este nuevo papelón de la política argentina.

Pensemos entre todos cómo remontar con el trabajo y el estudio una crisis extenuante, de no menos de cinco años seguidos a estas alturas, y estimulemos al nuevo presidente a que traduzca en los hechos lo que promete con entusiasmo en la conversación privada: “Hay que mejorar la calidad de las instituciones, hay que gerenciar la administración del país”.


Clarin y La Nacion piden “concordia”, “cambios” y “dialogo”

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320189
Editorial I
La hora de la concordia
El sentido épico que, para muchos, Kirchner le dio a la política debería ser aplicado a ponerles fin a viejas y nuevas antinomias
Domingo 31 de octubre de 2010

Una multitud le dijo adiós a un líder político que, con aciertos y errores, condujo al país y consagró casi toda su vida a algo que siempre debería ser una actividad noble y al servicio del bien común, como la política.

La inmensa mayoría de la sociedad, aun pese a las discrepancias que muchos de sus integrantes hayan podido tener con la figura de Néstor Kirchner y con la gestión del actual gobierno nacional, se sumó al duelo y vive todavía con congoja el tan difícil momento al que asisten la presidenta de la Nación y su familia. Los gestos de solidaridad con la jefa del Estado también estuvieron a la orden del día de parte de la amplia mayoría de los dirigentes de la oposición.

Si bien nunca faltan expresiones irrespetuosas, ellas han sido absolutamente marginales y ni siquiera merecen ser consideradas. Del mismo modo, tampoco es conveniente juzgar desde este lugar ciertas actitudes de intolerancia hacia dirigentes políticos opositores, durante el velatorio de los restos del ex presidente, que rozaron el sectarismo. Inevitablemente, el dolor por la pérdida de un ser querido a veces genera desequilibrios emocionales capaces de provocar episodios de esa especie.

Lo verdaderamente importante pasará, en los próximos días, por las primeras palabras de una primera mandataria que ha soportado con entereza el difícil trance.

Si el profundo dolor de muchos ha unido en el recogimiento a todo un país, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría aprovechar esta oportunidad para consolidar la concordia que debería reinar en la Argentina.

No es algo descabellado, aun cuando los últimos tiempos hayan estado signados por enfrentamientos estériles no exentos de violencia y de mensajes desde el poder político que, lejos de alentar el diálogo, hayan estado dirigidos a vilipendiar al que piensa diferente, acusándolo de “destituyente”.

Decimos que un llamado presidencial a la concordia, a deponer actitudes revanchistas y a construir consensos no debería sonar utópico, porque la propia presidenta de la Nación sorprendió a muchos, tres años atrás, el 28 de octubre de 2007, cuando a poco de alzarse con el triunfo electoral que la condujo a la Casa Rosada, convocó a iniciar una etapa “sin odios y sin rencores”, con el fin de “reconstruir el tejido social e institucional”. Hasta ahora, esa etapa no ha comenzado.

En aquella oportunidad, Cristina Kirchner señaló: “Hemos ganado ampliamente, tal vez por la mayor diferencia desde la reanudación de la democracia. Pero ello no nos otorga privilegios, sino el lugar de mayor responsabilidad”.

Cuatro años y medio antes, Néstor Kirchner, durante el proceso electoral de 2003 que terminó llevándolo a la jefatura del Estado, había convocado a los argentinos a tener “un país normal”.

Se ha dicho con acierto en estos días que el desaparecido ex presidente les devolvió a la política y a la militancia un sentido épico. No es malo pensar en epopeyas. Todo dependerá del objetivo al que se apliquen. Es probable que los argentinos y su clase dirigente estemos hoy frente al desafío que implicaría una gran epopeya: la de poner fin a viejas y nuevas antinomias y de consolidar la unión nacional, que es algo tan diferente de la uniformidad y la tendencia al pensamiento único.

La sociedad argentina reclama, como lo ha hecho en las urnas en junio del año pasado, que sus dirigentes dejen atrás luchas ajenas a las más profundas y auténticas inquietudes ciudadanas, tales como la inseguridad, el narcotráfico, la pobreza y la inflación.

Al mismo tiempo, el mundo espera de la Argentina niveles de seguridad jurídica y de calidad de sus instituciones que los argentinos no hemos sabido garantizar. La llamativa alza de los activos financieros de nuestro país en los días posteriores al fallecimiento del ex presidente Kirchner nos está dando a entender que los problemas que nos inhiben de contar con un flujo de inversiones del nivel que sería deseable son de naturaleza política.

Corresponde que quienes tendrán el deber de gobernar, en este particular momento histórico, adviertan que la mejor imagen que la Argentina puede darle al resto del mundo es la de un país cohesionado en torno de políticas de Estado derivadas de amplios consensos políticos y sociales, sin los cuales estaremos cada vez más condenados a la fragmentación social.

  • http://www.clarin.com/opinion/dias-pueden-venir-Kirchner_0_363563695.html

    Los días que pueden venir sin Kirchner
    31/10/10
    Eduardo van der Kooy

    La súbita muerte de Néstor Kirchner cerró un tiempo político. El desafío de la continuidad es para Cristina. Tendrá sobre sus espaldas la gestión. También, la articulación del poder que siempre le facilitó el ex presidente. El peronismo es un enigma. Igual que el papel de Moyano.

    Una Argentina en estado de inquietud y duda constante parece suceder al controvertido orden político que Néstor Kirchner supo imponer en vida. ¿Podrá Cristina Fernández sostener ese orden? ¿Querrá, al fin, sostenerlo? ¿Será capaz de mantener la disciplina en una amplia geografía peronista que, por convicción, conveniencia o temor, respondía a su marido? No existe una respuesta inmediata: esos interrogantes podrán comenzar a develarse cuando se levante, de a poco, el espeso manto del duelo.

    El primer desafío tiene que ver con una lejana premonición que hizo alguna vez Felipe González, el ex premier de España. Enterado a comienzos del 2007 que Kirchner dejaría su sillón a Cristina, preguntó: “¿Cómo será eso? El poder puede transferirse pero la autoridad no” , reflexionó. La Presidenta volverá, tal vez mañana, a la actividad con el mismo poder que tuvo hasta que murió su marido. El problema será esa autoridad con la cual Kirchner confeccionó un sistema de poder real, privado e indivisible, que se llevó a la tumba.

    Aquel sistema ayudaría a explicar muchas de las cosas que en los últimos años ocurrieron en la Argentina. Para empezar, el poder bifronte compartido sin conflictos serios por el matrimonio. Un espacio en el que dirimían ideas o decisiones sólo ellos.

    Aquel mismo sistema fue concentrado aún más por Kirchner cuando, por propia voluntad, pasó a un supuesto segundo plano. Esa concentración tuvo vínculo con la lucha de un hombre que desde que dejó la Casa Rosada no halló ningún lugar que lo dejara conforme . Repasemos su derrotero: abrió una oficina en Puerto Madero que cerró en un par de meses; planeó conferencias por el mundo que jamás brindó; rechazó la conducción del peronismo que terminó aceptando; descalificó el timón de la Unasur que exaltó cuando puso en marcha el proyecto para retornar a la presidencia en el 2011; renegó de las tareas legislativas, pero se consagró diputado bonaerense en las elecciones del 2009; asistió al Congreso dos veces: para jurar como legislador y votar la ley del matrimonio igualitario.

    Ese deambular denunció a un dirigente insatisfecho.

    Su satisfacción de poder en vida, de verdad, nunca tuvo límites.

    Este periodista fue testigo de esa codicia. Tres días después de la asunción de Cristina, el 10 de diciembre del 2007, compartí un almuezo con Kirchner, Alberto Fernández y un empresario amigo. Hacía pocas horas, había sido envenenado en su celda del Tigre el represor de la Marina, Héctor Febres.

    Kirchner participó sólo de a ratos en esa comida. Se paraba para hablar por teléfono. Llamaba a ministros, al jefe de la Policía y a Daniel Scioli. Demandaba novedades sobre aquel envenenamiento. Actuaba como un presidente que no era. El empresario, harto de tanta informalidad, le disparó: “Pará Néstor, vení a comer. ¿Qué te pasa? ¿Tenés abstinencia de poder?” Kirchner giró su cuerpo con furia y retrucó: “Sí. ¿Por qué? ¿Algún problema? Allí concluyó el diálogo. También el almuerzo.

    Su protagonismo instaló además la sensación de un gobierno de doble comando donde las decisiones políticas de fuste correspondían al ex presidente. Hasta el miércoles de la semana pasada ese andar no significó ningún dilema ni deshonra para Cristina. Tampoco, más allá de la anormalidad institucional, la gobernabilidad sufrió alteraciones.

    Tan enorme resultó el peso de Kirchner en esa sociedad de poder, que ambos pasaron por alto un dato medular de la vida y de la política de Estado : el de la salud del ex presidente. Kirchner transitó en apenas siete meses de una obstrucción de carótida a otra de coronaria como si hubiera sufrido un dolor de muelas. Las estadísticas médicas señalan que sólo 3 de cada 10 pacientes que sufren un problema de carótida lo repiten en las coronarias. En esos casos, no se considera a la afección cardiovascular circunstancial sino crónica.

    La concentración de poder de Kirchner no sucedió cuando Cristina se convirtió en Presidenta. Vino de antes: tuvo uno de sus registros fuertes cuando Rafael Bielsa dejó la Cancillería; se agudizó con la renuncia de Roberto Lavagna. La salida de Alberto Fernández, en el 2008, le posibilitó abrazar las decisiones fundamentales del Gobierno y el manejo absoluto en el peronismo. Su último obstáculo cayó al ser reemplazado Martín Redrado por Mercedes Marcó del Pont en el Banco Central.

    ¿Cómo hará la Presidenta para sustituir semejante maquinaria? ¿Cómo hará para reemplazar el seguimiento puntilloso que hacía el ex presidente en Olivos de cada problema y cada conflicto? Son horas todavía de conjeturas precarias. Apenas un detalle: Cristina llamó a Madrid al embajador Carlos Bettini, un viejo amigo suyo.

    Hay quienes afirman que su hijo, Máximo, podría crecer en influencia . Máximo combina su pasión por el fútbol con la política de oficio. Fue durante bastante tiempo una especie de “conciencia crítica” de Kirchner. Cuestionaba muchas de sus decisiones. Sobre todo, el rumbo de su alianza con Hugo Moyano. Pero cambió cuando su madre se convirtió en Presidenta.

    Se interesó siempre por aquellos años trágicos de los 70. Fue lector incansable, pero se nutrió también de los relatos de su madre y de su padre. Así se explica que haya fundado una segunda versión de aquella juventud peronista. Sólo así se explicaría, además, que en el 2007 la haya bautizado “La Cámpora”.

    Máximo, quizás, podría ampliar el escuálido círculo de consultas que ha quedado reducido al secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini y al ministro de Planificación, Julio De Vido. Los afectos históricos de Cristina están mucho más cerca del primero que del segundo. De Vido combatió el proyecto de Kirchner de resignar la reelección para posibilitarle el ascenso a la ahora Presidenta.

    Al margen de esos funcionarios tradicionales del kirchnerismo, Cristina tiene otras dilecciones. Héctor Timerman, el canciller, Amado Boudou, el ministro de Economía, Diego Bossio, de la ANSeS, y Marcó del Pont, la titular del Banco Central. Sucede que Timerman, Boudou y Bossio son vistos por los patagónicos como sapos de otro pozo.

    Otra pista vaga de lo que podría sobrevenir la aportó Aníbal Fernández. El jefe de Gabinete retomó una frase que Kirchner pronunció horas después de la derrota del 2009: “La Presidenta está decidida a profundizar el modelo” , dijo en una pausa del multitudinario funeral que despidió al ex presidente. Si esas palabras tuvieran el mismo sentido que en su ocasión le dio Kirchner, no cabría esperar tiempos de tranquilidad y armonía en el país .

    Aquella advertencia del ex presidente derivó en una cadena de confrontaciones que se sumaron al nunca resuelto pleito con el campo. Empezó la persecución a los medios de comunicación no oficialistas, se abrió una batalla contra la Corte Suprema, se ensanchó la brecha con los empresarios y, de hecho, por peleas con la oposición, casi se paralizó la gestión del Congreso.

    Con ese panorama se encontrará Cristina.

    También habría que comenzar a escrutar detenidamente al peronismo.

    El partido de Gobierno se ha alineado, en un primer espasmo, con Cristina. Los dirigentes del PJ suelen ser sensibles a las romerías y a los destellos emocionales como los que pusieron marco al funeral de Kirchner. Pero el peronismo no está habituado a funcionar, con cierto orden, sin la existencia de un jefe nítido.

    Kirchner era reconocido todavía como tal.

    ¿Podrá lograr Cristina ese reconocimiento? La premura con que Timerman lanzó la idea de la reelección de la Presidenta para el 2011 no fue lo más aconsejable. El canciller es visto casi como un forastero en el PJ . Dos ministros y un gobernador lo criticaron, aunque el tono no subirá, por ahora, para no provocarle trastornos tempraneros a Cristina.

    Timerman no es, al fin, ningún problema serio para el partido. Lo es mucho más Moyano que, aún antes de concluir los funerales, planteó la necesidad de reestructurar al peronismo . El timón del PJ le ha caído a Scioli. El líder camionero no se detuvo allí. Habló de una concertación con los empresarios para darle consistencia a la gobernabilidad.

    Legisladores y gobernadores del PJ suponen que el protagonismo creciente de Moyano ensanchará la brecha con sectores sociales necesarios para el 2011. Presumen también que Kirchner había empezado a tomar conciencia de que el secretario de la CGT se podía escapar de control. Por esa misma razón, un día antes de su decteso, le asestó un golpe : ordenó el boicot a la reunión del PJ bonaerense que conduce el camionero.

    Otro capítulo de la época kirchnerista se abre en la Argentina. El anterior quedó clausurado con la muerte de Kirchner. Una muerte y un funeral que estuvieron rodeados de dolor pero también de espíritu poco conciliador. De parte del Gobierno y muchos de sus adherentes. De aquellos que celebraron en lugar de respetar.

    Varios medios de comunicación debieron frenar mensajes hirientes y provocativos.

    Todas, señales de una sociedad que ha sido inducida peligrosamente a la adicción al fanatismo.

  • http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320166
    La muerte y la resurrección de Néstor Kirchner
    Por Mariano Grondona
    Nestor Kirchner falleció el último miércoles en El Calafate y fue enterrado al cabo de un imponente funeral que conmovió a los argentinos durante tres días tanto en Buenos Aires como en Río Gallegos, poniendo a sus exequias en el nivel de las grandes manifestaciones populares que despidieron a Hipólito Yrigoyen, Eva Duarte de Perón, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín en el pasado. Teniendo en cuenta que Kirchner, mientras vivió, fue el promotor y el receptor de grandes cuestionamientos, ¿podría decirse entonces que su imagen resucitó, sorpresivamente, al tercer día?

    Desde el momento en que los argentinos, como latinos, somos emocionales, la muerte de los protagonistas nos conmueve más que a otros pueblos. En 1933, una multitud portó a pulso el féretro de Yrigoyen, desafiando al régimen conservador que lo había desplazado. En 1952, otra multitud aun más impresionante rodeó el cadáver de Evita, aunque esta vez su entierro rodeó al viudo, el general Perón, con el acompañamiento compulsivo del propio Estado en una Argentina amargamente escindida entre peronistas y antiperonistas.

    Cuando Perón murió en 1974, en cambio, todos los argentinos le rindieron homenaje porque él y Balbín acababan de presidir la reconciliación entre los dos bandos en pugna. En 2009, fuera del poder como Yrigoyen pero unánimemente exaltado por los ciudadanos como el último Perón, Alfonsín nos dejó. Los grandes entierros que precedieron al de este fin de semana expresaron, por lo visto cada cual a su turno, la unión o la desunión de nuestro pueblo. ¿En cuál de estas dos categorías habría que alojar la inhumación de Néstor Kirchner?

    La respuesta a esta pregunta tendría que ser mixta porque el pueblo que despidió a Kirchner pertenecía a dos clases. El fervor de una de ellas fue espontáneo, ya que no respondía a movilizaciones ni consignas planificadas. El fervor de la otra correspondió, al contrario, a la militancia kirchnerista, con sus pancartas y sus ómnibus, y también con su rencor hacia los opositores encarnados, en este caso, por el vicepresidente Cobos. Entre los manifestantes se alineó un núcleo militante compuesto por organizaciones como La Cámpora, que lidera Máximo Kirchner, y una masa de concurrentes espontáneos, en cierto modo inocentes de las directivas ideológicas.

    Pero la decisión final acerca del kirchnerismo que tendremos a partir de ahora ya no corresponderá a Néstor sino a Cristina Kirchner. ¿Hacia dónde dirigirá sus pasos la Presidenta? ¿Hacia la confrontación o hacia el apaciguamiento?

    De Néstor a Cristina

    Las primeras señales que dio la viuda de Kirchner no fueron, en este sentido, halagüeñas.

    Empezó por decidir que el funeral de su marido no se realizara en el Congreso, como es costumbre, sino en la Casa Rosada, privando así a los opositores de un escenario que podrían haber compartido con el oficialismo a pesar de que ellos estaban dispuestos a acompañarla en su dolor. El círculo de los homenajes potenciales al recién fallecido, de esta manera, se redujo drásticamente. A Cobos y a Duhalde se les aconsejó que no concurrieran a la ceremonia del adiós, mientras que ninguno de los restantes opositores que se presentaron para saludar a la Presidenta pudo ni siquiera acercarse a ella. Sólo Elisa Carrió, que estuvo ausente de la ceremonia, eludió la humillación.

    Estas primeras señales, ¿son transitorias, producto de la lógica exaltación de los primeros momentos, o, al contrario, permiten prever que la sucesora de Kirchner insistirá en la agresiva estrategia que le legó su marido?

    Esta pregunta es significativa porque, si bien el clima subjetivo, emocional, de estas horas, parece favorecer la confrontación en beneficio del Gobierno, un análisis objetivo de las relaciones de poder apunta en dirección contraria. Para ilustrar esta impresión podríamos acudir a la politicometría, esa rama de la ciencia política que, al igual que la “econometría” en el campo económico, procura introducir las matemáticas en el campo político. Podría sostenerse en este sentido que el poder real de Cristina Kirchner se ha dividido por tres. Mientras vivía Kirchner, el poder que acumulaban entre él y su esposa llegaba a tres unidades macropolíticas. Una, naturalmente, el poder de la propia Cristina. Otra, la acción infatigable de su esposo. La tercera, la coordinación de ambos en función de una división de tareas según la cual, en tanto Néstor “decidía”, Cristina “comunicaba”.

    De estos tres elementos que potenciaban el poder de la pareja Néstor-Cristina, hoy sólo queda uno en pie. Es verdad que, gracias a la emoción que hoy embarga a tantos argentinos, Cristina subirá sin duda en las encuestas. ¿Pero cuánto durará este clima favorable? ¿Algunas semanas? Probablamente. ¿Un año? Difícilmente. Lo más sensato sería entonces aconsejar a la Presidenta para que, aprovechando el calor de la simpatía popular que ahora la rodea, cimiente gradualmente su menor poder mediante un diálogo constructivo con los opositores. ¿O puede olvidarse acaso que, en las elecciones del año pasado, tres de cada cuatro argentinos le dieron la espalda al kirchnerismo?

    La encrucijada

    El destino, o la Providencia, le está tendiendo no una sino dos manos a la Argentina. La primera es el hecho de que los famosos términos del intercambio, es decir, la relación entre el precio de nuestras exportaciones y el precio de nuestras importaciones que desde 1930 nos había desfavorecido, en la última década ha pasado a favorecernos. ¿Quién no recuerda la tesis de Prebisch sobre “el deterioro de los términos del intercambio”, que perjudicaba sistemáticamente a la Argentina? Pero esta fatal ecuación económica, ahora, es inversa gracias al famoso “viento de cola”.

    A esta circunstancia económica acaba de sumarse una segunda circunstancia, esta vez política, que apunta hacia la consolidación de la república democrática. Es que el obstáculo que se interponía entre nosotros y la república democrática de la que ya gozan otros países latinoamericanos como Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, era la pretensión de lograr reelecciones indefinidas que albergaban los Kirchner a través del mecanismo dinástico de la alternancia conyugal. La muerte de Néstor Kirchner ha trabado este mecanismo porque Cristina Kirchner, aun de ser reelegida en 2011, ya no tendría por delante más que otros cuatro años, según la Constitución.

    Este horizonte, que anuncia desde ahora la instalación de un mecanismo republicano en nuestra presidencia, no podría alterarse sino en virtud de dos sucesos francamente improbables: uno, que Cristina lograra tanto consenso como para modificar la Constitución; la otra, que el ánimo dinástico la llevara a transferir a su hijo Máximo las esperanzas reeleccionistas de su esposo.

    Como van las cosas, es probable que la heredera de Néstor Kirchner quede de aquí a un año, cuando pase el clima actual, en minoría. Pero aun de no ser así, su horizonte de poder se acortaría decisivamente entre 2011 y 2015, como manda la Constitución.

    La viuda de Kirchner se halla, de este modo, en una encrucijada. Ya sin las fuerzas que tenía la pareja del poder, puede reintentar subir sola la cuesta arriba del monopolio político. Ateniéndose sobriamente a la nueva situación que ha creado la muerte de Néstor, Cristina podría recorrer, en cambio, el camino que cavaron Perón y Balbín, con la esperanza nada desdeñable de terminar su mandato a su debido tiempo, como lo hizo la chilena Michelle Bachelet para lograr, como ella, el reconocimiento universal de sus compatriotas.

  • http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1320324

    Obligada a explorar otros caminos
    Joaquín Morales Solá

    El país ha perdido al jefe de la estructura política gobernante y, en los hechos, al ministro de Economía de los últimos cinco años. Ese vacío no lo podrá llenar una militancia activa y, a veces, sectaria, ni la invocación al supuesto renacimiento de un kirchnerismo confuso e inasible. La propia solidaridad social que la Presidenta recibió y recibirá, razonablemente, en las próximas semanas no es un termómetro definitivo de la política. ¿Está dispuesta Cristina Kirchner a aceptar que la política no se rige por lo excepcional, sino por reglas más prosaicas y permanentes? O está decidida, acaso, a dejarse llevar por la mística de una épica etérea y exaltada para conducir la nación política?

    El kirchnerismo resucitó con una muerte , se oyó decir cerca de la Presidenta. ¿Qué es el kirchnerismo? ¿Qué era? Era, fundamentalmente, una corriente política que respondía a la dirección de un líder duro e implacable. Sin embargo, Néstor Kirchner nunca definió el contenido de ese modelo, que lo constituía, sobre todo, un proyecto personal de poder.

    Kirchner capturó las estructuras provinciales del peronismo y a sus líderes, mediante la generosidad financiera o el castigo implacable hacia los gobernadores, con la sola excepción de la provincia de Buenos Aires. Conocía demasiado bien la historia de Menem, que dependió siempre del liderazgo bonaerense de Duhalde, y decidió cambiar el método. Cooptó intendente por intendente en el rebelde y áspero conurbano, pero ni siquiera les explicó a ellos qué es lo que quería hacer con ese poder. Tampoco se lo preguntaron. Eran los gobernadores e intendentes los que arrastraban voluntades: ¿cuánto de kirchnerismo había entre esos seguidores?

    Su política de derechos humanos, sus hábiles eslóganes y las batallas contra el campo y los medios que no le eran adeptos le sirvieron, sin embargo, para construir una militancia joven, pasional, como siempre, y convencida de que la revolución está a la vuelta de la esquina.

    A pesar de todo, Néstor Kirchner era, en el frente y en el fondo, un peronista que sólo aspiraba a cambiar algunas políticas, no todas, instauradas por Menem en los años 90. Le interesaba más la creación de una imagen que la esencia de ella. Mírenme, no me escuchen , les decía a los periodistas que intentábamos interpretarlo. El peronismo lo reconocía suyo, como lo hizo suyo a Menem en su momento.

    El kirchnerismo es, entonces, una invención de su creador, y su capacidad de supervivencia está a prueba. Hay algunas señales, malas, de ciertas innovaciones que hizo el kirchnerismo. Una de ellas (quizás la que más se notó en los días de dolor y luto) fue el paréntesis de los últimos años en la enseñanza democrática que todos los gobiernos desde 1983, con sus más y sus menos, habían hecho. Esa lección consistía en que la democracia es un sistema político de luchas, de negociaciones y de acuerdos que sólo excluye a la violencia. Kirchner nunca predicó ese evangelio; ni siquiera repudió la violencia.

    La consecuencia fue predecible. Hubo en las horas de velatorio algunas ráfagas de intolerancia verbal, que se acercó peligrosamente a la agresión física, por fortuna sólo en algunos casos puntuales. Los políticos opositores fueron hostigados y algunos periodistas críticos, sobre todo Alfredo Leuco y Fernando Bravo, estuvieron a punto de ser víctimas de la agresión. Había hostilidad hacia nosotros , dijo un alto dirigente radical que llegó a estar a dos metros de la Presidenta en la capilla ardiente. La Presidenta no aceptó saludarlo.

    Los opositores destacaron la afectuosa predisposición para recibirlos que tuvieron los peronistas José Pampuro, Miguel Pichetto y Agustín Rossi (los peronistas-peronistas , según los definieron). Pero la cordialidad de ellos se cortaba en seco cuando se acercaban al círculo del cristinismo puro y el comando de la ceremonia era tomado por los más cercanos a la Presidenta. Ese relato puede ser útil para describir a una jefa del Estado más segura que nunca de su potestad para decidir por sí sola la dirección del país y para reponerse sin ayuda de nadie de la muerte repentina de su esposo.

    Héctor Timernan tiene un problema insoluble: no sabe distinguir cuándo un momento es oportuno y cuándo no lo es. Haber anunciado la candidatura presidencial de Cristina Kirchner, con cierta sonrisa, mientras velaban aún a Néstor Kirchner, fue un acto insensatamente prematuro y de dudoso buen gusto. ¿En nombre de quién lo hizo? No de la Presidenta, que todavía estaba estragada por el dolor. Tampoco del peronismo, que el canciller nunca frecuentó. ¿Para qué, entonces, si no representaba a nadie?

    El peronismo se había fracturado entre el kirchnerismo (que tenía un líder claro e indudable) y el antikirchnerismo, carente de líder y conducido por un consorcio. En la intimidad, el peronismo venía debatiendo si esa fractura no lo condenaría a la derrota electoral frente a un radicalismo con dos líderes con buena imagen. La desaparición abrupta del líder del kirchnerismo está llevando ese debate a una conclusión. Un jefe ya no está: ¿por qué no averiguar la posibilidad de una reunificación del peronismo y buscar un candidato consensual ? Los nombres de Carlos Reutemann y de Daniel Scioli son los que más se escucharon en las últimas horas entre peronistas que se mojan en las aguas de aquí y de allá.

    ¿Y Cristina Kirchner? La Presidenta tiene dos perspectivas seguras: los barones del peronismo no la dejarán sola frente a la responsabilidad del gobierno (¿por qué lo harían?) y ningún presidente tiene negada de antemano la posibilidad de una reelección. Pero tendrá que ponerse a trabajar en ella. El problema de la Presidenta es que, al revés de su marido, es una peronista sólo emocional, pero distante de la estructura del peronismo. No la conoce, no le gusta y, encima, la aburre. El peronismo, por su parte, nunca la consideró una dirigente cercana.

    Acostumbrada a explayar sus grandes ideas sin que nadie la interrumpa, le será difícil aprender el ejercicio del toma y daca al que obliga la práctica concreta de la política. Eso lo hacía su esposo. El suyo fue el primer gobierno que le encargó la mecánica política a una persona que estaba formalmente fuera del gobierno. La Presidenta deberá explorar ahora otras formas. Ya comprobó, en vida de su marido, que el poder no se delega; el liderazgo, tampoco.

    Néstor Kirchner jamás hubiera destratado, por ejemplo, a Hugo Moyano como ella lo hizo junto al féretro de su marido. Cierta razón tenía Cristina Kirchner. En la última noche de su vida, el martes último, Néstor Kirchner debió aguantar en El Calafate una dura conversación con el líder camionero. No se sabe si la causa fue porque casi ningún kirchnerista concurrió a una reunión del peronismo bonaerense convocada por Moyano o si éste se quejó porque Kirchner no frenaba la mano del juez Claudio Bonadío, que ya lo tiene entre las cuerdas. La cercanía de los jueces preocupa a Moyano más que los desertores del peronismo.

    Kirchner murió, cuentan, con la obsesión del crimen de Mariano Ferreyra. ¿Quién apretó en verdad ese gatillo?, se preguntaba sin tregua. Caviló sin descanso sobre eso durante sus últimos días en El Calafate. Imaginó que lo podía inculpar a Duhalde, pero no era Duhalde. Las fotos de sus ministros con un barrabrava acusado del homicidio lo tumbaron. ¿A quién respondía José Pedraza cuando ordenó que fuera armada una fuerza de choque? ¿Estaba detrás de él la corporación sindical? ¿Hubo una conspiración? Era posible. Pero, ¿de dónde venía? Murió sin que lo asistiera una sola respuesta.

    Lo que no sabía es que Amado Boudou se quedaría sin ministro. Kirchner fue el ministro de Economía desde que se fue Roberto Lavagna, el último jefe real del Palacio de Hacienda. Los demás ministros, incluido sobre todo Boudou, eran meros secretarios de Estado; sólo aprendieron a gastar. Kirchner era el que sabía con qué plata se contaba y dónde estaba.

    Hay muchas señales de alerta en la economía argentina, pero la mayoría pertenece todavía al debate académico. Hay un solo trauma que está en la certeza colectiva: la inflación, cuya riesgosa presencia es aceptada por los economistas, las amas de casa y los verduleros. No hay equipo ahora para desafiar ese peligro.

    La Presidenta podría creer que la economía y la política se resuelven sólo con la promesa de un proyecto entrañable, heroico y aéreo. Sería el triunfo de la voluntad sobre la ciencia, de la inspiración sobre la inteligencia.

  • http://www.clarin.com/opinion/Alternativas-nueva-etapa-institucional_0_363563694.html

    Editorial
    Alternativas ante la nueva etapa institucional
    31/10/10
    La desaparición de Néstor Kirchner genera grandes interrogantes sobre el rumbo de la política oficial en la cual se presentan dos alternativas: profundizar la política de confrontación o avanzar hacia la búsqueda de diálogo y acuerdos para hacer frente a los desafíos actuales y futuros.

    Desde el inicio de su presidencia, Néstor Kirchner construyó un esquema político de centralización del poder. Personalmente y con poca o ninguna consulta, determinaba las líneas decisivas de la política económica convirtiendo a los ministros de Economía, generalmente decisivos en los gobiernos civiles y militares precedentes, en figuras secundarias. Del mismo modo dirigía la política haciendo y deshaciendo alianzas, enarbolando un discurso ideologizado, pero utilizando el más descarnado pragmatismo.

    La presencia dominante de Néstor Kirchner persistió en la presidencia de su esposa Cristina Fernández, convirtiéndolo en un virtual “hombre fuerte” del Gobierno. Esta posición se fortaleció al convertirse en el jefe del justicialismo, el partido que, paradójicamente se había propuesto desplazar con su proyecto de alianzas transversales.

    Los sistemas de poder personalizados pueden ser eficaces en los momentos de crisis, cuando se requieren las grandes decisiones en tiempos apremiantes, pero se contraponen con la construcción de instituciones que proporcionan canales de participación, previsibilidad y sustentabilidad de las políticas.

    Por eso, la desaparición de Néstor Kirchner crea un vacío que, aún mediando la voluntad y decisión de la Presidenta, sólo podrá ser cubierto mediante un nuevo esquema de poder basado en la construcción de instituciones, diálogo y búsqueda de consensos en el campo de la política, la economía y el gremialismo.

    Pero si el Gobierno decide mantener o profundizar la política de confrontación, puede dar lugar a un creciente malestar ciudadano y a un incremento de las tensiones que ya se verifican en el seno mismo del oficialismo.

    Un aspecto particularmente inquietante de la nueva situación es que el vacío de poder dejado por Néstor Kirchner intente ser ocupado por el sindicalismo oficialista que, en los últimos años, ha desplegado una creciente presión sobre las empresas, sobre las fracciones opositoras y, últimamente, sobre el conjunto de la sociedad.

    En esta hora, cabe recordar que Cristina Fernández de Kirchner hizo su campaña electoral prometiendo una nueva etapa en la forma de hacer política, para superar la excepcionalidad que había reclamando la crisis. En su discurso de asunción prometió, también, mejorar la institucionalidad y la calidad de la democracia.

    Gracias a las expectativas despertadas por esa plataforma, ganó porcentajes muy elevados de aprobación ciudadana. Pero poco después, cuando convirtió un conflicto impositivo en una suerte de enfrentamiento nacional, y persistió en una política de creciente confrontación, su imagen se derrumbó.

    El Gobierno tiene ahora la oportunidad de recuperar la orientación política que le proporcionó apoyo ciudadano, y contribuir a despejar las incertidumbres que genera, en cualquier escena política, la desaparición de una figura fuerte. Este es el deseo expresado en forma mayoritaria en los últimos días por la dirigencia política y social, consciente de la urgencia del momento y de la necesidad de construir consensos para hacer frente a los grandes desafíos del presente y el futuro.

    La desaparición de Néstor Kirchner deja, por su papel dominante en la escena política, un vacío que será difícil de cubrir. El Gobierno tiene la alternativa de buscar acuerdos o persistir en la política de confrontación que afectó la imagen presidencial. El deseo de recuperar el diálogo, la búsqueda de consensos y mejorar la institucionalidad fue expresado mayoritariamente en estos días.


    Sin Kirchner, Cristina puede asumir el poder – Rosendo Fraga

    La derecha ya pelo el cuchillo y el tenedor.

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1319039

    La desaparición del líder del oficialismo genera múltiples interrogantes. Es la primera vez en la historia argentina que la ausencia de alguien que no es el Presidente genera una situación semejante.

    Esto ante todo muestra que la Argentina estaba viviendo una situación anómala. Lo institucional estaba subordinado a lo político. La falta de Kirchner deja la sensación política de que falta el Presidente y es como si se planteara el interrogante de cómo va a actuar el vicepresidente.

    Hasta el último momento él se encargó de hacer evidente que era quien ejercía realmente el poder y no su esposa, la presidenta Cristina Kirchner. Ella nunca lo rechazó, nunca buscó generar un espacio propio de poder ni en lo símbólico.

    Ella ocupa ahora el centro de la escena y tiene la oportunidad de ejercer el poder por sí misma, un año antes de las elecciones y trece meses de que termine su mandato.

    Tiene la oportunidad de modificar, rectificar, corregir, cambiar una serie de aspectos, estilos, orientaciones y políticas impuestas por su marido, que llevaron a una situación inédita, que un gobierno con la economía creciendo al 9% tenga la aprobación de sólo uno cada tres.

    Ella ahora puede adoptar algunas decisiones que se reclaman, como tomar distancia de Hugo Moyano y terminar con su influencia. Quizás será lo primero que el mundo político mirará para saber si esta dispuesta a cambiar.

    En principio, el peronismo que nunca vio con simpatía al Kirchnerismo y su alianza con la izquierda, que primero se dividió frente al conflicto con el campo, que después lo derrotó en las elecciones del año pasado y que en los últimos días mostró sus diferencias a través de Daniel Scioli, recupera protagonismo.

    Podría conjeturarse que las figuras del poder más vinculadas a Néstor Kirchner, ahora pueden tener menos poder o bien podrían ser apartadas. Por ejemplo, Cristina tiene la oportunidad de reemplazar a funcionarios cuestionados, como Guillermo Moreno.

    Si ella insiste en la línea fijada por su marido, no le será fácil gobernar. Ella no es la misma persona y además ese estilo, estaba claramente en crisis.

    Con Kirchner desaparece la figura política más importante de la década, como lo fue Alfonsin en los ochenta y Menem en los noventa. Una figura singular.

    Deja a su esposa, con un gobierno sólido en lo económico, pero enfrentado con el sector productivo mas importante del país que es el campo; en conflicto también con el sector industrial; en mala relación con la Corte Suprema como lo evidencian los fallos recientes; enfrentado con el Congreso, como lo muestra el último veto; en conflicto con la Iglesia Católica; enredado en una surte de “guerra” contra los principales medios privados del país y en trance de romper relaciones con el gobernador de la principal provincia.

    El peronismo se estaba alejando. Ya al acto de River, presidido por el matrimonio Kirchner y Moyano, habían concurrido solo 5 intendentes justicialistas del conurbano y nada más que 5 gobernadores justicialistas habían rechazado la candidatura presidencial de Scioli.

    La continuidad institucional no está en riesgo en la Argentina, pero puede estarlo la gobernabilidad en el final en el tramo final del mandato de Cristina, si ella no aprovecha lo que posiblemente sea su oportunidad histórica: dejar de ser la presidenta de una facción, para pasar a serlo de todos los argentinos.

    El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría


    La obsesión por la venganza – Joaquín Morales Solá

    El análisis

    La obsesión por la venganza

    Joaquín Morales Solá
    LA NACION

     

    Miércoles 1 de setiembre de 2010 | Publicado en edición impresa 

     

    La obsesión por la venganza

    Desaparecieron de la pluma presidencial Lidia y Osvaldo Papaleo. El testimonio judicial y notarial de Isidoro Graiver es un hecho que no sucedió. Las intensas presiones de Montoneros a la familia Graiver son simples y supuestas "vinculaciones" con "agrupaciones subversivas" que no se nombran. Nunca un presidente democrático firmó un decreto tan vacío de contenido y, a la vez, tan cargado de prejuicios y ofuscaciones como el que Cristina Kirchner les disparó ayer a los dos diarios más importantes de la Argentina, LA NACION y Clarín .

    Ese decreto, que instruyó a los funcionarios para hacerles juicios diversos a los diarios, es una simple continuidad escrita de la arenga verbal de la Presidenta de hace una semana. Si aquello mostró una devaluación de la palabra presidencial, el decreto de ahora es una prueba cabal del atropello del Estado a la prensa libre. El juicio político está terminado para los que gobiernan y los diarios deben ser, por lo tanto, condenados.

    Lidia y Osvaldo Papaleo no se pueden mostrar porque fueron desautorizados por Isidoro Graiver y por María Sol Graiver, hija de la pareja formada en su momento por Lidia y David Graiver. Nadie, ni Lidia Papaleo, habló de "agrupaciones subversivas". Por el contrario, la propia viuda de Graiver señaló ante la Justicia y ante la prensa que la peor amenaza que sufrió, previa al tormento concreto de los militares, fue la de la agrupación guerrillera Montoneros, que reclamaba el pago de 17 millones de dólares que había puesto en manos del banquero David Graiver.

    La omisión es comprensible: la insistencia en la mención de Montoneros convertiría a los Kirchner más parecidos a López Rega (que persiguió con métodos criminales a esa guerrilla peronista) que a líderes del peronismo de izquierda que nunca fueron. Una justicia justa debería comenzar, entonces, por investigar las duras presiones de Montoneros (que llegaron hasta amenazar de muerte a los Graiver) y no a los diarios que hicieron una compra pública de acciones, mucho antes de la prisión ilegítima de esa familia caída en desgracia. Sólo ahora los Kirchner parecen haberse dado cuenta del berenjenal en el que se metieron y, sobre todo, en el que metieron a algunos amigos muy cercanos.

    La obsesión por la venganza es ciertamente cegadora. Hay en el decreto menciones de "los diarios apropiadores", que es una denominación arbitraria que le quita al Poder Ejecutivo cualquier sentido del necesario equilibrio. El desorden intelectual y moral que refleja la escritura de ese documento oficial (el más importante que puede firmar un presidente de la Nación) muestra como prueba de la supuesta "connivencia" entre el gobierno militar y los diarios un acto formal y público de inauguración de la planta de Papel Prensa, en 1978, con la asistencia de Jorge Rafael Videla.

    ¿Tan pocas pruebas existen sobre esa supuesta "connivencia" que el Gobierno no tuvo más argumentos que aferrarse a las imágenes color sepia de una antigua ceremonia pública, divulgada por todos los medios de la época? Hasta ahora, esas armas de descalificación eran livianamente usadas en los programas de calumnias de la televisión pública, pero nunca en un decreto firmado por la máxima autoridad del Estado. Ya sabemos, así las cosas, quiénes son los productores de esos programas más injuriosamente humorísticos que rigurosamente periodísticos.

    Los prejuicios no se quedan en la historia. El decreto menciona también el rol "monopólico" de Papel Prensa en la producción de papel para diarios y, cómo no, en el control del periodismo. Pura ideología. Demasiado prejuzgamiento. La industria nacional del papel para diarios es una de las pocas que compiten sin protección con la importación, que tiene arancel cero. El papel para diarios sobra en el mundo en un tiempo en que los lectores se fugan hacia la versión de los periódicos en Internet. ¿Dónde está el monopolio? ¿Dónde, sino en los preconceptos tan rígidos como antiguos de los gobernantes argentinos?

    Nuevos testigos podrían aparecer desautorizando gravemente la falsa historia que el oficialismo enhebró sobre Papel Prensa. Algunos de ellos habrían tomado contacto ya con la dirigente opositora Elisa Carrió y se manifestaron dispuestos a declarar ante los jueces. Consultada Carrió, sólo respondió que antes de su pública posición en defensa de la libertad de prensa chequeó todos los datos que existían. "He hablado con testigos presenciales de todo y sólo hubo un enorme apriete de los Montoneros a los Graiver", se limitó a responder.

    El otro sendero que intenta abrir el oficialismo, en el Congreso, mediante un inexplicable proyecto de ley declarando de interés público la producción de papel, está condenado a no terminar en ninguna parte. La oposición se unió en la decisión de no tratar ese tema. "Pero el oficialismo insistirá en eso cada vez que pueda", aseguró un líder opositor. El cajoneo de ese proyecto no es malo, pero es insuficiente. La prensa tendrá siempre la amenaza latente de la intromisión oficial mientras ese proyecto tenga vida, aunque sea vegetativa, en la Cámara de Diputados. Un gobierno controlando la producción nacional de papel y la importación de ese insumo básico, al mismo tiempo, podría desembocar sí en el control del periodismo. Cuando no pueden concretar sus castigos, los Kirchner optan por sembrar el temor. La existencia por sí sola de ese proyecto es ciertamente atemorizante.

    Reacción internacional

    Las consecuencias de la última y más letal ofensiva del kirchnerismo contra el periodismo independiente han sido muy malas. Obligó a la prensa, en primer lugar, a perder energías y tiempo en responder preguntas que nunca le hicieron (porque no había razones para que se las hicieran) en un país estragado por el delito, la inflación y el descontrol del espacio público. Contar esas tragedias sociales es la obligación del periodismo, más que responder qué hacía cada cual hace casi 35 años.

    En la última semana el país sufrió también la peor golpiza internacional desde la gran crisis de 2001 y 2002. Ni siquiera la crisis con el campo, en 2008, llevó a la Argentina a los niveles actuales de crítica y descrédito en los países centrales del mundo. Desde el progresista diario español El País hasta el liberal diario norteamericano The W all Street Journal han denunciado el autoritarismo de la pareja gobernante argentina y la eventual regresión del país hacia una "dictadura". ¿El motivo? La ciega agresión oficial contra LA NACION y Clarín . ¿Se equivocan? Francisco Franco también amenazaba a los diarios con la provisión de papel, que entonces España importaba. El propio Franco manipulaba el pasado de sus adversarios de acuerdo con sus intereses políticos. Hugo Chávez metió presos a dueños de medios audiovisuales, les quitó ilegalmente las concesiones y sometió recientemente a la prensa escrita a la más ramplona censura. Uno pertenecía a la más rancia derecha y el otro se hace llamar socialista.

    No hay que dar tantas vueltas: las prácticas del autoritarismo tienen un molde común desde que el hombre y su historia existen.


    ¿Es Kirchner el líder de una nueva secta política? – Luis Majul

    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1300147

    ¿Es Kirchner el líder de una nueva secta política?

     

    La brutal ofensiva del gobierno contra quienes considera sus enemigos invita a formularse una pregunta que todavía no fue planteada como corresponde: ¿Funciona Néstor Kirchner como el jefe de una fuerza democrática o como el líder de una "secta autoritaria", cuyo objetivo final es perpetuarse en el poder, sea como sea?

    Los expertos en sectas destructivas las definen como grupos encabezados por un líder mesiánico, que se supone que es portador de la verdad absoluta.

    Si cualquier lector no contaminado se detuviera a pensar cómo fue que se gestó, por ejemplo, la estrategia de presentación del informe sobre Papel Prensa, concluirá que ningún seguidor de Kirchner tendrá margen para dudar o disentir sin correr el riesgo de ser considerado un infiltrado.

    Para que se entienda bien: si uno está "con el proyecto" deberá gritar a los cuatro vientos que la empresa fue arrancada a Lidia Papaleo, en una mesa de tortura, lo que constituye un delito de lesa humanidad.

    Los testimonios que prueban lo contrario, por supuesto, no parecen tener ninguna importancia. Como no parece tener ninguna importancia el fracaso en la obtención de los ADN de Marcela y Felipe Noble Herrera, a quienes se presentó como hijos de desaparecidos apropiados por la dueña de Clarín, aunque los jueces todavía no hayan conseguido ni una sola evidencia.

    Dentro del kirchnerismo, igual que en las sectas, la palabra del líder se asume como dogma de fe, y no se permite discrepar a los adeptos. Cualquiera que lo haga, será expulsado de la organización y perseguido sin piedad.

    Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Luis Juez, Sergio Acevedo y Miguel Bonasso, en diferentes momentos y por distintas razones, fueron y siguen siendo considerados herejes. Lo mismo les sucede a medios y periodistas que supieron elogiar y acompañar al gobierno durante los primeros años de gestión. "Traidores hijos de puta" es la calificación más repetida que se escucha de la boca del líder para referirse a ellos. "Traidores hijos de puta" escriben los seguidores de las sectas en los blogs, como un rezo laico, casi todos los días.

    Las sectas destructivas suelen controlar la información que llega a sus adeptos y les impiden cualquier vínculo con el mundo exterior. Lo hacen porque no quieren ser contaminados por otra realidad que no sea la que ellos relatan.

    Cualquier parecido con este Gobierno, donde la mayoría de los ministros solo pueden hablar con medios o periodistas que responden a "la causa", previa autorización del líder, o hacerlo a las escondidas en hoteles o casas particulares, no es pura coincidencia. Es un dato serio y preocupante.

    Un lunes del pasado mes de mayo, uno de los miembros del gabinete que con más virulencia defiende en público las decisiones del líder, me dijo, por teléfono: "Con vos está todo bien. El problema es el libro que escribiste. Y no porque hayas mentido. Pero si hablo con vos, o si me ven con vos, muchos van a creer que estoy "fuera del proyecto"".

    La conducta del alto funcionario es la misma que suelen tener las segundas líneas de las organizaciones sectarias. Éstas funcionan como el vínculo perfecto entre el líder intocable y los seguidores acríticos. Sin embargo, suelen no acompañar al líder hasta el final a la hora del "suicidio colectivo".

    Las sectas destructivas, además, tienen una visión maniqueísta del mundo. Dividen a la civilización entre buenos y malos, réprobos y elegidos. Es decir: o estás con el gobierno o sos un empleado de Héctor Magnetto o el Grupo Clarín. O descalificás cada cinco minutos a Mauricio Macri, Eduardo Duhalde, Francisco De Narváez o Elisa Carrió o sos funcional a la derecha. O considerás a Cristina Fernández la reencarnación de Eva Duarte de Perón o sos funcional a quienes practican la discriminación de género.

    Pero esto no es todo.

    Las sectas destructivas no permiten la libertad de expresión a los miembros del grupo, practican el culto a la personalidad del líder y se caracterizan por una radicalización creciente, que en el caso de los conversos alcanza niveles exorbitantes.

    Ejemplos notables de los nuevos sectarios K son un filósofo y un periodista de voz grave que presentaron el discurso de la presidenta del 24 de agosto como una pieza literaria y revolucionaria.

    "El análisis de Cristina Fernández fue excesivamente rico para una sola nota", sentenció el filósofo K. "Lo solvente de la impresionante pieza oratoria desplegada por la Presidenta" arrancó el periodista, con su lenguaje afectado. ¿Era necesario llegar a tanto?

    "Lavado de cerebro" es otro concepto que se asimila a las sectas religiosas y que, en determinados casos, podría aplicarse a artistas que jamás manejaron el lenguaje político y ahora hablan de "grupos hegemónicos" y "poderes en las sombras" al mencionar a personas con quienes, hasta el año pasado, compartieron trabajo y vida personal, como si nunca hubieran pertenecido a sus afectos.

    ¿Lo hacen por convicción o por interés? Es otra de las preguntas que todavía no tiene una respuesta única. A veces la convicción lo domina todo. Otras, el interés desplaza a los sentimientos morales. Y, en algunos casos, para usar el lenguaje de algunos kirchneristas, la legítima defensa de los ideales resulta funcional a los negocios personales.

    ¿Por qué, si son partidarios del bien, los miembros de la secta justifican los hechos de corrupción, el estilo prepotente y autoritario y la incoherencia que significa tratar como enemigo a los que hasta hace nada eran amigos íntimos?

    Porque el líder los han convencido de que son parte de un sueño mayor, más importante y transcendente. Y que, en el camino, se puede cometer casi cualquier pecado, porque resulta anecdótico comparado con la envergadura del objetivo final.


    A %d blogueros les gusta esto: