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Cuadro de honor – Luis Bruschtein

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Son los impresentables y piantavotos. Los que no se pueden mostrar porque horrorizan a las señoras. El anticuadro de honor que sigilosamente van instalando los grandes medios. Cuando la Presidenta lanzó su reelección, se apresuraron a destacar que no estaban Moyano ni Hebe. Y por supuesto tampoco Milagro Sala. Continuar leyendo


Independientes – Luis Bruschtein

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157633-2010-11-27.html

En la vulgata liberal el Estado es malo, en consecuencia el oficialismo también lo es. Y, por oposición, la oposición es buena. Como sólo es el uso lo que se conoce, es difícil discernir hasta qué punto esa vulgata es el verdadero neoliberalismo o simplemente un uso grosero de una visión más compleja. En este caso, la vulgata es el todo. En el ámbito de la información y los medios se da uno de sus usos más comunes y grotescos. La aplicación de esa máxima defectuosa –que se escucha mucho como sentencia lapidaria entre algunos periodistas– promueve consecuencias esotéricas. Por ejemplo: uno puede ser progresista (como periodista) y oponerse a un gobierno progresista. Otra más, uno puede ser progresista y trabajar en un medio conservador porque ambos se oponen al gobierno progresista. Para oponerse a un gobierno progresista, un periodista progresista tiene que descalificar lo que hace ese gobierno porque, si no, el periodista pierde la identidad con la que supuestamente convoca. Para esta clase de periodista progresista nunca puede haber un gobierno progresista, está obligado a ver en todos los gobiernos a Carlos Menem.

La máxima sobre el Estado es defectuosa porque le faltan contenidos y contextos. Tiene lagunas, entre ellas la ausencia de una definición de progresista en un contexto de atraso social, institucional y político. O ignorar el sentido de las medidas del gobierno que en ese momento está a cargo del Estado. O no tomar en cuenta el rol específico y diferente del Estado en países centrales y en países periféricos, en economías desarrolladas y en vías de desarrollo. Los contenidos y los contextos son más decisivos que la simple definición “hay que estar contra el Estado”. Para el periodista progresista que se hace cargo de ese axioma, la única independencia que concibe está en la relación con el Estado y no con los avisadores ni con las empresas conservadoras que les dan trabajo. Minimizan la dependencia que tienen de esos dos factores y, por el contrario, aprovechando este insumo ideológico, acrecientan el cuco coercitivo estatal. Para ellos, el Estado es el único que presiona. Los avisadores y las empresas no. Es la idea “vulgo-liberal” de periodista independiente.

Aunque sea difícil creerlo, muchas veces el uso de esa vulgata famosa se hace de manera honesta. Es decir, se cree a rajatabla que el Estado es el principal enemigo de la democracia y las libertades. Cuando el neoliberalismo ganó el Estado, intentó destruirlo y desprestigiarlo, primero porque necesitaba privatizar y segundo por una acción de hegemonismo cultural. Cuando los periodistas toman esa definición del Estado como el único poder de coerción, tal cual hacen muchos de los que se consideran “progresistas y democráticos” que trasladan en forma mecánica el esquema de los liberals norteamericanos, en realidad se someten a una concepción que tuvo su máxima expresión en el gobierno de Carlos Menem, pero cuyos preceptos culturales echaron raíces mucho más extendidas en la sociedad que la popularidad del ex presidente.

Cuando uno cree eso, ve eso. Pero también es cierto que la mayoría de las veces la vulgata en cuestión es nada más que una excusa oportunista. En periodismo siempre es mejor estar bien con los dueños de los medios y con los que llenan las pautas publicitarias, que en sus expresiones más comerciales forman un combo bastante amalgamado. Por lo general, tanto los grandes medios como los grandes avisadores tienen miradas muy interesadas y conservadoras y no es casual que ellos sean los principales difusores de esa idea de “independencia” periodística. Es la que a ellos les conviene. Así, el periodista “independiente” y supuestamente progre puede trabajar con ellos porque coincide en su preocupación principal, que para los tres es el gobierno cuando genera medidas que los afectan.

Los periodistas que asumen ese lugar no son todos iguales. Están los que efectivamente no tienen pruritos y se hacen más papistas que el Papa. Y hay otros que intentan maniobrar en esa relación para encontrar espacios opositores más o menos propios en tanteo y negociación permanente. Es un lugar lógico, porque el periodismo no es una profesión liberal, sino que se ejerce casi siempre en relación de dependencia. Y el que no la tiene es porque se convirtió en empresario y depende todavía más de los avisadores. Desde este lugar, los periodistas que no hacen eso son “oficialistas”.

El gobierno que ocupa el Estado democrático anula la legislación de impunidad que fueron acumulando todos los demás gobiernos democráticos anteriores. El tal periodista progre “independiente” se opone, a veces sutilmente, otras en forma lateral y otras abiertamente, pero se opone. El gobierno dispone un relacionamiento solidario con los demás países latinoamericanos. El mismo periodista progre “independiente” se opone de igual manera. El gobierno termina con el negocio truculento de las AFJP con los jubilados. El periodista progre “independiente” se opone. El gobierno lanza la Asignación Universal por Hijo. Este periodista “progre” se opone. Y así con cada medida que tome el gobierno, porque la idea no es oponerse a las medidas, sino al gobierno en general porque representa al Estado. O por lo menos, así justifica su oposición, como una suerte de “contrapeso” del poder estatal.

Resulta al final que cuando ese periodista “progre” se opuso tanto, ya se convirtió en un reaccionario que está en contra de todas las acciones progresistas y empieza hasta a elaborar teorías alambicadas sobre los derechos humanos del tipo “me tienen podrido con la dictadura” y otras que son muy conocidas.

En la otra punta de esa mirada está el periodista que reclamó desde antes esas medidas y muchas más de ese tipo y las apoya cuando se concretan. Está apoyando esas medidas y no a la estructura de poder sobre las que se sostienen, a la que puede incluso criticar. Pero es innegable que genera también una relación con esa estructura. Es inevitable que, aunque se plantee esa relación con toda la cautela, pasa a formar parte de un esquema de poder político, no igual, pero de la misma manera que los otros periodistas lo hacen del otro lado de la puja, que no abarca solamente a los periodistas sino a toda la sociedad, de la que forman parte también los periodistas y los medios donde trabajan. En ese esquema de poder están los que apoyan o simpatizan con esas medidas, de un lado. Y del otro, los que se oponen a ellas. Hay matices pero, en general, en la disputa que se establece en la sociedad a partir de cada una de esas medidas se generan dos campos y los matices no se dan por fuera de esos dos grandes grupos sino al interior de ellos. Puede haber más de dos, pero todos los demás terminan por definir su existencia real por la forma en que interactúan con los dos campos principales.

Por eso no hay oficialismo vacío, ni oposición vacía, como “contrapeso” de un Estado abstracto, como daría a entender esa vulgata liberal de donde sale el espectro falseado del periodista “independiente”. Se apoya a una cuestión concreta y se rechaza y opone a la misma cuestión y todos quedan inevitablemente involucrados en la disputa política que va a definir lo que suceda sobre la realidad.

El periodismo es una parte esencial de ese debate y, por eso, la regla no es la del contrapeso, sino la de la diversidad. En consecuencia, el ámbito de la información no puede convertirse en una corporación que homogeneice y unifique el discurso en función de sus intereses sectoriales. Ni en contra ni a favor del gobierno. Y de la misma manera no puede haber monopolio a favor o en contra. Porque la esencia del periodismo no es el contrapeso, sino el debate, la confrontación de ideas y propuestas, de miradas, concepciones y proyectos. Y el periodismo independiente es una falsedad que no puede existir porque es una de las actividades que más interactúan con los otros factores que intervienen en la realidad y sobre todo con los políticos porque, además, el periodismo es otro actor que tiene su propio peso político. La independencia surge como horizonte, como tensión, en una realidad donde juegan factores de poder que inciden todo el tiempo sobre su desempeño. El periodista no dice “soy independiente” y chau pinela, porque está en una tensión permanente que le plantea ese desafío todo el tiempo para mantener su criterio tironeando, midiendo, acomodando, disputando, con empresas, avisadores, gobiernos, grupos sociales y demás. La independencia de criterio es una lucha permanente y casi nunca se resuelve en forma absoluta, porque, además, cada quien se compromete con lo que piensa y ese pensamiento genera adhesiones, cercanías y rechazos. En ese contexto, el calificativo “independiente”es puro marketing y, en el mejor de los casos, es nada más que un justificativo para el descompromiso, que en este campo es similar al mercenarismo.


Carrió y Macri en baja – Luis Bruschtein

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El país|Sábado, 14 de agosto de 2010
Panorama político

Carrió y Macri en baja

Por Luis Bruschtein
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Si uno fuera columnista de La Nación, las cosas serían más fáciles y no habría que romperse tanto la cabeza porque, como todo el mundo sabe, el culpable de todo lo malo que suceda en este planeta y sus alrededores es Néstor Kirchner. Por ejemplo, la oposición no se divide, es monolítica espiritualmente, el que la divide es Kirchner. La oposición nunca se equivoca o se desmanda, como le pasó a Macri con las escuchas telefónicas ilegales que realizaba su gente. Todo fue una trampa de Kirchner. En realidad sería más difícil encontrar una explicación racional a esas afirmaciones. Pero el buen columnista de La Nación lo explica todo con corrupción o autoritarismo.

Viene al caso porque con el mal momento que está pasando Mauricio Macri y el alejamiento de Elisa Carrió del Acuerdo Cívico y Social, la oposición vuelve a una especie de crisis permanente desde que se dio por victoriosa tras el 28 de junio del año pasado. Es una paradoja que, tras esas elecciones, la oposición haya perdido la paz y vaya de golpe en golpe, armándose y volviéndose a caer, logrando algunos de sus objetivos, pero diseminando más una sensación de frustración entre su propia tropa y sus electores.

Macri es el único que acusa a Kirchner por su escándalo telefónico. Acusar a Kirchner para salvarlo a Macri, como hizo Beatriz Sarlo es, por lo menos, ser complaciente con el espionaje ilegal, una excrecencia de viejas ideologías. Macri y Sarlo han sido los únicos que se pusieron en ese lugar, y en el caso de Macri lo único que podía hacer por su sobrevivencia era buscar otro culpable. Macri es uno de los candidatos más fuertes de la coalición de conservadores justicialistas y no justicialistas, aunque le va a resultar difícil sobreponerse de esta crisis y repuntar lo que perdió.

En el caso de Elisa Carrió, nadie podrá decir que se fue de la alianza con radicales y socialistas como resultado de una operación de Kirchner. Desde que Cobos cambió de bando para regresar a la UCR, ella mostró que estaba incómoda en ese conglomerado. En realidad se peleó con todos los posibles candidatos de esa alianza. Con Cobos, porque fue aliado del gobierno; con Ricardo Alfonsín, porque se sacó una fotografía con la presidenta Cristina Fernández; y hace pocos días con el socialista Hermes Binner, por las retenciones. En todos los casos los acusó de conciliar con el oficialismo, al que considera, como los columnistas de La Nación, una banda de matones y ladrones. Como dicen burlonamente por ese reduccionismo infantil: “La mierda oficialista”.

Antes del 28 de junio de 2009, la oposición tenía menos problemas, aunque, también, menos expectativas. Después del 28 de junio empezó a sufrir. Antes se resignaba a un lugar de oposición testimonial. En cambio, después del 28 de junio se vio en la necesidad de comenzar a concebirse como opción de gobierno. Cometieron un error de apreciación, porque creyeron que el kirchnerismo estaba terminado y que se convertían en opción por simple descarte. Parte de la ventaja que habían conseguido la perdieron con esa equivocación al evaluar sus propias fuerzas y las de sus adversarios. Les llevó casi un año advertir que la oposición no era monolítica, sino que estaba compuesta por vertientes muy diferentes entre sí, y que incluso en el seno de los partidos tienen problemas de convivencia. Es como si tuvieran una especie de complejo de inferioridad con relación al oficialismo, lo que distorsiona su mirada. Fue una equivocación considerar desde el primer momento que el oficialismo no tiene proyecto y que es sólo una banda de ladrones y matones. Que lo digan los columnistas del diario más conservador de este país tiene sentido, pero un político necesita una mirada más realista porque, si no, todas las medidas más importantes del gobierno los toman por sorpresa, como ha sucedido con la reestatización de las jubilaciones o la asignación universal y otras medidas oficiales.

Queda un año para las internas y poco más para las elecciones de 2011. La oposición necesita construir proyectos viables de gobierno alternativos al oficialismo. En este momento son solamente un archipiélago de dirigentes con aspiraciones. Y el proyecto que han mostrado sólo ha sido en contraste con el que desarrolla el oficialismo, lo cual los pone bastante a la derecha en derechos humanos, en construcción del Estado y en distribución del ingreso. La base de la distribución es la recaudación, pero para la oposición, de izquierda y derecha, recaudar es despectivamente “hacer caja” como si el dinero se lo fueran a llevar los funcionarios. Son consignas infantiles que sirven como impacto en el momento, pero que luego se desinflan porque nadie puede negar que el nivel de obra pública es mayor que en la de cualquiera de los gobiernos anteriores en el país o que el presupuesto en Educación también es el más alto en varias décadas. Casi todas las iniciativas más importantes que ha llevado adelante la oposición como “Grupo A” en el Congreso han sido para desfinanciar al Estado, lo cual es sinónimo de ir en contra de la distribución del ingreso. En este año que falta tendrán que dilucidar si lo hacen para debilitar al oficialismo o porque ése es su proyecto, lo que proponen a la sociedad para reemplazar al actual gobierno. Desde una mirada progresista, la oposición ha quedado bastante deslucida y las terribles acusaciones que le formulan al Gobierno terminan tomando el aspecto de desprolijidades o problemas menores en el marco de un proyecto que ha sido beneficioso para el ciudadano común. Desde la oposición se equivocan cuando dicen que todo eso es mentira, porque es muy fácil de constatar. En todo caso tienen que presentar un proyecto mejor que supere los limitantes del actual, pero sin sacarle los beneficios. Esa es una tarea más complicada que la de trabajar con la idea de “la mierda oficialista” y acusar a todo el mundo de ladrones y corruptos, mentirosos o autoritarios.

La necesidad de mostrar a la sociedad un proyecto de país que los identifique y que vaya más allá del simple contraste con el oficialismo es una de las prioridades de la oposición. Y ya empezó mal con las fotos de la Sociedad Rural o con la reunión de los principales referentes del Peronismo Federal con el CEO de Clarín, Héctor Magnetto.

La otra prioridad es construir las candidaturas. Hay dos grandes corrientes de confluencia. Una es la derecha peronista con otros sectores conservadores. Y el otro es el panradicalismo con los socialistas. La crisis en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la despedida de Carrió de sus aliados, en una primera impresión, estarían afectando a estos dos grandes conglomerados opositores, pero en realidad los está favoreciendo.

El principal problema de estas dos confluencias era que había muchos candidatos y que ninguno tenía pliegos suficientes para avanzar sobre los otros. El proceso de decantación se presentaba muy difícil y hasta ahora no han podido ponerse de acuerdo. Todos hablan de internas, pero nadie parece muy dispuesto a llegar a las internas sin arreglos previos. En el fondo todos quisieran lista única, porque vienen de muchas diferencias y peleas y una interna en esas circunstancias puede debilitar más que fortalecer.

En el Acuerdo Cívico y Social se da casi por descontado que el candidato será radical y el vice, un socialista. En esa lista, Carrió era la que jugaba con menos probabilidades, así que en algún momento iba a tener que resignar sus aspiraciones. Su renuncia al Acuerdo ha sido una forma de bajarse de una candidatura antes de perder o que la descarten. Más adelante negociará, seguramente, su respaldo a la fórmula que proponga esa alianza. De esta manera, el alejamiento de la Coalición Cívica favorecería el proceso de decantación de los candidatos en el Acuerdo.

En el caso de Macri, es un buen referente para la alianza del Peronismo Federal en la ciudad de Buenos Aires, pero no como candidato a nivel nacional, porque el jefe de Gobierno no es peronista y de esa manera le cederían al kirchnerismo la identidad partidaria. En la cena en la casa de Magnetto flotó la idea de cuál puede ser la estructura que se le oponga al Frente para la Victoria y sus aliados en 2011. Aunque, en la reunión, Carlos Reutemann rechazó nuevamente proclamarse como candidato presidencial, ésa es la carta más fuerte que tiene el sector, que se potenciaría con Macri jugando en la Capital Federal y Francisco de Narváez de candidato en la provincia de Buenos Aires. En todo caso, Reutemann tiene hasta marzo para decidirse. Vistos así, los problemas de Macri favorecen también el proceso de decantación de candidatos en la alianza conservadora con el Peronismo Federal.


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